Dicen que cuando una empresa no te cobra por algo es porque el producto eres tu y pese a que suene a topicazo, es verdad. El problema es que muchas veces es complicado entender como puedes ser tú el producto e incluso muchas veces nos da igual serlo por los beneficios que nos da el servicio gratuíto.

Y es verdad que la mayoría de las veces salimos ganando en esas transacciones, perdemos algo de privacidad, nos fríen a publi (no me miréis mal) pero a cambio obtenemos cosas muy interesantes. Un ejemplo lo tenemos en la caída el otro día de Google, 45 minutos en los que estuvimos sin sus servicios y nos dimos cuenta de la dependencia que tenemos de algo gratuito.

En el sector financiero también tenemos este modelo de negocio, quizás el más claro lo vemos en las apps de inversión que ofrecen la posibilidad de especular en bolsa sin comisiones. Quizás la empresa más llamativa es Robinhood que actualmente lo está petando en EEUU en donde más de 13 millones de personas utilizan sus servicios.

Y la han pillado y ha tenido que pagar 65 millones de dólares en multas por engañar a los clientes sobre la mayor fuente de sus ingresos y es que pese a no cobrar comisiones las cobraba muy caras.

La SEC (que es como la CNMV americana) considera que no solo confundió a sus clientes, sino que no cumplió su promesa de ejecutar la operación más beneficiosa para usuario cuando se emite una orden de compraventa, algo que está perseguido por ser un incumplimiento de las obligaciones de un intermediario bursátil.

«Entre 2015 y 2018, Robinhood hizo declaraciones engañosas y omisiones en la comunicación con clientes, incluidas en las páginas de información de su página web, sobre su principal fuente de ingresos cuando describía cómo ganaba dinero: pagos por parte de empresas de trading a cambio de que Robinhood les envíe órdenes de ejecución».

Se trata de una práctica conocida en la industria como el pago por el flujo de órdenes y es lo que permite que las empresas de tranding de alta velocidad (HFT) se forren a costa de los pequeños inversores. Se enteran de lo que quieres comprar, para comprar ellos antes y vendértelo a ti más caro.

Esto es algo que lo explican muy bien en el maravilloso libro «Flash boys» que deberíais pedírselo a los reyes y del que hablamos por aquí hace tres años.

Verano de 2009. El FBI detiene a Sergey Aleynikov, un extrabajador de Goldman Sachs acusado de robar el código fuente de su antigua empresa. A Aleynikov, programador de operaciones comerciales de alta frecuencia, se le deniega la libertad bajo fianza alegando que, de caer en malas manos, el código robado puede usarse para manipular los mercados de forma injusta. ¿Significa esto que las manos de Goldman Sachs son las buenas? Si Goldman puede manipular los mercados, ¿pueden también hacerlo otros bancos? ¿Por qué el código que permite operar a Goldman Sachs es tan importante que cuando descubrió que un empleado lo había copiado, la empresa decidió llamar nada menos que al FBI? Si este código es tan valioso y peligroso para los mercados financieros, ¿cómo pudo hacerse con él alguien que había trabajado en la empresa apenas dos años? Y a todo esto, ¿qué son las operaciones comerciales de alta frecuencia y por qué se han convertido en la última revolución de Wall Street? Michael Lewis decidió que era hora de encontrar respuesta a estas preguntas y su búsqueda lo llevó a la sala acristalada de un rascacielos neoyorquino. Allí conoció a los flash boys.

El libro fue un éxito en su día llevando a la opinión pública la preocupación por este tipo de actuaciones, momento en el que Robinhood añadió una nueva sección a su sitio web en diciembre de 2014 que decía que sus ingresos por el pago del flujo de pedidos eran «insignificantes» y que informaría a los clientes si eso cambiaba. Resultó que desde 2015 hasta mediados de 2016, la práctica representó el 80% de los ingresos de la empresa, según el regulador.

Este es probablemente uno de los casos más claro de que cuando no te cobran comisiones te cobran comisiones.