La bajada de tipos del Banco Central Europeo anunciada ayer confirmó lo que muchos inversores, hipotecados y analistas ya daban por hecho: el BCE ha iniciado la recta final del ciclo de relajación monetaria que arrancó hace un año. Se acaba lo bueno. El recorte de 25 puntos básicos deja el tipo de interés de referencia en el 2%, un nivel que no se veía desde diciembre de 2022, y que supone justo la mitad del pico que alcanzaron en septiembre del año pasado. Pero lejos de alimentar expectativas de nuevos recortes rápidos, el mensaje de Fráncfort ha sido claro: el punto de llegada está cerca.

Christine Lagarde no lo ha dicho de forma explícita, pero ha dejado entrever que no hay mucho más margen para seguir bajando tipos sin poner en riesgo el objetivo de mantener la inflación en el entorno del 2%. El BCE considera que con los tipos entre el 1,75% y el 2,25% su política monetaria es ya neutral, es decir, ni frena ni estimula la economía. Por tanto, cualquier movimiento adicional requerirá una justificación sólida, sobre todo si el entorno internacional se complica.

Y es que el ruido de fondo no deja de aumentar. La posibilidad de una guerra comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea tras el regreso de Donald Trump al primer plano político introduce un elemento de incertidumbre que condiciona todas las previsiones. Si se endurecen los aranceles, el BCE admite que el crecimiento y la inflación podrían situarse por debajo de lo previsto. Pero si se evita el choque, el escenario puede incluso mejorar.

Las cifras actuales de inflación respaldan la decisión. El IPC de la eurozona se moderó en mayo al 1,9%, por debajo del objetivo del banco central, mientras que la inflación subyacente —la que excluye energía y alimentos— también ha bajado. La fortaleza del euro, el alivio en los precios energéticos y la contención de los salarios están ayudando a enfriar las tensiones inflacionistas sin necesidad de medidas más agresivas.

Para quienes tienen una hipoteca a tipo variable o están pendientes de firmar un crédito, la noticia tiene un matiz positivo. Aunque el Euríbor ya ha descontado parte de esta bajada en los últimos meses, aún podría deslizarse ligeramente a la baja si se confirma un nuevo recorte antes de que termine el año, bajará del 2% pero tampoco mucho más. El mercado apunta que ese movimiento podría producirse en julio o septiembre, pero no hay consenso.

Lagarde se ha esforzado en no atarse las manos. Ha evitado prometer nada, ni siquiera insinuar cuál será la fecha de la próxima bajada. De hecho, no ha descartado que no haya más. Esto responde también al equilibrio interno del propio BCE, donde conviven los ‘halcones’, más preocupados por la inflación, y las ‘palomas’, que priorizan el crecimiento. Que 20 de los 21 miembros del consejo hayan apoyado el recorte indica que, al menos por ahora, hay cierto consenso.

El escenario base del BCE sigue siendo relativamente optimista: inflación al 2% este año, por debajo en 2026, y crecimiento del 0,9% en 2025. Pero el propio banco reconoce que todo depende de si Trump y Bruselas logran evitar una nueva escalada de tensiones comerciales. Por eso, la institución se guarda las cartas.

En definitiva, el BCE pisa el freno, pero no pone el freno de mano. Las bajadas de tipos no han terminado, pero ya no son la norma. El nuevo equilibrio obliga a mirar cada dato económico con lupa y a interpretar cada palabra de Lagarde como una señal sobre hacia dónde se moverán los tipos… y con ellos, el Euríbor.