Años llevan algunos avisando del enorme riesgo que supone para la economía global y los mercados financieros la desaceleración del crecimiento chino. Ahora ocurre algo que sí, que deja pocas dudas que va a restar crecimiento al PIB chino… y no pasa nada.

Y que conste que desde el primer momento yo ya advertí aquí que el coronavirus iba a tener un efecto breve y, a pesar del alarmismo en los medios, como pandemia mundial está resultando un bluff… pero es evidente que las consecuencias económicas en China son importantes. Y China es la fábrica del mundo. Pero en las bolsas no pasa nada: si bien parece que la semana acabará algo menos eufórica, este miércoles se han visto nuevos máximos históricos en Wall Street y Alemania y de mucho tiempo en otros índices como el Ibex. Incluso cuando algunas multinacionales avisan de falta de suministros que habitualmente proceden de China… sus acciones siguen subiendo. Esto (y los bonos a 10 años de Grecia por debajo del 1%) son quizás la mejor y más clara prueba, al menos de los últimos tiempos, de la complacencia general que viven los mercados.

Los índices suben, la deuda se incrementa pero se coloca cada vez a menor rentabilidad, incluso la deuda de los peores emisores está en mínimos históricos. Da igual que grandes ciudades chinas se paralicen, que el turismo se esté resintiendo, que los datos de producción industrial en la Eurozona de finales del año pasado hayan salido horribles, que el Bréxit –ese que tantas nefastas consecuencias iba a provocar- haya empezado, que Trump en campaña electoral no vaya a dudar en generar conflictos comerciales que le hagan parecer ante los nacionalistas de su país como un líder más fuerte, que el sector del automóvil (tan importante en el PIB y el empleo de tantos países, incluido España) siga en crisis –y lo que le queda- con ventas en descenso debido a la ignorancia actual sobre su modelo energético futuro y las zancadillas que ponen las administraciones… ¿Y qué decir del precio de las acciones? Este año suben hasta las que pierden dinero a mansalva como Deutsche Bank.

Por supuesto también hay datos positivos, de hecho todo lo que está pasando encaja en mi esquema para este año: desaceleración pero menor de la temida y un año positivo –que no eufórico- en bolsa (que seguramente siga subiendo sin grandes correcciones al menos hasta mayo) y sin embargo es evidente que no hay motivos reales a día de hoy para tanto optimismo. Miremos por ejemplo el caso español: el déficit deja de reducirse, el empleo ha empezado el año fatal (empiezo a dudar incluso que este año pueda caer algo nuestra elevada tasa de paro) y ninguna de las medidas tomadas por el nuevo gobierno son positivas para ninguno de estos dos problemas ya que anuncian más gastos y más dificultades para las contrataciones. A eso hay que añadir que nuestro principal problema financiero, la quiebra técnica de la Seguridad Social, sigue sin afrontarse. Y claro, nuestras grandes armas, que llevamos explotando desde 2013, que son la exportación y el turismo ya marcaron máximos el año pasado y es muy dudoso que puedan mejorar en 2020, más con el factor Bréxit y coronavirus ahí, que por muy leves que sean sus incidencias, seguro algo afectan.

Es cierto que lo ocurrido en los mercados financieros hasta ahora este año puede ayudar especialmente a la economía eurozonera ya que un Euro más débil nos ayudará a exportar más en el exterior y un petróleo más barato reducirá el coste de nuestras importaciones pero la incidencia de estos factores positivos, que nadie sabe si son puntuales, es muy limitada. Y el riesgo de un Bréxit duro sigue existiendo, y hay crisis políticas en Italia y últimamente incluso en Alemania donde ha dimitido la sucesora de Merkel dejando un vacío de poder en el país más estable políticamente de Europa (gobernado desde 2005 por la misma persona), sin olvidar nuestra propia situación nacional con elecciones vascas y gallegas en menos de dos meses –y las catalanas que no tardarán demasiado- que volverán a enrarecer el ambiente y pueden hacer peligrar actuales acuerdos entre partidos que de repente vuelven a ser rivales.

En resumen, que estoy contento de haber acertado que el coronavirus no iba a suponer la pandemia mundial que algunos medios machacones llevan anunciando, incluso que no cambie la tendencia bursátil, pero tampoco creo que tenga sentido que un hecho claramente negativo deba ser excusa para seguir alimentando –aún más- esta exuberancia irracional -alimentada por el enorme exceso de liquidez- que está hinchando la burbuja del “cuanto peor, mejor”: si crecemos menos, si hay menos comercio, incluso si bajan un poco las bolsas… no pasa nada porque los bancos centrales bajarán los tipos y comprarán más activos y revertirán la situación… o no pero nos lo creemos. Luego nos quejamos de la desigualdad pero ahora mismo es evidente que son las políticas ultra-intervencionistas de estas entidades las que premian con sus medidas una y otra vez al que más activos posee, ¿cómo no va a aumentar cada vez más la diferencia entre los rentistas y los asalariados? Con todo, personalmente lo que más me preocupa es el efecto en la economía real que tendrá el inevitable -antes o después pasará- estallido de la burbuja que se está creando.

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