El enfado que ha generado en Europa la actitud del expresidente estadounidense Donald Trump no se está quedando en el plano político o diplomático. Se está colando en los carritos de la compra, en las decisiones cotidianas de consumo y en una creciente ola de rechazo a los productos made in USA que parece extenderse con rapidez en varios países europeos.

Desde que Trump volvió a sacudir el tablero internacional con amenazas de imponer aranceles a la Unión Europea, retirar el apoyo militar y hasta fantasear con apropiarse de territorios como Groenlandia, muchos ciudadanos europeos han empezado a actuar donde sienten que tienen poder: en su cartera.

La desafección hacia Estados Unidos no es anecdótica. Una encuesta de YouGov publicada a principios de marzo muestra que en ningún país europeo más de la mitad de la población mantiene hoy una imagen positiva de EE. UU. El cambio más radical se ha producido en Dinamarca, donde la propuesta de Trump de «comprar» Groenlandia encendió una mezcla de indignación y estupor nacional.

Esa tensión ha cristalizado en iniciativas ciudadanas como el grupo danés “Boykot varer fra USA” (“Boicot a productos de EE. UU.”), creado el 3 de febrero, que ya reúne a más de 92.000 personas. Entre sus administradores está Bo Albertus, director de un colegio, que explica que dejó de consumir comida rápida estadounidense y canceló todas sus suscripciones a plataformas de streaming de origen estadounidense. “No quiero seguir financiando lo que representa”, dice.

Un sondeo realizado por Megafon para la cadena TV 2 refuerza esa sensación: casi la mitad de los daneses afirma haber evitado deliberadamente productos estadounidenses desde que Trump volvió al primer plano.

Suecia vive un fenómeno similar. Allí, el grupo “Bojkotta varor från USA” ha logrado un crecimiento acelerado y su fundadora, la profesora Jannike Kohinoor, explica su motivación de forma clara: “Estábamos furiosos. Trump insinuó que Zelenski tenía la culpa de la guerra. Crear el grupo fue nuestra manera de no quedarnos de brazos cruzados”.

Una encuesta de la consultora Verian para la televisión pública SVT señala que el 70% de los suecos ha evitado —o está considerando evitar— productos estadounidenses por motivos políticos. Uno de cada diez ya lo hace de forma total, y un 19% ha dejado de comprar ciertos productos concretos.

La respuesta no se ha hecho esperar en el comercio. El grupo Salling, que gestiona las cadenas Bilka, Fotex y Netto en Dinamarca, ha comenzado a etiquetar en sus estanterías qué productos pertenecen a compañías europeas, a petición expresa de sus clientes. “Es un cambio que viene desde la base”, explicó su CEO Anders Hagh en LinkedIn.

Aunque los analistas creen que el impacto en las cifras de ventas aún tardará en verse, algunas marcas ya están sintiendo la presión. Tesla es una de ellas. La imagen pública de Elon Musk, entre salidas de tono y su controvertida entrada en debates políticos europeos, ha pasado factura a la automotriz. En Alemania, sus ventas cayeron un 76% el mes pasado. En el conjunto del continente, las caídas fueron del 45% en enero y del 40% en febrero.

El rechazo ha llegado incluso a las calles, con protestas anti-Tesla organizadas en ciudades como Londres o Berlín, donde los manifestantes denuncian lo que consideran una intromisión inaceptable de Musk en la política europea.

Algunas empresas también se han sumado al movimiento. La francesa Groupe Roy Energie, que había comprado entre cinco y quince Teslas al año desde 2021, canceló su último pedido de 15 vehículos para apostar por marcas europeas, aunque fueran más caras. “Europa debe reaccionar”, dijo su director, Romain Roy, a la emisora Sud Radio.

En Noruega, la empresa de combustible Haltbakk Bunkers fue más allá y anunció que dejaría de suministrar carburante a barcos estadounidenses tras el último desencuentro diplomático entre Trump y Zelenski. Aunque el gobierno noruego se apresuró a desautorizar la medida, el mensaje ya estaba dado: el malestar trasciende gobiernos.

Puede que estas acciones no tengan un efecto inmediato en la economía estadounidense. Pero en las decisiones diarias de compra de miles de europeos, se empieza a vislumbrar un cambio profundo, casi emocional, que marca una distancia con lo que representa hoy Estados Unidos en buena parte del Viejo Continente.