Según tengo entendido en el idioma chino, la palabra “crisis” (危机, weiji), se compone de dos ideogramas: • Wēi (危) que se traduce como “peligro” y • (simplificado: 机, tradicional: 機) que, entre varias acepciones (máquina, avión, punto crucial, etc.), se puede traducir como “oportunidad”. Luego no es cierto que en chino crisis y oportunidad signifiquen lo mismo como repite el dicho, simplemente uno de los dos ideogramas de la palabra crisis ( (机) puede significar –a veces- oportunidad. Por suerte no es de letras chinas de lo que voy a hablar hoy sino de la evolución de la actual crisis que muchos analistas han intentado explicar y vaticinar usando ciertas grafías. Básicamente una crisis –y hablo de economía, no de bolsa- se puede desarrollar

En la actual depresión se ha podido comprobar que toda esta teoría está muy bien, y sirve para entender con facilidad los conceptos, pero que no se puede aplicar a nivel global. Es decir, la V parece que es la forma que han desarrollado economías como la china o la india, que apuntan a haber iniciado hace meses la segunda línea. Sin embargo, ¿Qué letra está haciendo el mundo occidental en general?

Desde el punto de vista de la teoría económica, las etapas de recesión son periodos en los que el conjunto de la economía debe ajustarse, reducir las deudas y volver a poner los pies en la tierra. Es la consecuencia necesaria e inevitable de haber disfrutado un periodo de bonanza artificial e insostenible, en el que se ha vivido por encima de sus posibilidades. En otras crisis menos profundas el proceso es relativamente sencillo: la desconfianza –provocada por lo que sea, la subida del precio del crudo en 1973 o por la burbuja de las .com en el 2000- conduce a un menor gasto y a un aumento del ahorro y cuando vuelve la confianza se recupera el consumo y todo vuelve a despegar, y durante la recesión, como ha pasado esta vez, es el gasto público el que asume la labor de sustituir la iniciativa privada. Esta vez no es así, porque –resumiendo mucho- se ha sumado a una crisis cíclica habitual, el estallido de la burbuja inmobiliaria, un sistema financiero enfermo, una globalización de los problemas y un endeudamiento alto y a todos los niveles (personas, empresas, bancos y estados). Y más de dos años después, no parece resuelto ninguno de los problemas que provocaron esto e incluso el de la deuda ha empeorado mucho ya que, por frenar el desplome y reducir la deuda bancaria y de grandes empresas, se ha comprometido la solvencia de varios países.

El ejemplo más reciente es Grecia: aumenta el déficit aprovechando que se puede financiar barato gracias a pertenecer a la zona € y en el momento que los mercados desconfían que el país pueda mantenerse dentro de la €zona, se acaba la financiación fácil y barata. La UE entonces le obliga –para no echarlo- a reducir drásticamente el gasto: menos inversión, reducción de salarios, austeridad… Para Grecia se ha iniciado la tercera raya de la W . Y como viene pasando desde que empezó esto, la crisis financiera aún empeora más el panorama. ¿Por qué? Porque la mayor parte de la deuda pública griega está en poder de los bancos griegos, bancos que obtienen financiación barata de BCE a cambio de ceder en las subastas de corto plazo toda esa deuda a cambio de dinero. Pero BCE obliga a que ese papel que se descuenta tenga un mínimo de calificación por parte de al menos una agencia internacional de ráting. Así pues, el futuro del sistema financiero griego depende de que Moody´s no rebaje un escalón más la calificación de dicha deuda, como ya hicieron S&P y Fitch.

España de momento está lejos de esta segunda situación: la rebaja de rating desde el actual es inminente pero aún nos quedarían más bajadas para llegar al lado peligroso. Pero sí estamos en la primera: estamos obligados a ser austeros. Como no podemos esperar un repunte del consumo privado con un 20% de paro y una gran desconfianza hacia el futuro, no podremos crecer: es decir, también estamos iniciando la tercera línea de la W y con riesgo de acelerar su bajada ya que no sólo en el paro somos campeones en Europa, también en dinero enterrado en ladrillos, lo que retrae grandes cantidades de liquidez de la inversión productiva que necesitamos en España. En realidad nos parecemos más a Irlanda que a Grecia, sólo que el punto álgido de la crisis irlandesa pasó hace tiempo, presentó un plan creíble y los mercados e inversores confiaron en él. Aquí podemos ver un gráfico comparativo de la cotización de CDS de Irlanda y España:

Su evolución es diferente (por cierto, hace ya dos meses que Goldman recomendó apostar por Irlanda contra España, hay que ver qué bien aconsejan a sus clientes) y ahora se han encontrado en precio. Pero en lugar de caer en el pesimismo que refleja quizás deberíamos comprobar que es posible mejorar, asumiendo, eso sí, que nos queda ajuste para largo (como a Irlanda). La receta no es fácil de concretar pero se basa en un principio que, a pesar de ser abstracto, es universal para cualquier inversión: credibilidad. Es decir, que aparte de la consabida austeridad, el gobierno debe hacer unas previsiones presupuestarias realistas y el sistema financiero asumir la devaluación de las propiedades inmobiliarias (sobre todo las cajas de ahorro). Sí, la ciudadanía también debe asumir lo que nos espera: recortes sociales, sea vía impuestos, pensiones, salarios… pero no por ello debemos dejar de tener espíritu crítico, la crisis no debe ser una excusa para un “vale todo”, y si a todos nos toca perder, deberían perder más los más responsables de todo esto: da la impresión que tanto la clase política como la financiera creen que los ajustes sólo los debemos hacer nosotros.