Según las recientes filtraciones del Pentágono al Subcomité de Apropiaciones del Senado, los primeros seis días de la intervención en Irán han drenado 11.300 millones de dólares de las arcas estadounidenses. Estamos hablando de un ritmo de gasto de casi 80 millones de dólares cada hora, o lo que es lo mismo, el presupuesto anual de una ciudad de tamaño medio evaporándose cada sesenta minutos en el desierto y el Estrecho de Hormuz.
Sin embargo, el consenso entre los legisladores estadounidenses, es que este número es una subestimación optimista. El cálculo oficial de la administración parece omitir el factor más volátil en la contabilidad militar moderna: el coste de reposición de municiones. En un conflicto dominado por enjambres de drones y sistemas de defensa aérea de alta tecnología, el gasto solo en misiles interceptores y proyectiles de precisión ya supera por sí solo los 10.000 millones de dólares. Esto sugiere que la «tasa de quema» real de efectivo (burn rate) podría estar duplicando las proyecciones iniciales del Departamento de Defensa.
A estas alturas la estructura de costes se desplaza de la logística de despliegue a la fricción operativa pura. Mientras que en los años más intensos de la ocupación en Afganistán el gasto mensual rondaba los 4.000 millones de dólares, la Operación Epic Fury ha logrado superar esa marca en apenas 50 horas de combate. Esta aceleración financiera no solo responde a la intensidad del fuego, sino a la sofisticación de un enemigo que obliga a EE. UU. a utilizar tecnología de punta en cada intercambio, donde un solo misil empleado para derribar un drone de bajo coste genera una asimetría económica difícil de sostener a largo plazo.
El verdadero «cisne negro» para los mercados globales reside ahora en el Estrecho de Hormuz. Con el Comando Central (CENTCOM) informando la eliminación de 16 buques minadores iraníes y ataques a navíos comerciales, el riesgo de una interrupción prolongada en el suministro energético es inminente. Si la escalada continúa, no solo veremos un incremento en la deuda pública estadounidense para financiar un proyecto de ley de fondos suplementarios que probablemente supere los 50.000 millones de dólares antes de que termine el mes, sino que el impacto colateral en los precios del crudo podría actuar como un impuesto regresivo global, asfixiando la recuperación económica de 2026.
Las predicciones para el próximo trimestre son sobrias. A pesar de las declaraciones del presidente Trump sobre un final «muy pronto», la discrepancia con el secretario de Defensa, Pete Hegseth —quien califica esto como «el principio»— apunta a una desconexión entre la narrativa política y la realidad táctica. Desde una óptica económica, lo más probable es que nos enfrentemos a una guerra de desgaste tecnológico. Esto resultará en un auge artificial para el sector de defensa, pero a costa de un déficit fiscal que obligará al Congreso a reabrir debates dolorosos sobre recortes en gasto doméstico o subidas de impuestos para equilibrar una factura militar que, a este ritmo, podría alcanzar los 120.000 millones de dólares antes del verano.