El pasado mes de mayo tuvo lugar en Madrid el primer Congreso Internacional sobre Longevidad y Criopreservación, un evento científico centrado en el debate y análisis de la extensión de la vida humana a través de la preservación del cuerpo, o solamente del cerebro, a temperaturas extremadamente bajas. Este proceso pretende la conservación de un cuerpo humano tras su muerte clínica hasta que la ciencia haya alcanzado un nivel de desarrollo tal que permita la curación de la enfermedad que causó la muerte, así como la reparación de los daños causados.

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) fue el lugar escogido para celebrar dicho congreso, en el que se trataron, no sólo temas referidos a las técnicas criónicas, con profesionales de la biología y la medicina, sino que, en un ámbito multidisciplinar, se abordaron temas de carácter más social, tales como implicaciones sobre el derecho o la economía.

Lo cierto es que, gracias al cine y a la mitología popular, este tema ha alcanzado una fama mediática más grande que la que, por posibilidades reales, le podría corresponder. La leyenda de que el creador de una las factorías de animación infantiles más importantes del mundo, Walt Disney, permanecería en un frío letargo a la espera de ser despertado, lleva años alimentando la leyenda urbana de la criónica.

Sin embargo, lo cierto es que los avances en este campo no van mucho más allá de una mejora en la conservación de los tejidos, ya que, a día de hoy, lo único que se sabe cierto es que, aun teniendo la cura del cliente (que ya no es paciente), el proceso de descongelación lo mataría. Tanto es así, que es muy posible que la cantidad indefinida de personas en el mundo que se hayan en estado de congelación nunca vuelvan a ver la luz porque el proceso se haya llevado a cabo con unas técnicas que no sean las adecuadas, ya que uno de los campos en los que se sigue investigando es precisamente este: técnicas de congelación que preserven los tejidos.

La técnica, según Max More, director general de Alcor, una compañía norteamericana dedicada a este negocio, tiene dos opciones: congelar el cuerpo completo o sólo la cabeza, y comienza tras la declaración de muerte legal (antes sería asesinato). Se reinicia la respiración y la circulación sanguínea, se comienza a enfriar el cadáver y se le administra una serie de productos químicos que ayuden al proceso. Después, se traslada al cliente a Arizona y se introduce en nitrógeno líquido (a una temperatura de -196 grados). En estas condiciones, el cuerpo puede ser conservado por un tiempo indefinido. Para los que hayan decidido congelar únicamente el cerebro, la solución para su despertar es aún más de ciencia ficción pues More habla de un cuerpo de repuesto obtenido por clonación.

Sin embargo, todo tiene su aquel, y el hecho de admitir siquiera la posibilidad de la “resurrección” de una persona al cabo de unas cuantas décadas o siglos abre todo un debate por las implicaciones sociales, legales y económicas, más allá de la mera ciencia que lo posibilite. El hecho de que una persona pueda volver a la vida tiempo después de ser declarada muerta legalmente podría abrir no pocas disputas en temas de herencias o el estatus legal de la propia persona “resucitada”. Esto, por no hablar de que en el propio proceso también existen vacíos legales: por ejemplo, en España no se puede congelar a una persona hasta que ésta no es declarada cadáver, ya que lo contrario significaría asesinato.

Aun así, en España contamos, desde el año pasado, con un centro de criopreservación llamado Instituto Europeo de Criopreservación (IECRION). Situado en la localidad valenciana de Requena, será pionero en Europa y aspira a hacerle la competencia a los centros de Estados Unidos y Rusia más veteranos en estos servicios dedicados a esta actividad.

Ahora ya hay más de 1.000 cuerpos criopreservados en Estados Unidos y 2.000 que ya han solicitado ser conservados cuando fallezcan en una de las tres empresas de criogenización que existen (dos estadounidenses y una rusa). La española IE Crion sería la primera en Europa y la cuarta en el planeta.

En cuanto a la parte económica, podemos decir que los precios son variables. Por ahora, para los interesados, los más económicos son KrioRus, donde congelar un cuerpo cuesta unos 36.000 dólares, y sólo la cabeza (lo que se llama neuropreservación), unos 12.000; lo mismo que una mascota, que también se admite.

En el caso de la española se admiten dos posibilidades. El pago directo, cuyo coste es de 155.000 euros e incluye los costes hospitalarios, traslado en ambulancia especializada a sus instalaciones, y la criopreservación completa. Además, si en un futuro el cuerpo fuera recuperado, incluye una adaptación a la sociedad futura en la que sea recuperado mediante un programa especialmente realizado para ese caso.

La otra modalidad es la afiliación directa, que exige un pago inicial de 25.000 euros, y uno posterior al fallecer garantizado mediante aval bancario pignorado en vida. Además, obliga a la contratación de un seguro de vida con un coste que arranca desde 100 euros al mes.

En ambos casos se estudian ofertas personalizadas para grupos familiares.

El caso es que, a pesar de las críticas de importantes sectores del mundo científico, que incluyen declaraciones de alguien tan autorizado como el español Juan Carlos Izpisúa, investigador del Instituto Salk de California especialista en células madre, regeneración de tejidos y generación de órganos humanos en animales. El científico destaca que el estado de las investigaciones en materia de criopreservación es “muy preliminar”. Argumentando que si alguien “congela un filete putrefacto, cuando lo vuelva a descongelar seguirá putrefacto” y remarcando su dificultad en entender “estas actividades en las que se trata de convencer a la gente de que se puede congelar un órgano o un organismo entero que ha dejado de funcionar”.