Trump no oculta su incomodidad con la Reserva Federal. Ya lo había dejado claro durante su mandato y ahora, con la vista puesta en las elecciones de 2024, vuelve a la carga. Su propuesta, aunque todavía vaga y sin forma concreta, apunta a un objetivo claro: debilitar la independencia del banco central estadounidense.

La sola idea de que la Casa Blanca pueda meter mano en las decisiones de política monetaria genera escalofríos entre inversores y analistas. No es para menos. Desde hace más de un siglo, el modelo de banco central autónomo ha sido una pieza clave para la estabilidad financiera de Estados Unidos. Y por arrastre, también del sistema económico global.

Una vieja tentación presidencial

La presión política sobre los bancos centrales no es nueva. Desde Nixon hasta Reagan, pasando por Clinton o Bush, todos los presidentes han tenido roces, públicos o discretos, con la Fed. La diferencia con Trump es que no hay matices: quiere controlar directamente la institución.

En redes sociales y declaraciones improvisadas, el expresidente ha arremetido sin filtros contra Jerome Powell, actual presidente de la Reserva Federal (nombrado por él mismo en 2017). Lo ha llamado “perdedor”, ha sugerido que debería ser despedido de inmediato y ha insinuado que tiene el poder para hacerlo. En realidad, la ley no le da esa facultad directa, pero hay caminos legales —o presiones políticas— que podrían poner a prueba ese límite.

El problema no es solo de formas. Trump insiste en que los tipos de interés deberían bajar ya. Lo ha dicho en su red Truth Social con su estilo habitual, reclamando a Powell que actúe “ahora mismo”. Para alguien con un historial empresarial ligado al ladrillo, los tipos bajos son oxígeno. Pero para la economía en su conjunto, pueden convertirse en una trampa si se aplican a destiempo.

¿Qué pasa si el banco central pierde su independencia?

La historia económica reciente está llena de ejemplos sobre cómo la politización de la política monetaria acaba mal. Argentina, Turquía o incluso Italia en el siglo XX han sufrido inflación descontrolada y pérdida de confianza por tener bancos centrales subordinados al poder político.

La Reserva Federal, por el contrario, fue diseñada para evitar esos vaivenes. Su mandato dual —controlar la inflación y promover el empleo— le da margen para actuar de forma técnica, aunque impopular. Por ejemplo, subir los tipos de interés cuando la economía aún crece, si detecta señales de sobrecalentamiento. O mantenerlos altos para frenar una inflación persistente, como ha ocurrido en los últimos dos años.

Un estudio del Fondo Monetario Internacional lo confirma: los bancos centrales más independientes suelen controlar mejor la inflación y evitar crisis más graves. Por eso, desde los años 90, la tendencia global ha sido blindar sus decisiones frente a presiones del Ejecutivo.

No es solo Trump: el plan está en marcha

Trump no está solo en este pulso. Grupos conservadores como The Heritage Foundation han lanzado el “Proyecto 2025”, un documento que propone reformar de raíz la Reserva Federal. Entre las ideas más llamativas: eliminar su objetivo de reducir el desempleo, limitar su capacidad de actuar como prestamista de última instancia y devolver al Congreso el poder de definir sus objetivos.

Algunos expertos ven en este movimiento una amenaza seria a la arquitectura económica de EE. UU. El miedo a una Fed sometida a los vaivenes de Washington podría disparar la inflación, debilitar al dólar y encarecer la deuda pública. Y no hace falta que Trump gane las elecciones para que empiece a notarse: solo con que lo parezca, los mercados reaccionan.

En las últimas semanas, el oro ha tocado máximos históricos, el rendimiento de los bonos del Tesoro ha subido y el dólar ha perdido fuerza. Todos ellos, indicadores que suelen encenderse cuando los inversores detectan incertidumbre institucional o riesgo político.

¿Un futuro con la Fed bajo el mando presidencial?

El verdadero peligro no está en una frase suelta o en una crítica aislada, sino en la intención de fondo: redibujar los equilibrios institucionales que han sostenido la economía más grande del mundo durante más de un siglo. Si el presidente puede decidir la política monetaria, entonces la Fed deja de ser un contrapeso técnico y se convierte en un brazo más del poder ejecutivo.

¿Puede Trump lograrlo? Legalmente, no sin pasar por el Congreso. Pero si el clima político y judicial le es favorable, podría erosionar poco a poco la autonomía del banco central, usando la presión pública, el reemplazo de sus miembros y el apoyo de la Corte Suprema.

En 2026 vence el mandato de Jerome Powell. Si Trump vuelve a la Casa Blanca, podrá nombrar a su sucesor. La pregunta es: ¿nombrará a un economista con criterio independiente o a alguien dispuesto a seguir sus órdenes?