Donald Trump lo explicó la semana pasada con una franqueza que casi da ternura. Cada vez que se hablaba de paz con Irán, dijo, la bolsa «salía disparada como un cohete». Para el presidente de Estados Unidos, ese cohete era la prueba de que su gestión iba bien encaminada. El problema es que ese cohete lleva a bordo a muy poca gente.

Mientras Wall Street encadena máximos y los titulares celebran billones de dólares de nueva riqueza, la mayoría de los hogares asiste al espectáculo desde la acera. Y conviene recordarlo, porque cada cierto tiempo alguien vuelve a confundir el índice bursátil con la salud real de una economía. No son lo mismo. Ni de lejos.

El 87% del pastel, para el 20% de los comensales

Los números, recopilados por Joe Brusuelas, economista jefe de la consultora RSM a partir de las Cuentas Financieras Distributivas de la Reserva Federal, no dejan mucho margen a la interpretación amable.

El 20% de los hogares con mayores ingresos de Estados Unidos posee alrededor del 87% de todas las acciones y fondos de inversión del país. En cifras: unos 55 billones de dólares a cierre de junio, frente a los 45 billones de un año antes. Diez billones más en doce meses. Una cantidad que cuesta hasta pronunciar.

¿Y el 80% restante de la población? Acumula en torno a 8 billones. Su avance en el mismo periodo ha sido de apenas un billón, de 7 a 8. La fiesta bursátil existe, pero la lista de invitados es muy corta.

El «efecto riqueza» que apenas se nota

La teoría económica clásica dice que cuando la bolsa sube, la gente se siente más rica y gasta más. Es el llamado «efecto riqueza», y suele invocarse para justificar que un mercado alcista termina beneficiando a todos por la vía del consumo.

La realidad es bastante más tibia. Como señala Brusuelas, ese efecto existe, pero mueve mucho menos dinero del que cabría esperar. El motivo es de pura aritmética: si las ganancias se concentran en quienes ya tienen patrimonio de sobra, esos hogares no salen corriendo a gastar cada euro extra que les regala la cotización. Un millonario al que la cartera le engorda otro millón no compra el doble de coches ni come el doble de veces.

No es una intuición suelta. Investigadores de la propia Reserva Federal lo documentaron el año pasado y lo usaron para explicar algo que durante mucho tiempo desconcertó a los analistas: por qué el consumo se recuperó con tanta lentitud tras la crisis financiera. La riqueza se había recompuesto en los mercados, sí, pero en los bolsillos equivocados para reactivar la economía real.

La bolsa como termómetro político

Aquí entra la parte incómoda. Aunque el mercado deje atrás a la mayoría de los ciudadanos, los políticos lo siguen tratando como el gran indicador del estado de la nación. Es cómodo: sube en tiempo real, sale en todos los telediarios y permite atribuirse méritos con un gráfico verde de fondo.

Trump ha convertido esa costumbre casi en doctrina. Ha llegado a explicar decisiones de política exterior —como su empeño en cerrar el conflicto con Irán— mirando de reojo lo que hacían las cotizaciones. Si los mercados aplauden, debe de ser que el rumbo es el correcto. El razonamiento tiene un punto hipnótico, pero confunde el aplauso de unos pocos con el bienestar de muchos.

Porque eso es exactamente lo que mide un índice: el humor de los inversores sobre los beneficios futuros de las empresas. No mide cuánto cuesta llenar la nevera, si el alquiler se come medio sueldo o si encontrar trabajo estable sigue siendo una odisea. Son universos que a veces caminan juntos y a veces se dan la espalda durante años.

La economía vive en otro sitio

La lección no es nueva, pero conviene repetirla cada vez que un récord bursátil amenaza con colarse en el discurso como sinónimo de prosperidad general. La bolsa puede volar mientras los salarios reales se estancan, mientras la desigualdad patrimonial se ensancha y mientras el consumo de la mayoría avanza a paso de tortuga.

Diez billones de dólares de nueva riqueza en un año suena a celebración nacional. Pero si nueve de cada diez de esos dólares acaban en las mismas manos, lo que tenemos no es una economía pujante: es un club privado pasándolo bien mientras el resto mira el escaparate.

La próxima vez que alguien señale el cohete de Wall Street para certificar que todo va de maravilla, merece la pena hacerse la pregunta de siempre. ¿De maravilla para quién? La bolsa no es la economía. Y cuanto antes lo asumamos, mejor entenderemos por qué tanta gente no reconoce su vida en los titulares triunfalistas.