Ahora que tenemos las vacaciones casi en la mano algunos y en su plenitud otras, ando como loco pensando, ya no en qué destino vacacional prefiero, no en la elección de playa o montaña, ni eligiendo en los muchos buscadores y comparadores el mejor hotel al mejor precio. En realidad, estoy buscando Pokemons. Ando ávido de noticias acerca de dónde ha sido avistado el último, el más raro, pero también el más cercano, porque, por desgracia, mis vacaciones aún no han comenzado. Y así, reparto mi tiempo libre entre bulliciosos grupos de Facebook y cualquier otra red social en la que alguna comunidad de cazadores comparta información y largos y frenéticos paseos en los que la emoción de la caza está asegurada.

Soy conocedor de la dureza de la competencia, de hecho, un amigo y vecino me ha prohibido visitarle porque ha declarado la zona alrededor de su casa coto privado y alterna la captura de los bichitos con expediciones punitivas disuasorias contra cualquier otro jugador. Lo tiene difícil porque ya somos más de 30 millones de usuarios (y aumentando la cifra a velocidad de vértigo), que generamos más de un millón de dólares de beneficios a la compañía por hora. El resultado no ha sido podido ser más satisfactorio para la compañía Nintendo, que ha pasado de valer en bolsa el pasado 6 de julio 19 mil millones de dólares a cotizar el 18 del mismo mes 40 mil millones. Pero a mí me da igual, yo lo único que deseo es que este éxito no le sobrepase y acaben los problemas de saturación de los servidores para poder yo también seguir creciendo, o como a mí me gusta pensar: poquevolucionando.

Como loco está también el dueño de la cafetería donde desayuno cada mañana. Él, otro forofo incondicional, está intentando conseguir que su comercio se convierta en un punto caliente en el que la afluencia de pokemons sólo se vea superada por la de sus cazadores y, por supuesto, por la de sus cajas. Con esa intención anda como loco parando a cada japonés que ve por la calle (por si trabaja en Nintendo) para pedirle que instalen una poqueparada en su establecimiento. Al fin y al cabo, tanto Macdonnals como Primark ya andan tras esta posibilidad, “pero no tienen mis pepitos de lomo” argumenta él.

Y es que las posibilidades de negocio para el gigante japonés del videojuego se han multiplicado ante el éxito de su producto y no sería de extrañar que existieran ya tarifas establecidas para conseguir que un determinado número de monstruos de bolsillo (o alguno especialmente raro) aparecieran en algún lugar concreto. Por el momento, tan sólo lo está intentando de manera artesanal: poniendo cebos y, a veces lanzando bulos en las redes sociales, pero con poco éxito por falta de tiempo. Lo último que se es que está a punto de crear un empleo de esos que tanto le gustan al señor Rajoy: contratar una persona por unas horas al día y pagarle en función de los poquemons que consiga que aparezcan. A mí particularmente no me vendría bien: el desayuno es algo sagrado y puede ser perturbador alternarlo con la caza y con una avalancha de cazadores.

 

La que se tiene que estar tirando de los pelos es Google, que dejó escapar a la empresa desarrolladora del proyecto Niantic Labs cuando decidió crear su holding denominado Alphabet. Niantic empezó a gestarse en Google en 2010 cómo un proyecto ideado por John Hanke, un ejecutivo de Google clave en el desarrollo de las aplicaciones de Maps y Google Earth con el objetivo de crear “cosas” que pudieran ser construidas encima de la tecnología de mapas de Google. Lanzaron Ingress un juego multijugador que se podría considerar el antecesor del actual éxito, de hecho, Pokemon Go es básicamente Ingress repaqueteado con los personajes de la saga Pokemon. Es por eso que hay que dar gracias a Google por sus aciertos, pero a veces también por sus errores.

Por ahora lo único que sé es que el coleccionar este tipo de monstruos ayuda a alejar a otros más reales, como el colesterol o los triglicéridos, que el ejercicio físico de los paseos puede ser importante. De hecho, lo que ahora me ahorro en gimnasio lo invierto en micropagos del juego, con lo que todos ganamos. El único peligro es que ya he estado al borde de ser atropellado en un par de ocasiones por no mirar por donde voy y de ser detenido en otra por allanamiento en un parking de la Guardia Civil por culpa de un bichito la mar de escurridizo.

Y aquí os dejo, que me han dicho que la playa está llena de pokemones.