La riqueza de Nauru tenía una única fuente: el fosfato. Bajo la superficie de esta isla de apenas 21 km² se escondía uno de los depósitos más grandes del mundo de este mineral, esencial para fertilizantes. Durante décadas, compañías extranjeras —primero alemanas, luego británicas, australianas y neozelandesas— explotaron la mina sin freno. Cuando Nauru logró la independencia en 1968, heredó el control de este recurso… y con ello, un grifo de dinero aparentemente inagotable.
En los años 70 y 80, el fosfato hizo millonario al país. Literalmente. El Estado ingresaba cientos de millones de dólares y se repartían generosamente entre sus apenas 10.000 habitantes. Los ciudadanos no pagaban impuestos, no trabajaban (el Estado contrataba a extranjeros para los pocos empleos que había), y el gobierno invertía en propiedades y negocios en el extranjero, como hoteles en Australia, líneas aéreas e incluso una productora de musicales en Londres.
Una de las anécdotas más conocidas es la del jefe de policía que, en un alarde de ostentación, compro un Lamborghini amarillo. Sin embargo, al intentar conducirlo, descubrió que no cabía en el asiento del conductor debido a su tamaño. El vehículo quedó abandonado, convirtiéndose en un símbolo de los excesos de aquella época .
La riqueza llegó demasiado rápido y sin planificación. El gobierno de Nauru malgastó enormes sumas en inversiones fallidas, mantuvo un estado sobredimensionado y permitió una corrupción endémica. El fondo soberano creado para asegurar el futuro del país fue saqueado y mal gestionado.
Peor aún: el fosfato, base de toda la economía, se agotó. O, más bien, se extrajo casi hasta dejar la isla inhabitable. A finales de los 90, Nauru ya no tenía fosfato, ni ingresos, ni inversiones que dieran beneficios. Tenía, eso sí, un paisaje lunar lleno de agujeros y una población sin empleo ni recursos.
En su decadencia, Nauru se ha visto obligada a aceptar lo que venga. En los 2000, ofreció asilo temporal a refugiados que Australia no quería acoger, a cambio de ayudas millonarias. También se convirtió en paraíso fiscal y se vinculó con escándalos de blanqueo de dinero. Más tarde, incluso vendió pasaportes a extranjeros por grandes sumas.
Hoy, la economía del país depende casi exclusivamente de la ayuda australiana y de una planta de procesamiento de fosfato ya marginal. Su población sufre altos índices de obesidad, diabetes y desempleo. La educación y la sanidad se han deteriorado, y el sueño de aquel país rico, con un cochazo en cada casa, es solo un recuerdo.
Nauru es el ejemplo extremo de lo que pasa cuando un país vive exclusivamente de una fuente de riqueza y no piensa en el mañana. Un aviso claro para cualquiera que piense que el dinero fácil es la solución a todos los problemas.