Cuando nuestro ministro de economía Luis de Guindos afirma, todo ufano y orgulloso, que el esfuerzo de nuestro país por salir de la crisis y sus logros en ese ámbito se estudiarán en los libros de historia olvida que tal hecho tal vez se deba más a la propia ejemplaridad demostrada por nuestra sociedad que al éxito de las medidas económicas adoptadas por su gobierno. Y es que, como si de un gen oculto, que sólo se activase ante la necesidad, la capacidad de resistencia, de adaptación y de superación ha sido determinante para que la sociedad española pueda haber llegado hasta este punto, en el que parece que la crisis ha dejado de tener efectos tan dañinos, está empezando a dar un respiro y en el que por fin la situación ha dejado de ir a peor, aunque todavía las mejoras no terminen de dejarse sentir del todo. Como si nuestros ancianos, uno de los sustentos de las familias en todo este proceso, hubieran resucitado y contagiado el espíritu de la postguerra, en el que la austeridad, el ahorro, el trabajo de sol a sol y la fe inconmovible eran la única llave para tener un futuro.

Pero ha sido, y sigue siendo, doloroso. Un ejemplo está en la emigración. A falta de otras estadísticas oficiales, los números que arroja el INE hablan de 225.000 emigrados desde el comienzo de la crisis, aunque numerosos estudios (por desgracia, inevitablemente sesgados) hablan de una cifra mucho mayor que podría rondar los 2 millones y esto debido a dos causas, la primera tiene que ver con la lentitud y descoordinación en la recogida de datos del propio INE (últimos datos en PDF) y la segunda con que los datos oficiales sólo recogen los emigrantes registrados en los consulados como residentes en los países de acogida, trámite que no siempre se realiza por dos razones: no ofrece ventaja alguna y además provoca la pérdida de asistencia sanitaria en España, por lo que se prefiere inscribirse como no residente o no hacerlo directamente.

Pero no para ahí la cosa, el hecho de que muchas familias se hayan visto obligadas a estirar la pensión del abuelo para subsistir hace que las familias se estén descapitalizando. Se ha roto el ciclo tan hispano de que los abuelos ayudan a los hijos a establecerse hasta que su economía les permite tomar a ellos el relevo para ayudar a su vez a los nietos. Con la crisis, los abuelos sostienen a toda la familia, los hijos colaboran como pueden y los nietos se enfrentarán a un futuro en el que difícilmente podrán obtener el excedente que les permita un cierto desahogo para poder disfrutar de un nivel de vida como el que sus padres conocieron un día: una vivienda, un vehículo, vacaciones en verano, de vez en cuando un pequeño lujo, etc. todo gracias a un trabajo más o menos estable, un salario digno y un sistema crediticio que prestaba y que apretaba pero que no ahogaba.

A día de hoy, nuestro país ha demostrado tener mucho más en el fondo de lo que nadie hubiera afirmado hace apenas seis o siete años. Las exportaciones de nuestras empresas siguen creciendo a buen ritmo, de hecho, ya hay 600 empresas que exportan por encima de los 50 millones de euros y todo ello gracias a un aumento de la productividad, conseguido, eso sí a costa de devaluar salarios, empleos y el propio tejido social. La creación de nuevas empresas ha superado el ritmo de destrucción, a pesar de las trabas burocráticas y los recortes y sólo el problema del secesionismo catalán ha empañado la paz social en los últimos tiempos. Todo esto a pesar de los recortes, la corrupción galopante y el desgaste del sistema democrático tradicional.

Por eso podemos afirmar que la sociedad ha reaccionado ante la crisis de una forma totalmente inesperada: lejos de los alzamientos e insurrecciones que muchos preconizaban, se ha reaccionado apretando los dientes y aguantando, y los movimientos relacionados con el 15-M han cristalizado las protestas dando lugar a cambios en lo político que pugnan por cambiar el modelo económico desde el orden democrático, de hecho hasta ha disminuido la población reclusa desde el 2009 (iluso de mí, no quiero creer que esto se deba a los recortes). Lejos de un aumento de la xenofobia, la sociedad ha cambiado hasta hacerse más solidaria con la desgracia ajena, como lo demuestra la explosión del voluntariado; aunque también más exigente, más desconfiada y más vigilante con el funcionamiento de sus instituciones y la vida política. En definitiva, más capaz, más dinámica y creativa y más habilitada para la superación y el cambio.