Una de las series que más me gustaban de pequeño era «Aquellos maravillosos años» en la cual, como suele ocurrir siempre, se recordaba el pasado mejor de como fue realmente. La serie la echaban los Lunes por la noche en TVE2 e iba sobre las peripecias de un niño, Kevin, en los revueltos años 60. Uno de los amigos de Kevin era otro niño, Paul, del cual corrió la leyenda urbana que decía que era el músico «Marilyn Manson». Da igual si era cierto o no (que no lo era) pero de tanto oirlo uno se lo acabó creyendo.

Hoy volvemos a hablar de «Aquellos Maravillosos años» concretamente de nuestro mejor amigo de entonces «La peseta» que con los años se convirtió en el Euro, algo que dicen es tan maléfico como el propio Marilyn Manson. Da igual si es cierto o no, como con las leyendas urbanas, de tanto oirlo uno se lo acabó creyendo. Prueba de ello es la encuesta que realizamos aquí en Febrero:

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Como veis el 53% opinaba que España estaría mejor con la peseta

¿Está por tanto condenado el Euro?. Para intentar responder a esta pregunta vamos a ver dos opiniones, una pensada en frío en el año 2007 y otra más reciente.

Veamos en resumen que es lo que se decía cuando todo iba bien.

¿Está condenado el euro? Después de ver crecer el número de países de la zona del euro de 10 a 15 a principios de 2008, ¿se producirá un proceso inverso? ¿Si un país abandona la zona del euro reintroduciendo su moneda nacional, lo harán también otros? ¿Se derrumbará todo la empresa?

La respuesta es no. La decisión de unirse a la zona del euro es en efecto irreversible. Por muy atractiva que resulte la retórica de la deserción para los políticos populistas, la salida es en efecto imposible, aunque no por las razones sugeridas en debates anteriores.

La primera razón por la que los miembros no se marcharían son los costes económicos. Un país que abandona la zona del euro por problemas de competencia vería devaluada su recién reintroducida divisa nacional. Pero los trabajadores lo sabrían, y la inflación de los salarios resultante neutralizaría cualquier beneficio respecto de la competitividad externa. Es más, el país se vería forzado a pagar tipos de interés más elevados por su deuda pública.

Otro argumento para justificar que los miembros no se marcharían son los costes políticos. Un país que reniegue de sus compromisos con el euro se enemistaría con sus socios. No sería bienvenido a la mesa en la que otras decisiones sobre la Unión Europea se adoptasen. Se le trataría como un miembro de segunda clase de la UE hasta el punto de que dejaría de ser miembro. Claro, que algunos lo ven como una «oportunidad política» para aquellos que pudieran afirmar que están poniendo los intereses de sus electores nacionales en primer lugar.  Ahí tenemos los ejemplos de Inglaterra, Dinamarca o Suecia.

Por delante de estos dos argumentos tenemos que el obstáculo de salir no es ni económico ni político, sino procedimental. Reintroducir la moneda nacional requeriría, en esencia, que todos los contratos (incluyendo los que regulan los salarios, los depósitos bancarios, bonos, hipotecas, impuestos, y casi todo lo demás) se volvieran a denominar en la moneda doméstica. El legislativo podría aprobar una ley exigiendo a los bancos, empresas, hogares y gobiernos que denominaran sus contratos de esta manera. Pero en una democracia esta decisión podría ir precedida de un debate muy extenso.

Y para que se llevara a cabo sin problemas, tendría que ir acompañada de una planificación detallada. Los ordenadores tendrían que reprogramarse. Las máquinas expendedoras tendrían que modificarse. Los cajeros automáticos tendrían que revisarse para evitar que los conductores se quedaran atrapados en los garajes subterráneos. Se tendrían que colocar billetes y monedas por todo el país. Solo hace falta recordar la exhaustiva planificación que fue necesaria para introducir el euro físicamente.

En aquellos momentos, no obstante, había pocas razones para esperar cambios en los tipos de cambio durante el período previo, y, por tanto, poco aliciente para la especulación de la divisa. En 1998, los miembros fundadores de la zona del euro acordaron bloquear sus tipos de interés a los niveles predominantes en el momento. Esto excluyó la reducción de las monedas nacionales para robar una ventaja competitiva en el intervalo previo al paso a una unión monetaria total en 1999. Por el contrario, si un estado miembro partícipe decide abandonar ahora la zona euro, dicho acuerdo previo no sería posible. La verdadera motivación para marcharse sería cambiar la paridad. Y la presión de otros estados miembros podría ser inefectiva por definición.

Los participantes del mercado serían conscientes de este hecho. Los hogares y empresas anticipando que los depósitos domésticos se denominarían de nuevo en pesetas, lo que les haría perder valor frente al euro, cambiarían sus depósitos a otros bancos de la zona del euro. A continuación se produciría una huída total de los bancos. Los inversores anticipando que sus solicitudes al gobierno español se denominarían de nuevo en pesetas cambiarían sus solicitudes a otros gobiernos de la zona del euro, dando lugar a una crisis del mercado de bonos. Si el factor que precipitase la situación fuera el debate parlamentario sobre el abandono de la peseta, sería improbable que el BCE concediera ayudas extensivas de último recurso. Y si el gobierno ya se encontraba en una situación fiscal débil, no sería capaz de recibir ayuda para el rescate por parte de los bancos ni de comprar un respaldo para su deuda. Sería la madre de todas las crisis financieras.

¿Qué gobierno que haya invertido en su propia supervivencia contemplaría esta opción? La consecuencia es que tan pronto como el debate acerca de abandonar la zona del euro empezara a ponerse serio, dicho debate, y no la zona en sí misma, acabaría.

¿Y ahora que se opina?.

Sobre el Euro escribió el otro día Paul Krugman un artículo titulado «La trampa del Euro«:

Entonces, ¿qué va a pasar con el euro? Hasta hace poco, la mayoría de los analistas, incluso yo mismo, pensaban que una ruptura del euro era prácticamente imposible, dado que cualquier Gobierno que se atreviese siquiera a insinuar que se estaba planteando abandonar el euro estaría fomentando una retirada masiva de depósitos de sus bancos. Pero si los países en crisis se ven incapaces de pagar sus deudas, probablemente se enfrenten a graves espantadas de los bancos de todos modos, lo que les obligaría a tomar medidas de emergencia como restricciones temporales a la hora de retirar dinero de los bancos. Esto dejaría abierta la puerta a la salida del euro.

Así que, ¿está el propio euro en peligro? En una palabra, sí. Si los dirigentes europeos no empiezan a actuar de manera mucho más enérgica, proporcionándole a Grecia la ayuda suficiente para evitar lo peor, es muy posible que se produzca una reacción en cadena que empiece con el impago griego y termine causando muchos más estragos. Mientras tanto, ¿qué lección podemos aprender los demás? Los halcones del déficit ya están tratando de apropiarse de la crisis europea, presentándola como un ejemplo práctico de los peligros de los números rojos en las cuentas públicas. Sin embargo, lo que la crisis realmente demuestra es lo peligroso que es ponerse uno mismo una camisa de fuerza política. Cuando se unieron al euro, los gobiernos de Grecia, Portugal y España se negaron a sí mismos la posibilidad de hacer algunas cosas malas, como imprimir demasiado papel moneda; pero también se privaron de la capacidad de responder con flexibilidad ante los acontecimientos. Y cuando la crisis golpea, los Gobiernos tienen que ser capaces de actuar. Eso es lo que olvidaron los arquitectos del euro, y lo que el resto de nosotros tenemos que recordar

A veces, como en «Aquellos maravillosos años» tiramos de nostalgia y pensamos que la solución pasaría por volver voluntariamente a la peseta.

Como comentaban el otro día en «El Blog Salmón» ¿Qué podría ocurrir si España abandona el euro?

Podemos pensar lo que queramos del Euro al igual que también podemos pensar que Paul es en verdad Marilyn Manson pero me temo que la realidad manda y la vuelta a una moneda local sería algo catastrófico.

De lo que no cabe ninguna duda es que los gobiernos tienen que actuar con rapidez para no generar más dudas y evitar a toda costa tirar hacia los populismos que genera el mencionar la vuelta hacia una moneda nacional. Total, lo mismo da pagar por un café 1.2€ que 200 Ptas.