La Inteligencia Artificial ha pasado de ser un juguetito que nos servia para escribir textos imitando a chiquito de la calzada y hacer imágenes graciosas a formar parte de nuestro día a día hasta niveles muy profundos per la forma en que los usuarios interactúan con la IA cambia notablemente según la generación.

Según Altman (CEO de OpenAI), las personas mayores tienden a usar ChatGPT como si fuera Google, es decir, como una herramienta de consulta puntual, buscando respuestas rápidas o información concreta. Mientras tanto, quienes están en la veintena o treintena lo utilizan más como un «consejero vital» o incluso como una extensión de su pensamiento cotidiano. Y lo más llamativo: los estudiantes universitarios, afirma, lo están integrando como si fuera un sistema operativo personal.

Altman admite que esta es una «simplificación burda», pero no deja de ser reveladora. La generación más joven está haciendo algo más que preguntarle dudas puntuales al chatbot: lo conectan a archivos, trabajan con prompts complejos memorizados y, en muchos casos, no toman decisiones importantes sin consultarle antes. Según sus palabras, ChatGPT llega a tener el «contexto completo sobre cada persona en su vida y sobre lo que han hablado». Es decir, una especie de diario interactivo, asesor personalizado y asistente con memoria.

Este uso intensivo y cotidiano no es menor: ChatGPT ya está siendo utilizado para conversaciones personales que rozan el terreno de la terapia. Muchos jóvenes encuentran en el chatbot un espacio para ordenar sus pensamientos, explorar ideas o simplemente obtener una segunda opinión que no siempre buscan en su entorno humano más cercano.

Más allá del fenómeno sociológico, el desarrollo de funciones como la memoria —que permite que el sistema recuerde información relevante sobre cada usuario, sus gustos, rutinas o prioridades— está facilitando esa transición de herramienta puntual a acompañante digital. Así lo explica también el autor del artículo original, que reconoce usar ChatGPT para cosas tan concretas como elegir su próxima clase de Peloton, sabiendo que el sistema recuerda cuáles ha disfrutado más.

Este tipo de integración no es inocente. Supone un cambio en cómo gestionamos nuestras decisiones, incluso las más triviales, y cómo externalizamos parte del pensamiento diario. Y plantea una pregunta incómoda pero inevitable: ¿deberíamos apoyarnos en una IA para tomar decisiones de vida?

Lo cierto es que, como punto de partida, el modelo puede ser útil: resume información, presenta alternativas, ayuda a reflexionar. Pero delegar completamente en un sistema automatizado plantea riesgos, sobre todo si se convierte en la única fuente de validación. No por errores técnicos —que también pueden darse—, sino por el sesgo de depender siempre de un mismo marco, una misma lógica, una misma forma de ordenar el mundo.

Y sin embargo, el éxito creciente de ChatGPT como “life tool” refleja una necesidad real: orientación, conversación, estructura. En un mundo saturado de estímulos, muchas personas buscan respuestas no solo en los datos, sino en cómo organizarlos. En ese sentido, más que decidir por nosotros, quizás la función más útil del modelo sea simplemente ayudarnos a pensar.