Cada superhéroe tiene su respectivo némesis. Batman tiene a Lex Luthot, Batman al Joker, Spiderman a Venom y Homer a Flanders. En política internacional también ocurre lo mismo,  por ejemplo tenemos el binomio Trump – Kim Jong Il o el de Rajoy – Puigdemont  y uno de los superpoderes favoritos a la hora de combatirlos es la de usar la «teoría del loco» que ya fue utilizada por Nixon para combatir al bloque comunista.

La idea básicamente consiste en mostrarse frente a los enemigos como alguien demasiado impredecible o dispuesto a ir al combate, para disuadirlos de actuar contra los intereses propios. Esto es lo que decía Nixon hace más de 40 años.

«La llamo la Teoría del Loco. Quiero que los Norvietnamitas crean que he alcanzado el punto en el que podría hacer lo que fuera para parar la guerra. Correremos el rumor de que, ‘por amor de Dios, conoces a Nixon, está obsesionado con el Comunismo. No lo podemos reprimir cuando está furioso — y tiene la mano en el botón nuclear’ — y el mismo Ho Chi Minhestará en París en dos días suplicando por la paz.»

En el caso de Trump esta teoría no necesita demasiada propaganda ni sobreactuación como para aparentar ser cierta, recientemente en la en la Asamblea General de las Naciones Unidos al amenazó con «destruir totalmente» a Corea del Norte.

En el binomio Rajoy-Puigdemont también veo a un par de locos (que cada uno elija cuál lo está más) aplicando su teoría. Uno está dispuesto a llegar hasta el fin saltándose todas las leyes y el otro… bueno, pues el otro es Rajoy haciendo lo que mejor sabe, que es nada.

En La Vanguardia aparece un relato (que nada tiene que ver con el conflicto catalán pero encaja perfectamente) escrito por Nina L. Jruscheva, nieta de Nikita Jruschov, dirigente de la URSS durante la guerra fria, que por entonces estaban todos locos.

Cuando Nixon adoptó su propia personalidad loca, en cierto modo se basó en el ejemplo de Nikita Jruschov, mi abuelo. En el llamado debate de la cocina de 1959, uno de los momentos más extraños de la guerra fría, Nixon peleó con Jruschov en Moscú por la superioridad del capitalismo sobre el socialismo. Un año más tarde, en la Asamblea General de la ONU, Jruschov se hizo notar. El nuevo líder de Cuba, Castro, estaba, como era su costumbre, lanzando extravagantes amenazas. Para no quedarse atrás, “el huracán Nikita” aprovechó todas las oportunidades para agitar el pozo diplomático, silbando y golpeando sus puños –e incluso, supuestamente, su zapato– sobre el escritorio. Occidente, pensó Jrus­chov, no lo tomó en serio. Por eso actuó de manera tan escandalosa en la ONU. Se comportó –dijo más tarde– como los primeros bolcheviques: cuando no estás de acuerdo con un oponente, debes hacer oír tu argumento alto y claro y ahogar el suyo con ruido.

En 1962, Jruschov dio a enfoque un paso más, probando al joven presidente Kennedy con un plan loco de instalar misiles nucleares en Cuba. El movimiento desencadenó el enfrentamiento más peligroso de la guerra fría. Pero Kennedy no se encogió, ni respondió con furia. Ignoró hábilmente las amenazas de Jruschov y respondió a una carta que mostraba al primer ministro soviético como un líder racional que negociaba la paridad en los asuntos mundiales. Ese cálido cálculo permitió a JFK y Jruschov calmar las tensiones, salvando al mundo del conflicto nuclear.

Quizás no haya conflictos irresolubles si no políticos que no saben resolverlos.