Se nos acercan malos tiempos para los golosos. Por un lado tenemos la última recomendación de la OMS que sugiere la creación de un impuesto del 20% a las bebidas azucaradas para “salvar vidas”. Y si hay algo que le encantan a los gobiernos, es que les recomienden crear impuestos.

La OMS llama a seguir la estela de los países que ya imponen estas tasas, como México. Las autoridades sanitarias del país sostienen que el consumo de estos productos ya se ha reducido tras su introducción. Hungría ya tiene un impuesto a los productos con alto nivel de azúcar, sal o cafeína y Reino Unido impondrá un impuesto a los refrescos a partir de 2018.

Y por otro lado, el precio del azúcar está disparado, esta es la gráfica a un año, en la que afortunadamente en Noviembre nos da un respiro.

Ante este panorama tanto los fabricantes de dulces como los golosos andamos preocupados. ¿Qué futuro nos depararán las chuches y los refrescos?

En Gran Bretaña, este efecto se ha multiplicado con la caída de la libra tras el brexit lo cual ha llevado a practicar de urgencia la solución más común. La shrinkflation. Tras este palabro, que se podría traducir como «encojinflación» (pero queda más bonita en inglés) se esconde una práctica que muchas veces hemos sufrido y es una inflación encubierta en la que el producto aparentemente es el mismo pero con menor cantidad. Los consumidores somos menos sensibles a los cambios en la cantidad que en el precio. A veces los cambios son sutiles, y no tan fáciles de percibir: se mantiene la altura y anchura del paquete pero se varía la profundidad, se crea una nuevo y moderno formato o se añade más aire en la bolsa de patatas.

El caso reciente más sonado ha sido el del Toblerone en UK, en donde esta «shrinkflation» les ha quedado francamente cutre. Así es como reducen su producto de 400 a 360 gr.

Otras veces puede ser más sutil y descarado a la vez. ¿Qué veis de raro en esta docena de huevos?

El término «Shrinkflation» lo puso de moda Pippa Malmgren, que fue asesora de Geroge W. Bush y en un libro escribía que “Reducir la talla de los productos es exactamente lo que sucedió en los años 70, antes de que la inflación propiamente dicha saltara a escena”. Continuaba afirmando que la inflación encubierta acaba siendo un aviso de la inflación real y tiene repercusiones muy serias para la política monetaria de los bancos centrales.

Viendo los últimos datos del IPC parece que todos respiraban con alivio al ver que por fin dejamos atrás la deflación, el problema es que eso dejará paso al monstruo que se come nuestras chocolatinas… y algo más.