Hoy os traigo una buena noticia y una mala.

La buena es que en lo que llevamos de año la desigualdad económica se ha reducido drásticamente.

La mala es que eso no sirve para nada, incluso estamos peor que antes.

En la tabla de arriba veis el índice Bloomberg de billonarios y en la última columna está el cambio en su fortuna en lo que llevamos de año. Entre los tres más ricos del mundo han perdido casi 190.000 millones de dólares. Incluso nuestro Amancio Ortega ha bajado hasta el puesto 25 al perder un tercio de su fortuna y ahora «solo» tiene 46.000 millones de dólares. Peor le ha ido a Mark Zuckerberg que ha perdido casi la mitad de su fortuna en menos de medio año.

Y repito. Que ellos hayan perdido tanto no nos ha hecho a nosotros ganar nada.

Nunca los ricos han sido tan ricos como ahora pero nunca los pobres habían sido tan ricos como ahora. De esto habló droblo por aquí hace años.

Esto no ha pasado porque seamos más bondadosos que hace medio siglo, por poner una fecha, sino por dos motivos: la globalización que ha ayudado a muchos países a reducir su miseria (China es el caso más evidente pero hay muchos más) y la ciencia (avances tecnológicos y médicos) que ha mejorado desde cosechas a la calidad de vida de la gente. Una prueba de que los humanos no somos mejores es que la desigualdad como problema se ha puesto de moda sólo porque ha empezado a aumentar en el mundo desarrollado, en el que nos afecta… cuando no es ahí donde radica la gravedad de este asunto.

Por eso es cuando menos llamativo que por ejemplo en España, que nacemos con sanidad y educación universal y con servicios asistenciales que nos impiden pasar hambre, pongamos el grito en el cielo por la fortuna de los ricos cuando somos unos privilegiados de nacimiento en comparación a millones y millones de seres humanos. Los que exigen que los que tienen mucho –según nuestra perspectiva- deben repartirlo entre nosotros deben tener en cuenta que los españoles tenemos mucho desde la perspectiva de la mayoría de los habitantes de este planeta, ¿estamos dispuestos a dejar de tomar refrescos para que las chabolas de Nairobi tengan alcantarillado? La mayoría responderá que no. Y no entro en si es bueno o malo, simplemente es como somos. Pero entonces, si no sacrificamos nuestros caprichos por quien más lo necesita, ¿Con qué derecho criticamos que los demás no lo hagan?

En España todos conocemos casos de hermanos que con las mismas oportunidades han tomado caminos diferentes: uno ha estudiado y trabajado y tiene mucho más patrimonio que el que no. Esa desigualdad no es mala. No debemos luchar por la igualdad –en patrimonio- de las personas de 50 años, eso es injusto para el que ha demostrado más talento y laboriosidad que otro, debemos aspirar a que todos los seres humanos tengan las mismas oportunidades desde su niñez y luego allá cada uno. Es una labor titánica y utópica porque es evidente que el hijo de un rico tendrá mayores facilidades que el hijo de un obrero y aún así, es posible en este país llegar a la cúspide desde abajo. En Etiopía seguramente no, por eso es absurdo mezclar países cuando se habla de desigualdad como hizo hace poco Oxfam ya que lo que entendemos como pobre en España es un rico en Etiopía.

El gran problema de la desigualdad es que no todos los humanos tenemos las mismas oportunidades de nacimiento y eso es por lo que hay que luchar porque además es tremendamente injusto para el neonato que no tiene ninguna culpa de nacer en Bangladesh en lugar de en Suiza. El que alguien en España gane –o tenga- mucho más dinero que nosotros no es un problema económico y ni siquiera social porque el que un millonario acumule mucho capital no hace más pobre a nadie, es sólo una cuestión de envidia (y además, mal enfocada porque se centra en empresarios y no en cantantes o deportistas). Sin embargo, el que millones de personas en el mundo no tengan opciones para desarrollar sus talentos por falta de medios educativos y sanitarios, ese sí es un problema económico y social muy grave. Esa es la desigualdad contra la que hay que luchar, la que impide ofrecer a todos –a todos los humanos- las mismas oportunidades desde la niñez.