La pandemia está acelerando la digitalización de muchos productos y servicios y como no podía ser menos, el dinero no se escapa de esta tendencia. Llevamos muchos años tendiendo a la economía sin dinero y viendo como nacen muchas criptodivisas que cada vez más gente ve con buenos ojos, así que en ese entorno era cuestión de tiempo que los bancos centrales se lanzasen al dinero digital.

No obstante, el efectivo sigue siendo actualmente la forma más común de hacer pequeños pagos al por menor, representando el 73% de todos los pagos físicos al por menor en la zona del euro en 2019 aunque el pago digital se ha convertido en el favorito para muchos.

Una disminución en el uso del dinero en efectivo haría que las personas y las empresas de la zona euro dependieran de otras formas de pago privadas, una tendencia que podría tener consecuencias graves y de gran alcance si no se controla.

Hoy en día hay muchas soluciones de pago digital disponibles para cualquiera que desee comprar o vender, desde transferencias en línea a través de bancos comerciales hasta transacciones a través de servicios de terceros como PayPal o Bizum, pasando por criptodivisas como bitcoin, que permiten transacciones de pago digital anónimas y no rastreables.

Pero esta variedad de elección es problemática para los bancos centrales por varias razones.

Por una parte una reducción drástica del uso de dinero físico causaría problemas a los «no bancarizados» de la zona euro, a los grupos vulnerables de la sociedad que dependen del uso de dinero físico, o a los que no están familiarizados con la tecnología o prefieren no utilizarla.

Además, los costes de mantenimiento de la infraestructura del efectivo en relación con el número de transacciones en efectivo podrían aumentar más allá de los límites aceptables y podrían acelerar la disminución de la disponibilidad y la aceptación de efectivo. Dicho de otra manera, si la gente dejara de utilizar el efectivo, podría resultar demasiado caro imprimirlo y distribuirlo.

Y en este entorno, los bancos centrales se han quedado atrás viendo como la iniciativa privada les adelanta en algo en lo que parecía que tenían monopolio y la competencia que viene tiene muy mala pinta, como por ejemplo Libra, el sistema de pago que se está desarrollando en Facebook y que pretende que lo utilicen sus más de 2.000 millones de usuarios en todo el mundo. Si los ciudadanos de la eurozona cambiaran en masa hacia monedas virtuales que operan fuera del alcance del BCE, podría obstaculizar la eficacia de sus medidas de política monetaria. Podría darse el caso de que una empresa privada tuviese más influencia monetaria que el Banco Central.

Así que en este entorno, Lagarde y su equipo se han puesto las pilas para desarrollar el Euro Digital.

¿Qué es un euro digital?

Un euro digital sería una versión electrónica de los billetes y monedas de euro, siendo de curso legal y garantizado por el Banco Central Europeo. También permitiría por primera vez a los individuos tener depósitos directamente con el BCE. Al igual que el dinero en efectivo, el dinero podría ser almacenado fuera del sistema bancario, como en una «billetera digital».

Permitiría a los ciudadanos y a las empresas hacer sus pagos diarios «de una manera rápida, fácil y segura, un euro digital «complementaría el dinero en efectivo, no lo reemplazaría», subrayó el BCE.

La emisión y transferencia de euros digitales podría hacerse utilizando la tecnología de libro mayor distribuido conocida como blockchain en la que se basan las criptodivisas como Bitcoin.

Si esto fuese tan bueno como lo pintan podría surgir un problema gordo y es que los ciudadanos se fiasen más del euro digital que de los bancos, lo que provocaría una estampida bancaria que dejaría a los bancos secos. Para evitarlo, el BCE podría proponer limitar el número de euros digitales que cada ciudadano podría poseer o intercambiar.

El banco central pretende decidir a mediados de 2021 si lanza o no el proyecto y probablemente su implementación dure entre dos y cuatro años.