David Osterfeld en su libro de 1992 “Prosperity versus planning” (que yo sepa no ha sido traducido) plantea un ejemplo que pretende demostrar porque el colectivismo no funciona. Más o menos se explica así:

“Partamos de una comuna de 1.000 personas que producen 100.000 fanegas de trigo al año, a razón de 100 por trabajador. Las venden a un precio de 5 dólares cada una, por lo que cada trabajador se llevaría 500 dólares al año. Uno de ellos, más trabajador, consigue llegar hasta las 150 fanegas. Al final del ejercicio se producirán 100.050 fanegas lo que, dividido entre los 1.000 trabajadores, arroja una cifra de 500,25 dólares para cada uno. En definitiva, Pedro ha aumentado su trabajo en un 50% y saca un rédito del 0,05%. Los otros 999 también se beneficiaron en un 0,05 por ciento, aunque en su caso sin aportar una fanega más a la producción común. El más trabajador carga con todos los costes de su mayor esfuerzo y el resultado se reparte entre todos. Sin embargo otro, algo menos trabajador o más “listo” ha entendido cómo funciona el sistema y decide trabajar la mitad. Ahora se producirán 99.950 fanegas, que reducen las ventas a 499.750 dólares, o 499,75 por persona. Este segundo trabaja la mitad y sólo pierde un 0,05 por ciento. Mientras que él sólo se lleva un gran beneficio al trabajar mucho menos, los costes de la menor producción se reparten entre toda la sociedad.”

Esto, que desincentiva al más laborioso y fomenta al aprovechado, además es algo real, que ha pasado por ejemplo en la China comunista cuya producción agrícola –basada en propiedades comunales- no conseguía alimentar a toda la población mientras que, cuando llegaron las reformas e introdujeron la propiedad privada de tierras, llegaron los excedentes. Y es que cualquiera sabe que la mayoría cuida más el tiesto de su terraza que el jardín público. Esto es muy básico, y por eso el colectivismo debería haber sido superado en economía aunque una y otra vez haya quien insista en ello. Pero esto choca con el contexto de la actual pandemia, por ejemplo a lo que pasa con las mascarillas. Básicamente son un instrumento incómodo que sirve, sobre todo, para que el que la use no contagie a los demás. Si todos lleváramos mascarillas siempre, la cifra de contagios se reduciría enormemente. De hecho creo que una vez acabado el colapso hospitalario, el confinamiento generalizado no tiene sentido alguno y podría ser sustituido por la obligatoriedad de portar –correctamente, no de “bufanda” como la llevan algunos- mascarillas siempre. Pero como somos individualistas, y eso es algo que no podemos negar, muchos que se notan sanos y a los que les molesta usar mascarilla, no la llevan.

Este individualismo nuestro, tan efectivo en la economía, está resultando un obstáculo para salir de esta pandemia ya que debemos ser más “colectivistas” porque de poco valen las decisiones individuales respecto a las del colectivo. Soy el primero al que le molesta ser tratado como ganado y que me digan lo que tengo que hacer y a qué horas pero tan modernos que somos, resulta que no sabemos luchar contra un virus de otra manera que huyendo de él, como de la gripe de 1918… o de la peste medieval. Y aunque a mí me quedan muchas dudas sobre si el método elegido es el correcto, lo cierto es que debo asumirlo y hacer lo que la mayoría porque la lucha contra los contagios se basa en que todos nos comportemos del mismo modo. Esto, que a mi me parece fatal en cualquier aspecto de la vida, he tenido que interiorizarlo y aplicármelo. Y cuesta tanto que no me extraña que muchos se hayan convertido en “la policía del balcón” y critiquen tanto a los demás si bien hay casos contradictorios como los que critican que haya demasiada gente en un paseo marítimo y lo sabe… porque él también está allí. En cualquier caso, creo que queda claro que lo que puede ser bueno para nuestro progreso económico puede ser contraproducente para parar una pandemia, y nos toca ser uno más del rebaño en beneficio de todos. Por más que nos cueste.

Cambiando de tema, hace unos días unos personajes famosos firmaron un manifiesto para que aprovecháramos esta crisis para concienciarnos de consumir menos lo que me parece una magnífica idea. ¿El problema? Que la mayoría de los firmantes han dejado más huella ecológica en su vida de millonarios que cualquiera de los que puedan sentirse identificados con ese mensaje. Almodóvar, Bardem o Madonna, tres de los firmantes, ¿se arrepienten ahora del consumismo de los que han pagado la entrada del cine o del concierto que les ha permitido un nivel de bienestar como el que disfrutan? Son unos hipócritas, es muy fácil recomendar un cambio de hábitos al mundo mientras uno tiene varias casas, se pasa el día viajando en avión para dar recitales, trabajar en rodajes o asistir a galas… Todo se resume en la gran frase de Orwell: “todos somos iguales pero algunos somos más iguales que otros” o en la sabiduría popular: “No desees para otros lo que no quieras para ti”. Y es que yo soy el primero que abomino de tanto consumismo sin sentido (y además suelo practicar con el ejemplo ya que suelo ser muy austero) pero soy consciente que nadie sabe cómo vamos a volver al nivel de empleo de febrero sin consumo y ahora mismo ese debe ser el primer objetivo económico, nos guste o no.

El mercado bursátil europeo el lunes hizo un movimiento muy feo: empezó subiendo gracias al empuje de los futuros de Wall Street y a lo largo de la sesión se desinfló y acabó con bajadas. Para colmo el martes empezó a flaquear también Wall Street debido a que Trump volvió a agitar los fantasmas de la guerra comercial arancelaria con China, algo del todo inoportuno en estos momentos de grave crisis económica pero de lo que imagino él cree que sacará réditos electoral. El caso es que, una semana más, se comporta mejor WS gracias sobre todo a sus tecnológicas (¿cuántas veces habremos contado lo mismo?) que de los índices de aquí pero, como comentaba el viernes pasado, sigue habiendo un ambiente poco proclive para la inversión. Por otra parte, el petróleo parece estabilizarse y esta reducción de la volatilidad podría ser un síntoma de que, al menos, ya se vieron los mínimos porque ya no hay tanto pánico. Y como imagen, una de un décimo aniversario cumplido esta semana: el famoso “recortazo” de ZP que hoy muchos en su partido querrían olvidar (especialmente el actual presidente que entonces era diputado nacional y votó a favor de todas las medidas) y que, como subraya esta portada del día siguiente, afectó sobre todo a funcionarios y pensionistas. ¿Se repetirá la historia?

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