Vivimos en una sociedad de consumo mayoritariamente aceptada. En esta crisis incluso hemos podido comprobar cómo los que dirigen el mundo nos animaban a gastar porque la economía se acostumbra rápidamente a unos ingresos y aparentemente nunca prevé que éstos se reduzcan, a pesar de la periodicidad de las crisis. De este modo la solución unánime que han encontrado los gobiernos es aumentar la deuda para compensar la solución que en general han aplicado las familias y empresas: reducción del gasto y venta de activos. Hasta tal punto se han contrapuesto esas corrientes que en España hemos visto gastar dinero público en limpiar fachadas al tiempo que muchos españoles se arriesgaban a conducir sin seguro para ahorrar. Desde que estalló la crisis griega en el primer semestre de 2010 la mayoría de los gobiernos europeos (no así Japón y los EUA) han copiado la solución de los particulares reduciendo gastos. Aún no hay dictamen definitivo de si esta es la opción correcta aunque para algunos –entre ellos España- la elección venía obligada por sus problemas de solvencia.

Dejando de lado esta discusión, mi impresión es que hace falta un cambio psicológico social para consumir menos o más concretamente, consumir sin endeudarse aunque eso afecte a las grandes cifras económicas. El otro día comentaba que todo apunta a que hay suficiente alimento en el planeta para que sobrevivamos varios miles de millones de personas más pero que a día de hoy se hace difícil –tanto por coste ecológico como por coste económico- que el mundo más desarrollado pueda mantener su actual nivel de consumo ante el empuje de las “potencias emergentes”. La pregunta que todos nos hacemos es si no nos estaremos equivocando con estas previsiones y en realidad exageramos el posible crecimiento de estos países y su mayor consumo y la importancia de este “cambio de poderes” de los EUA a China. El ejemplo histórico más cercano no nos sirve de mucho porque es difícilmente comparable: el del Reino Unido, un imperio con amplios territorios por todo el mundo que fue cediendo el liderato económico planetario a favor de los EUA desde la participación de ésta en la Primera Guerra Mundial. Tras la II Guerra Mundial, con Europa –incluida la URSS- y Japón arrasados y con un proceso de descolonización muy avanzado que reduciría enormemente el tamaño del Reino Unido, no quedaba duda que el gran líder económico mundial eran los EUA. Y lo cierto es que entonces también se pronosticó un gran avance –que no existió- de algunas economías “emergentes” como Argentina y además Europa recuperó gran parte de la importancia perdida durante la guerra e incluso el nivel medio del ciudadano británico no se vio apenas afectado por ver reducida la influencia geopolítica de su país.

Sin entrar en un análisis histórico y cultural concienzudo es evidente que las diferencias entre tener al mando del mundo al Reino Unido o a los EUA eran mucho menores que las que supone un cambio de poder global de los EUA a China. Pero centrándonos más en el impacto global tanto ecológico como económico, el liderato importa menos que la enorme cantidad de población que aumentará su consumo. En la actualidad, como se puede apreciar en este esquema, los 7 países emergentes más importantes tenían a finales de 2009 el 49% de la población con sólo un 18% del PIB mundial mientras los del G-7 con apenas un 11% de la población poseían el 53% del PIB

Así, si los cientos de millones de ciudadanos de China, India y Brasil… aumentan su consumo, las materias primas subirán de precio y puede que incluso se vivan episodios de desabastecimiento, dependiendo de la evolución tecnológica y la geopolítica. La única forma de evitar que nos afecte negativamente el aumento del consumo de cientos de millones de personas –aparte de un “cisne negro” negativo como una guerra global o uno positivo como un descubrimiento científico de una nueva energía- es reducir el nuestro en la misma proporción que los precios aumenten, de ese modo se llegaría a un punto de equilibrio a costa de reducir nuestro actual “tren de vida”. El problema es que se hace difícil que esto sea posible, tanto porque estamos acostumbrados a mejorar -o al menos a creer que mejoramos- generación tras generación como por inelasticidad, por ejemplo el alza del precio de la gasolina no suele implicar que se reduzca su uso en la misma medida. Pagar más por las importaciones de crudo, aluminio o café  implicaría un menor poder adquisitivo de las familias a nivel microeconómico y una reducción del PIB -ya que el coste de las importaciones restan del total- a nivel macro. Esto es algo que esta crisis está acelerando a mayor velocidad de lo esperado y parece irreversible que vaya a seguir haciéndolo. Incluso en plena recuperación económica oficial las cifras de ventas de autos, ingresos por hogar o compra-venta de viviendas en los EUA están muy lejos de las alcanzadas hace una década cuando la población era de 30 millones menos que en la actualidad. Y hasta los más optimistas no ven unos números similares a los de 2007 en el corto plazo. Sin embargo, sí que se da por hecho que otras economías avanzarán a mucha mayor velocidad, hasta el ex primer ministro británico Gordon Brown profetiza que «La dominación económica occidental se va para no regresar» y entre otras razones hay una muy poderosa: la curva demográfica o en otras palabras que mientras unos países se llenan de jubilados, otros tienen jóvenes emprendedores con ganas de “comerse el mundo”.

En mi opinión es desde luego justo que se redistribuya mejor la riqueza en el planeta. Igual que en España –o en Europa del Este– hemos luchado por equipararnos a la “Europa rica”, el resto del mundo va a intentar recorrer ese mismo camino lo que explica el imparable ascenso de las economías emergentes. Más allá de guerras comerciales o de divisas, de proyecciones para 2050 o de obsesiones con China creo que es una realidad ya presente. La denominada “primavera árabe” es también parte de este proceso: millones de jóvenes sin un futuro económico claro que quieren mejorar. Y la forma de hacerlo puede se convierta en habitual ya me que no podemos excluir que usen la violencia para conseguir sus objetivos ni podemos saber contra quién. Tampoco podemos esperar la más mínima preocupación ecológico-ambiental de estos centenares de millones de personas que aspiran a un tren de vida similar al “occidental”. Volvemos pues a la incógnita de si el planeta podrá soportar esto o a una que seguramente sea la que más le preocupe a la mayoría: ¿Supondrá la reducción de desigualdades en el mundo que vivamos peor en el sentido más materialista del término?