El año pasado, una cuenta de Twitter, @CelebrityJets, sacó a relucir un hecho alarmante sobre el uso de jets privados por parte de los ultra-ricos: muchos de ellos utilizan estos costosos juguetes aéreos para viajes cortos, de apenas diez o quince minutos, similar a como la persona promedio podría usar un taxi o un autobús. Pocas cosas simbolizan mejor el derroche y el exceso que los jets privados, aparte de los súper yates.

Uno de los problemas más destacables de estos vuelos cortos es la enorme huella de carbono que generan. Por ejemplo, un solo vuelo de quince minutos emite el equivalente a un cuarto de lo que una persona promedio emite en un año entero. Todo esto para recorrer una distancia que generalmente se puede subir en coche en solo un cuarto de hora.

Aunque los vuelos de celebridades acaparan la mayoría de las críticas del público, muchos viajes similares realizados por personas adineradas menos conocidas y políticos que pasan desapercibidos. Aun así, estos viajes individuales son solo una parte del problema y no reflejan su magnitud real.

En el año 2000, se estimaba que existían alrededor de diez mil jets privados en el mundo. Sin embargo, en las últimas dos décadas, la flota global ha aumentado en un 133% a más de veintitrés mil. El número total de vuelos también ha aumentado de manera impresionante. Antes de 2020, el récord para vuelos privados en el siglo XXI fue de 4.8 millones en 2007. El año pasado, la cifra llegó a los asombrosos 5.3 millones, con un crecimiento del volumen de vuelos de aproximadamente el 20% tras el inicio de la pandemia.

La aviación global es responsable de aproximadamente el 3.5% de las emisiones que impulsan el cambio climático, y los jets privados representan solo el 4% de este total, según un estudio basado en datos previos a 2020. No obstante un avión comercial suele transportar a cientos de pasajeros, lo que significa que los ricos jetsetters «son responsables de una cantidad desproporcionada de emisiones de carbono provenientes del transporte aéreo». Dicho de otra manera, los que nos dicen por activa y por pasiva que estamos en una emergencia climática y quieren que contaminemos menos, cada vez usan más sus aviones.

Por ejemplo, Harrison Ford un firme activista contra el cambio climático sigue manteniendo  una impresionante colección de aviones.

Otro ejemplo, Elon Musk, utiliza uno de sus cuatro aviones privados aproximadamente cada dos días. Solo en 2022, esta frecuencia generó unas 2,112 toneladas de dióxido de carbono, lo que equivale a 132 veces la huella de carbono promedio de un estadounidense.

Además, la mayoría de los jets privados utilizan aeropuertos comerciales y vuelan a través del mismo espacio aéreo. Esto significa que, en efecto, el público está subsidiando los viajes aéreos de lujo.

La respuesta política  debería ser evidente, si tan preocupados estamos por el cambio climático y por las desigualdades, un aumento en el impuesto a la venta de los aviones privados ya adquiridos así como a los recién comprados además de un incremento en los impuestos especiales para su combustible.

Por razones tanto morales como medioambientales, estos vuelos merecen ser gravados de manera significativa. Los miles de millones en nuevos ingresos que se recaudarían podrían destinarse a una serie de fines socialmente constructivos y reducirían inmediatamente las emisiones globales de carbono. Eso y prohibir discursos sobre el cambio climático a cualquiera que utilice un jet privado, que en época de pandemia todos aprendimos muy bien a utilizar la videoconferencia.