El gobierno colonial británico en la India tenía un problema y es que las cobras mataban a mucha gente en Nueva Delhi así que decidió tomar cartas en el asunto y esperando acabar con el problema, estableció una ley un por la que se pagaban 45 rupias a todo aquel que llevase una cobra muerta a las autoridades.

El problema llegó con que los británicos no contaban con el ingenio de los hindúes, que acostumbrados a las cobras, los nativos pronto comenzaron a reproducir estas serpientes dado que por las crías muertas les pagaban bastante más rupias que el costo de reproducirlas.

Cuando los ingleses se dieron cuenta de que el programa de recompensas no funcionaba, cancelaron los pagos y a la población de cobras cautivas, que ahora no valía nada, la dejaron libre. Nueva Delhi terminó ahogada en un alud ofídico bastante más grave que el que tenía antes de la “solución”.

El mismo error, unos años después, se repitió en la ciudad de Hanói. En este caso, los franceses pagaban por la cola de las ratas, por lo que los nativos se limitaron a criarlas, cortar sus colas y liberarlas. Sobra decir que la población de ratas se incrementó… y en particular la de ratas sin cola.

Desde entonces cuando una medida termina por tener un resultado diametralmente opuesto a lo que originalmente se deseaba se le conoce como “efecto cobra” y hay muchos ejemplos.

A finales de la década de 1980 en la Ciudad de México, que en ese momento sufría de una extrema contaminación atmosférica  causada por los coches que conducían sus 18 millones de residentes. El gobierno de la ciudad respondió con el “Hoy No Circula”, una ley diseñada para reducir la contaminación automovilística prohibiendo conducir al 20% de los coches (determinado por los últimos dígitos de las matrículas) en las carreteras  cuando la contaminación del aire superaba ciertos límites. Curiosamente, esta medida no mejoró la calidad del aire en la Ciudad de México. De hecho, la empeoró.

Algunas personas compartían el coche o cogían el transporte público, que era la intención real de la ley. Otros, sin embargo, iban en taxi, y el taxi promedio en ese momento producía más contaminación que el automóvil promedio, aunque ese no fue el problema más gordo. Otro grupo de personas (muchas) decidió evitarse problemas comprando otro coche (mirando bien la matrícula) para conducirlo el día de la semana que le prohibían sacar el otro coche. ¿Y qué tipo de coches compraron? Obviamente, el más barato que pudieron encontrar, vehículos antiguos y muy contaminantes.

Como veis a la hora de definir cualquier política social o económica hay que tener en cuenta la picaresca que la mayoría tienen para sacar provecho de ella, en el caso del ingreso mínimo vital puede ser un nido de cobras si no se vigila bien y de hecho el Banco de España ha alertado de ello.