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 # 53Anónimo

24 de marzo de 2014, a las 9:57

Adolfo Suárez presentó su dimisión en enero de 1981 porque estaba absolutamente desprestigiado y probablemente porque pensaba que era la única manera de evitar el golpe de Estado que preparaban Armada y Milans. En aquellos momentos, la prensa le maltrataba, su partido le había retirado el apoyo, el Rey iba diciendo que su gestión era un desastre, el PSOE había puesto en marcha una operación de acoso y derribo, la Iglesia le detestaba por la ley del divorcio, la banca no se fiaba de él y los militares le odiaban.
La derecha veía en él un traidor y la izquierda no le perdonaba su pasado falangista. Suárez era un apestado que vivía recluido en el Palacio de La Moncloa, acompañado por un reducido grupo de colaboradores, mientras ETA desestabilizaba la democracia con casi un centenar de asesinatos en 1980.
No deja de asombrarme cómo un político tan denostado y repudiado es visto hoy como una especie de santo. Sobre todo, porque se le ensalza ahora por las mismas cosas que entonces provocaron su descrédito y la destrucción de su partido, propiciada por la ambición de unos barones que le despreciaban. Suárez pasó de 168 escaños con UCD en 1979 a solamente dos con el CDS en las elecciones de 1982.
Es verdad que su valiente actitud en el intento de golpe de Tejero mejoró su imagen ante los medios y la opinión pública. Pero resulta muy difícil de explicar ese cambio radical de valoración de su figura. O hace más de tres décadas estábamos ciegos o ahora estamos falsificando un pasado que no fue como se está diciendo.
Esta contradicción me desazona porque no soy capaz de encontrar una explicación, aunque soy consciente de que otros personajes históricos sufrieron el mismo fenómeno. Sin ir más lejos, Churchill ganó la guerra y perdió las elecciones. Pero nadie como Suárez ha pasado en tan poco tiempo de demonio a santo.
Ello demuestra la volatilidad de la opinión pública y el escaso fundamento de muchas de las percepciones que son consideradas como verdades indiscutibles. Al final, la Historia se convierte en un relato, en una especie de cuento en el que la fabulación se confunde con lo real. A estas alturas, no sé si Suárez es un personaje histórico o una invención literaria.
PEDRO G. CUARTANGO