Durante su primer mandato, Donald Trump mantuvo una relación obsesiva con el mercado. Medía el éxito de su gobierno en función de cómo subía el S&P 500 o el Nasdaq, hasta el punto de felicitarse a sí mismo en sus mítines cada vez que la bolsa marcaba un nuevo récord. Ahora, en su segundo mandato, la narrativa ha cambiado de forma drástica.

Trump y su secretario del Tesoro, Scott Bessent, están liderando una estrategia de «desintoxicación» económica, según palabras del propio Bessent. “El mercado y la economía se han vuelto adictos a un excesivo gasto gubernamental y vamos a pasar por un periodo de desintoxicación”, declaró el pasado fin de semana. La frase ha sido calificada de “bomba” por los analistas. Y no es para menos. Que el máximo responsable de la política fiscal estadounidense sugiera de forma tan explícita que se va a retirar el soporte al mercado ha puesto en alerta a inversores de todo el mundo.

La estrategia que siguen recuerda más a una cura de caballo que a los estímulos tradicionales que cabría esperar en una economía todavía frágil. Pero Trump parece decidido a resistir la tentación de apuntalar a Wall Street. Él mismo sorprendió hace unos días al declarar que “hay que dejar de pensar trimestre a trimestre y empezar a pensar como China, a 100 años vista”. Incluso no descartó públicamente una recesión, un gesto insólito para un presidente que en el pasado negaba cualquier posibilidad de debilidad económica.

La lógica detrás del riesgo

¿Por qué alguien que aspira a un legado de éxito aceptaría de buen grado un colapso bursátil? La respuesta está en una lectura pragmática del ciclo económico y del estado actual del mercado. Wall Street se encuentra en una de las valoraciones más altas de la historia, según coinciden múltiples estudios. Con el ratio precio-beneficio (PER) de las grandes tecnológicas disparado y la deuda corporativa en niveles de récord, la administración Trump en lugar de intentar prolongar una burbuja sin margen de recorrido, prefieren provocar ahora una corrección controlada que evite un colapso incontrolado en el futuro. La idea es sencilla: si se pincha el globo de forma ordenada, se pueden evitar los estragos de una explosión caótica más adelante.

Esta es una estrategia arriesgada. Si la desintoxicación se gestiona mal, el coste podría ser una recesión profunda. Pero Trump y Bessent confían en que el largo plazo justifique el sacrificio actual. Estados Unidos tendría así la oportunidad de reconstruir una economía menos dependiente del gasto público y de los estímulos monetarios, más sólida y competitiva a largo plazo.

De momento, los mercados han comenzado a descontar el nuevo enfoque con caídas generalizadas. Pero los movimientos de la administración Trump sugieren que esto es solo el principio de un plan cuidadosamente orquestado.