Este fin de semana nos dejó Ingvar Kamprad, el fundador de Ikea, esa empresa que además de vendernos muebles a buen precio nos hacía sentirnos durante unos minutos como alguien capaz de dar lecciones al presentador de bricomanía. Y es que la sensación de haber montado una mesa BJURSTA junto con sus sillas NISSE casi sin despeinarnos no tiene nombre.

Bueno, si tiene nombre y se llama efecto Ikea, al menos así es como lo llamaron los investigadores Michael I Norton, Daniel Mochon y Dan Ariely de Harvard Business School en su estudio “El efecto Ikea: cuando el trabajo lleva al amor» [PDF]

En una serie de estudios en donde los consumidores armaron cajas (con productos) de IKEA, doblaron origamis y construyeron sets de Legos, demostramos e investigamos las condiciones que rodean el término “efecto Ikea” – el incremento en la valoración de productos hechos por uno mismo. Los participantes vieron en sus creaciones *amateurs* — de productos hedonistas o utilitarios — un valor similar al valor de las creaciones de los expertos, y esperaban que otros compartieran sus opiniones. Nuestro relato sugiere que el trabajo lleva a un incremento de la valoración del producto, solo cuando éste, resultado en la completación exitósa de una tarea; pero cuando se construye algo y luego se destruye, o bien, fallan en terminarlas, el efecto IKEA se disipa.

Finalmente, mostramos que el trabajo incrementa la valoración de productos terminadas no solamente para los consumidores que profesan un interés por los proyectos tipo “házlo-tú-mismo”, sino también para aquellos que estan relativamente poco interesados.

Este efecto es también la base de muchos negocios en Internet, aplicaciones móviles y redes sociales, el otro día un Tuitero lo explicaba muy bien (y os lo resumo):

Así que nuestro briconsejo del día es que cada vez que utilices este tipo de servicios intentes darte cuenta de si estás cayendo en su trampa no vaya a ser que tu tiempo invertido haya sido tanto que te resulte difícil desengancharte.