Los guapos deberíamos pagar más impuestos porque la solidaridad ha de extenderse a todos los ámbitos. Varios estudios han demostrado que ser guapo no solo ayuda a ligar, sino también a encontrar trabajo antes, ser tratado con más respeto, cobrar salarios más altos y hasta recibir sentencias más leves en juicios. Son todo ventajas.
Esto nos lleva a una pregunta incómoda: si las personas con mejor aspecto físico tienen más facilidades a lo largo de su vida, ¿deberían contribuir más al sistema, igual que lo hacen quienes más ganan?
Lo que dice la ciencia: belleza = salario más alto
Numerosos estudios han demostrado que existe una prima salarial asociada al atractivo físico. Uno de los más citados es el de Daniel Hamermesh, economista de la Universidad de Texas y autor del libro Beauty Pays: Why Attractive People Are More Successful. Tras analizar décadas de datos, concluye que las personas consideradas “muy atractivas” pueden ganar entre un 10 y un 15% más que el promedio, mientras que las clasificadas como “poco agraciadas” ganan menos que la media.
Este efecto se ha observado en todo tipo de empleos, tanto en trabajos de cara al público como en puestos donde el atractivo no parece tener ninguna relación directa con las tareas. El sesgo es tan potente que, en entrevistas laborales, las personas guapas reciben más ofertas incluso cuando sus méritos objetivos (formación, experiencia) son iguales o inferiores.
Más oportunidades, menos esfuerzo
No se trata solo del sueldo. Otro estudio publicado en Research in Social Stratification and Mobility analizó cómo el atractivo influía en las notas escolares, entrevistas universitarias y primeras experiencias laborales. Los investigadores encontraron que los estudiantes más guapos no solo tenían más probabilidades de entrar en buenas universidades, sino que también eran percibidos como “más competentes”, aunque su rendimiento fuera similar al de sus compañeros.
Este sesgo estético se extiende incluso al sistema judicial. Una investigación de la Universidad de Cornell mostró que las personas consideradas atractivas tienen más posibilidades de recibir sentencias más suaves. En otras palabras: el físico no solo abre puertas, también ablanda castigos.
Belleza y meritocracia: ¿una contradicción?
Vivimos en sociedades que se definen como meritocráticas, donde se supone que cada uno llega tan lejos como su esfuerzo y talento lo permiten. Pero si tener una cara simétrica o unos ojos expresivos te facilita el camino, ¿no estamos ignorando una desigualdad invisible?
El debate no es del todo nuevo. En filosofía política se ha hablado durante años de la “suerte moral”: los beneficios o perjuicios que uno recibe por circunstancias que no elige (como el lugar de nacimiento o el físico). Algunos autores, como John Rawls, defendían que la justicia social debía compensar ese tipo de ventajas arbitrarias.
¿Y si en lugar de hablar de justicia solo en términos de dinero, empezamos a considerar también estas ventajas intangibles?
¿Y cómo se calcularía un impuesto por guapura?
Vale, aquí es donde la cosa se pone complicada. Un impuesto sobre la belleza sería, en la práctica, imposible de aplicar. ¿Quién decidiría quién es guapo y quién no? ¿Habría inspectores del buen ver? ¿Un algoritmo entrenado con selfies?
Obviamente, nadie está planteando seriamente que Hacienda evalúe tu atractivo con una app. Pero lo que sí se puede discutir es cómo el sistema fiscal puede corregir desigualdades que van más allá del sueldo o el patrimonio. Ya se hace con políticas activas de empleo, becas o ayudas para personas con dificultades. ¿Por qué no pensar en cómo mitigar también los privilegios estéticos, aunque sea desde otros frentes?
El privilegio de pasar desapercibido
En el otro extremo, las personas con discapacidades físicas, cicatrices visibles, o simplemente un físico que no encaja en los cánones estéticos dominantes, tienen que superar más obstáculos. Algunos estudios, como uno de la Universidad de Rice (Texas), han documentado que los candidatos con marcas faciales visibles reciben menos ofertas de empleo, incluso con currículums idénticos a los de sus competidores.
Estas diferencias rara vez se verbalizan, pero operan en el día a día. Y si aceptamos que el sistema tiene que ser redistributivo para corregir ciertas desigualdades de partida, quizá debamos empezar a mirar más allá del saldo en la cuenta corriente.
