De entre todos los absurdos que nos está dejando la economía post-crisis quizás el más incomprensible sea el de los bonos con intereses negativos que básicamente consiste en que tu le prestas dinero a un país y te termina devolviendo, muchos años después, menos dinero del prestado. Por ejemplo, el bono alemán a 10 años tiene un rendimiento del -0,27%. Dicho de otra manera, el gobierno alemán se queda con 2.7€ por cada 1.000 euros que le prestas en un período de 10 años.

¿Por qué alguien querría comprar un bono que le hará perder dinero?

Por lo general, los bonos son los activos más seguros del mercado, por lo que muchos inversores los huyen a ellos en momentos de mayor tensión en el mercado, como una guerra comercial entre Estados Unidos y China o tensiones en el Golfo Pérsico. Un bono puede tener un rentabilidad positiva cuando es emitido por un gobierno pero una vez que comienza a cotizar, la alta demanda de los inversores puede empujar su precio al alza -y por lo tanto su rendimiento a la baja- hasta el punto de que los compradores ya no reciben ningún pago. Algunos fondos siguen los índices de los bonos del Estado, lo que significa que están obligados a comprar los bonos independientemente del rendimiento. Por otro lado, algunos inversores aún pueden obtener rendimientos positivos de estos bonos beneficiados jugando también con el tipo de cambio entre divisas.

Este negocio, que parece irracional superó los 13.000 millones de dólares en junio, duplicándose desde diciembre, y ahora representa alrededor del 25% de la deuda mundial.

El principal beneficiado de este escenario tan raro son obviamente los países que se pueden permitir prestar con intereses negativos. El incentivo para pedir dinero prestado nunca es mayor que cuando se le paga para hacerlo. Alemania, por ejemplo, está siendo subsidiada para emitir deuda en los próximos 20 años, aunque eso no significa necesariamente que aumente el gasto.

Por otro lado los fondos de pensiones, tradicionalmente grandes inversores en bonos del Estado, se encuentran en una situación particularmente difícil ya que sus clientes les exigen que no asuman riesgos. Por otro lado, los bancos ven sus márgenes comprimidos ya que no ganan casi nada con los préstamos, pero aún así necesitan ofrecer a los ahorradores una tasa de interés por encima de cero para mantener su negocio.

A esta situación hemos llegado gracias a las soluciones temporales que el BCE ha ido utilizando desde el 2016 cuando  la tasa de referencia del BCE se redujo al  -0,4% (lo que significa que los bancos pierden 4 euros por almacenar 1.000 euros allí). Esto nos lleva a que en Europa, se tema que siga el camino de la llamada década perdida de Japón, donde los responsables políticos lucharon por reactivar el crecimiento anémico y la inflación mediante este tipo de instrumentos… sin ningún éxito.