No es difícil comprender que no es posible que consumamos más y más productos sin límite y que –aparte de la degradación ecológica- antes o después o nuestro poder adquisitivo nos frenará o nuestra limitación biológica –al fin y al cabo sólo vivimos un número limitado de años- nos impedirá adquirir todo lo que el mercado nos ofrece. Y sin embargo, la evolución tecnológica ha desafiado todo esto: hemos pasado de no necesitar un ordenador a tener un PC, un portátil y una “tablet” o las cabinas telefónicas a llevar un móvil encima que además tiene juegos y  hace fotografías y videos; y todo esto en menos de dos décadas. Apple ha demostrado con su éxito reciente del iPhone y del iPad que el fin de todo esto no parece cercano, incluso a pesar de la crisis. De hecho, podemos deducir que mientras mejore económicamente la situación de más y más habitantes del planeta menos riesgos habrá de que este proceso de creación de productos/creación de necesidades se frene y por lo tanto se retrase la llegada de un crash planetario por exceso de oferta y falta de compradores. Esto se aplica a prácticamente todo lo que se puede comprar con dinero y si durante esta recesión se ha frenado mucho el consumo en sectores como la vivienda o el automóvil –y no en todos los países-, se ha debido a que su adquisición se ve frecuentemente ligada a  la financiación, no a que se haya detenido la rueda que, de forma acelerada desde la Revolución Industrial, ha movido la economía.

Y a pesar de eso me sigue llamando la atención cómo nos metemos en ese modelo económico por factores que nos vienen impuestos por las circunstancias de la sociedad en la que somos culpables y víctimas a la vez. Pongo un ejemplo que creo todos hemos vivido los últimos años: el televisor. Sí, un aparato del que ya pocos recuerdan que era en blanco y negro, sin mando a distancia y en el que lo que se emitía estaba limitado a un rato al mediodía y luego unas horas en la tarde-noche, y eso en el primer canal, que el segundo –que en muchos sitios no se podía ver- sólo emitía por la noche. Pero fue mejorando, tanto la calidad de la imagen como la oferta de canales gracias a la ruptura del monopolio de RTVE. El caso es que hace una década el panorama televisivo ofrecía un servicio de entretenimiento gratuito al gran público que hubiera sido casi impensable hace 2. Pero llegó la TDT.

Por un lado las televisiones públicas –estatal, autonómicas y municipales- no aprovecharon la ocasión de desaparecer o reducirse hasta instrumentos de difusión cultural sino que gastaron el dinero de los contribuyentes en las nuevas inversiones que el cambio tecnológico suponía. Por otro, nacieron nuevas televisiones privadas y las ya existentes ampliaron su oferta de canales, es decir, todos invirtieron más en un mercado limitado ya que el número de televidentes no ha variado en los últimos años, tanto por el estancamiento demográfico como por el auge de internet, medio en el que incluso cadenas de TV permiten visionar sus programas.  No sólo las empresas gastaron más, los consumidores también ya que todos tuvimos que comprar o bien un sintonizador de TDT o bien un nuevo aparato preparado para ello. A todo esto la tecnología del televisor también avanzó rápidamente y de la pantalla tradicional de rayos catódicos se pasó a la pantalla de cristal líquido y de ésta al LED. Esto ha implicado muchos euros por familia de media y en algunos casos con gastos superfluos porque no toda la tecnología apareció a la vez y por ejemplo, con los primeros sintonizadores de TDT no se pueden ver los canales en alta definición.

Resumiendo, mismos televidentes y mucho mayor gasto. En el caso del consumidor ha habido parte de obligación y parte de capricho y a cambio ahora tiene más oferta televisiva con mejor calidad de imagen y sonido. Eso sí, si nos atenemos a los datos de audiencia, todo este proceso ha servido para que el gran público siga viendo los mismos programas y las mismas cadenas que antes de la TDT, siendo minoritaria la audiencia de las nacidas los últimos años. En cuanto a las empresas, todo lo ha financiado la deuda y la publicidad, excepto en el caso de TVE que justo en lo peor de la crisis renunció a este último ingreso. La deuda sólo se pagará si aumenta la audiencia en un mercado en el que hay los mismos televidentes, con lo que se han impuesto dos corrientes: agresividad entre las cadenas (por ejemplo, prohibiendo la emisión de imágenes de Antena3 en la Sexta) e intentos de concentración (que sólo han funcionado –de momento no positivamente– entre Cuatro y Telecinco). La publicidad, limitada por unas leyes que prohíben un exceso de anuncios, tampoco puede crecer mucho más; además la publicidad es rentable cuando hay un alto consumo con lo que vuelve a centrarse en el ciudadano la responsabilidad de gastar más si quiere mantener la oferta televisiva.

Si no tenemos en cuenta factores ideológicos que empujan al control de medios a pesar de su falta de rentabilidad, este proceso ha llevado a situaciones absurdas como que por ejemplo cadenas en pérdidas como la Sexta saquen dos canales más o que Telecinco controle hasta 6 canales que necesariamente se hacen la competencia entre ellos o que Antena3 no permita hacer zapping entre sus programas porque en los 4 que controla hacen los mismos anuncios al mismo tiempo o que no paren de repetirse una y otra vez espacios que ni siquiera tuvieron éxito cuando se estrenaron. Económicamente es un disparate, y aún así siguen apareciendo nuevos canales. Y eso sin contar los de pago. En el fondo es un problema similar al inmobiliario: ni las casas ni las emisiones –otra cosa son las producciones- se pueden exportar, o las consumimos aquí o traemos a inmigrantes para que las rentabilicen pero mientras no aumentemos demográficamente, lo más lógico es dejar de construir… o perder dinero.

PD – En España existían a cierre de 2010 1180 canales de televisión legales, sólo superados en Europa por el Reino Unido