Volviendo a los motivos por los que creo que el mundo ha podido hacer un techo uno es que en las sociedades donde hay más información y los votantes están más formados, la gente se está dejando seducir por mensajes radicales y simplones que pueden acabar con el enorme avance que Occidente ha conseguido las últimas décadas. El fracaso de los políticos “tradicionales” en la gestión de la crisis ha impulsado por todo el mundo el éxito de movimientos que cuestionan los principios que han prevalecido en el mundo desde la caída del Muro. Tienen algunos puntos de vista positivos pero en general, abogan por medidas que suponen una involución cuyas consecuencias pueden ser nefastas pero que han conseguido un gran apoyo popular con mensajes muy simples, con el denominador común de echar la culpa de los problemas a factores externos.

Tsipras fue el primero de ellos en llegar al poder, anunciando a sus votantes que podría conseguir financiación de sus socios europeos a la vez que hacía recaer sobre ellos la culpa de la mala situación de su país. Su intento de conseguir fondos de ellos para hacer en Grecia una política en la que el resto de gobiernos europeos no creía tuvo un resultado tan previsible que hasta yo lo acerté: acabó con un gobierno griego de izquierdas radical aplicando medidas de austeridad aún más duras que las aplicadas por el anterior gobierno derechista.

Pero eso no ha desanimado a la gente que sigue apoyando esos mensajes simples: no es sólo el avance del nazismo en Eslovaquia o en la misma Grecia o la de grupos xenófobos en Alemania y otros muchos lugares, es que Le Pen en Francia sale en las encuestas como la más votada y Trump será el candidato republicano incluso contra el aparato del partido. Trump dice que la culpa de los problemas de los norteamericanos la tiene la industria china y los emigrantes mejicanos, Le Pen también la tiene tomado con los emigrantes aunque su principal culpable es la propia Eurozona. Ambos, que aparentemente están en el lado derecho del espectro político –aunque creo que en el caso de Le Pen no está tan claro- están en contra de la globalización que es algo que los asimila a la extrema izquierda, y concretamente a la española, país que también tiene varios partidos que han encandilado a mucha gente con mensajes radicales simples.

Todos los partidos políticos caen en lo que ahora se denomina populismo y España no es la excepción aunque en nuestro país hay uno que se lleva la palma. Uno que ganó notoriedad defendiendo hace un par de años ideas tan poco elaboradas como la jubilación a los 60, la renta básica universal, el impago de la deuda, la salida de España de la OTAN etc. etc. y una vez conseguida la notoriedad –y 500 mil votos- las abandonó reconociendo que no eran viables y resulta que el electorado en lugar de castigarle por ello se multiplicó por 10… También Rajoy dijo que bajaría los impuestos y luego los subió pero al menos sí ha perdido apoyos por sus mentiras. Iglesias no, y sigue con esos mensajes simples que tanto encandilan.

Ahora el mensaje facilón que ha puesto de moda es lo de aumentar el gasto público para hacer “políticas sociales”. Qué bien suena pero yo pienso que en España lo realista es empezar por lo contrario: hay que cerrar casi todas las televisiones autonómicas, la 1, el CIS, la Agencia EFE, las diputaciones, el Senado, reducir el número de diputados –estatales y autonómicos- y de concejales, limitar el número de asesores, la cantidad se subvenciones etc. etc. Primero hay que hacer eso para dejar de gastar más de lo que ingresamos y equilibrar nuestras cuentas y así que deje de aumentar la deuda. Y luego hay que invertir –que no gastar- con más inteligencia y dejar de engañar a los votantes porque cuando algunos hablan de más gasto público y lo justifican con más gasto en sanidad y educación parecen olvidar –pequeño detalle- que eso es competencia de las autonomías, no del gobierno central. En realidad cuando hablan de más gasto lo que buscan es más empleados públicos –¡lo que le faltaba a España!- y un nuevo plan E, invertir el dinero del erario en actividades tan poco rentables que el dinero privado las rehúye. Es decir, tirar el dinero. Pero eso no lo explican, critican –con razón- que Rajoy aumentó la deuda pública y elevó impuestos y su plan es el mismo: tirar de deuda confiando en el olfato inversor de los burócratas (los mismos que en un país con récord de turistas pierden dinero con Paradores Nacionales por ejemplo) y aumentar la presión fiscal. Eso no son políticas nuevas, son políticas ya utilizadas y fracasadas.

Por desgracia, no es un caso sólo español. Los gestores políticos actuales lo están haciendo tan mal que son los principales responsables de este desencanto que lleva a mucha gente a creer en la existencia de soluciones fáciles a graves problemas; incluso en países ricos como los EUA o Alemania, esa mezcla de ingenuidad y decepción lleva a muchos a apoyar a un impresentable como Trump o a un partido abiertamente xenófobo como el AfD. Pero hay que mejorar lo actual, no destrozarlo: no deberíamos involucionar y crear nuevas fronteras ni regresar al fascismo o al comunismo ni abrazar ideas ultranacionalistas y proteccionistas. Con todo lo grave que es la actual crisis, aún tenemos muchísimo bueno y podemos perderlo muy rápido si nos dejamos llevar por nuestro, por otra parte justificado, cabreo.