Ayer intentamos demostrar mediante «La subasta del dólar» que a veces cometemos errores económicos o sociales incluso siendo conscientes de que vamos por el mal camino. Hoy veremos otro juego que vuelve a  demostrar que los seres humanos no son puramente racionales cuando se trata de decisiones monetarias, ya que parecen dispuestos a hacer sacrificios financieros a fin de penalizar a otro. En resumen, que además de tontos somos malos.

Hoy veremos el Juego del Ultimátum cuyas reglas básica son simples. A una persona se le da un montón de dinero y se le dice que lo divida entre ella y una segunda persona. A esta segunda persona se la da la opción de aceptar o de rechazar la oferta; si es rechazada, ninguna persona recibirá dinero. Claramente, algo es mejor que nada, así bajo el supuesto de un comportamiento estrictamente racional, se podría esperar que todas las ofertas sean aceptadas, por mu pequeñas que sean.

Pues lamentablemente, no todas son aceptadas, Hace poco lo pusieron a prueba en esta web dándose cuenta de que la gente rechaza ofertas monetarias injustas, incluso cuando los únicos a los que penalizan son a ellos mismos. Digamos que es una versión perfeccionada del perro del hortelano. Las ofertas en una proporción cercana al 50/50 serán aceptadas, pero a medida que las proporciones se desplazan hacia donde la persona que emite el ultimátum intenta conservar un setenta por ciento del total, el rechazo se incrementa. En el momento que llegan a una proporción 80/20, cerca del 70 por ciento de las ofertas son rechazadas, aún cuando el 20 por ciento del total del dinero dejaría al receptor en mejor situación que en la que empezaron (empezaba sin nada y así acaba).

Aún así es posible interpretar este comportamiento como un ser racional dentro de un contexto social. Gran parte del comportamiento humano, y del de otros primates,  parece centrarse en asegurar un comportamiento cooperativo dentro de grupos pequeños. El rechazo de las ofertas dentro del Juego del Ultimátum puede ser visto como una forma de castigo por un comportamiento injusto. A la luz de esto, el rechazo puede tener sentido hasta el grado de que la inmediata pérdida de dinero proporciona un incentivo continuo para un comportamiento ecuánime y cooperativo dentro de un grupo. El comportamiento económico racional es restablecido.

Recientemente se ha experimentado con un par de variaciones del Juego del Ultimátum. En la primera variación, que el autor denomina «el Juego de la Impunidad», la persona que hace la oferta obtiene su parte del dinero independientemente de si la oferta es aceptada o no. En este juego, la única consecuencia es el sentimiento de culpabilidad potencial causado por el conocimiento de que una oferta fue rechazada. Los porcentajes de rechazo caen, pero permanecen considerables – ofertas de una proporción 80/20 son rechazadas más de un 40 por ciento de las veces (bajando desde alrededor de un 70 por ciento) a pesar de la falta de consecuencias económicas reales.

Para asegurar realmente las cosas, los autores hicieron pruebas de un Juego de Impunidad Privado, en el que la persona que hacía la oferta nunca era informada de si su oferta fue rechazada o no – simplemente se iba con su parte del dinero. Aquí, incluso la más vaga esperanza de que la persona que hacía la oferta tuviera sentimientos de culpabilidad de su rechazo fue eliminada. Los porcentajes de rechazo esencialmente no tuvieron cambios. La gente sigue rechazando ofertas que perciben como injustas aunque, como el árbol del bosque del proverbio, nadie oiga su rechazo.

En otro atisbo de la naturaleza de esta respuesta, los autores describen cómo un estudio similar fue desarrollado en el cual el Juego de la Impunidad fue explicado a los participantes como una serie de frases de tipo si/entonces: «si A elige X y B elige Y, entonces A recibe $i y B recibe $j.» Aquí, cuando los sujetos son forzados a razonar a través de las condiciones para averiguar que sus rechazos no causarán ningún tipo de castigo financiero a los que hacen la oferta, los porcentajes de rechazo fueron aproximadamente los mismos que los del Juego del Ultimátum. Esto sugiere que a la gente no se le puede requerir para que realice un análisis racional cuando el dinero está en juego, y mucho menos implicarla en actos racionales.

La falta de un análisis objetivo es también demostrado por un número de resultados que indican que cambios en los niveles de hormonas y neurotransmisores – testosterona, serotonina y oxitocina, por ejemplo – pueden desvirtuar las estadísticas cambiando la respuesta media a ofertas injustas.

Dado el hecho de que esencialmente no hay manera de proporcionar el comentario de un actor racional  para estos resultados, los autores intentan explicarlo a través de una respuesta emocional que se parece mucho a los golpes de un gorila en su pecho. Nuestras emociones nos comprometen a este tipo de demostraciones a pesar de su naturaleza irracional, y nos fuerzan a llevarlas a cabo lo suficiente para asegurarnos de que todos saben que no es una amenaza vacía. Nueve de cada 10 veces, el golpeteo en el pecho puede ser sólo una demostración, ¿pero alguien está dispuesto a arriesgar la oportunidad de que un ejemplo dado se convierta en la excepción?

El problema con esta explicación es que añade una capa de complejidad – un mecanismo que asegure un grado de compromiso para una respuesta emocional – por encima de lo que esencialmente es una situación simple: la gente actúa sin pensar. A principios de este año, asistí a un debate titulado «La Evolución y el Cerebro Ético» en el que los investigadores argumentaban que la elaboración de las decisiones éticas (como por ejemplo cómo responder a ofertas financieras injustas) es llevada a cabo por un sistema que opera de forma parecida a esas que responden a estímulos sensoriales: hacen juicios superficiales que nos permite responder rápidamente y proseguir con las cosas. Los debates éticos más elaborados en los que nos ocupamos son principalmente intentos de racionalizaciones a posteriori de nuestras decisiones previas.

Dentro de esta perspectiva, el juicio superficial es que una oferta es injusta. Algunas veces podemos implicar la racionalización a posteriori, en este caso suponiendo la economía de la situación, y anular nuestras consideraciones éticas. Pero, en una fracción considerable de los casos, nunca tenemos la oportunidad, ya que actuamos de acuerdo a nuestras decisiones superficiales antes de que este proceso pueda ocurrir.

Para terminar os pego un extracto de un artículo similar, pero desde el punto de vista evolutivo:

Y ahora, vayamos con los chimpancés. El grupo de Michael Tomasello publicó un trabajo en 2007 cuyos resultados son interesantes. Lo que hicieron fue poner a jugar a varios chimpancés a una versión modificada del juego del ultimátum, donde uno de los chimpancés ofertaba una bandeja con comida a otro, pero este último también veía lo que le correspondía al primero, por lo que si aceptaba esa cantidad de comida tenía que pulsar una rueda para deslizar las bandejas y si no simplemente no debía tocar la rueda. Lo sorprendente fue que los chimpancés se comportaron como maximizadores racionales es decir, como predecía la teoría utilitarista económica. Apenas había rechazos de ofertas, salvo cuando no les ofrecían nada. Es decir, que o bien el alimento es en su caso un estímulo demasiado valioso, o bien no presentan una capacidad tan desarrollada para detectar y castigar las injusticias.

Parece que la conclusión puede ser clara. A la hora de tomar decisiones económicas lo mejor es dejar las emociones de lado. Quizás sea esa la razón por la que robaron el programa de Goldman Sachs, él no tenía emociones….