Con la llegada del nuevo año, nuestra principal actividad se centra en sobrevivir a los excesos que conllevan las Navidades, más tarde vendrán las lamentaciones mirando la báscula, los niveles de colesterol y el extracto del banco. Los eventos propios de las fechas se suceden en la televisión (nuestra ventana al mundo) y con las infumables películas navideñas se intercalan anuncios de diversas organizaciones internacionales de lucha contra la pobreza en algún lugar lejano, ayuda a los refugiados, etc. De lo que no se habla, lo que apenas se nombra, es la pobreza de aquí, la que sigue creciendo a la puerta de nuestra casa, la que sólo existe cuando alguna estadística fría la da a conocer o a través de alguna noticia marginal.

Según datos de Oxfam Intermon, en su informe «Europa para la mayoría, no para las élites», la riqueza mundial está dividida en dos: casi la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99% restante. Con datos del 2014, en la Unión Europea en concreto en la que entre los 28 países suman de media un Producto Interior Bruto de 26.000 euros per cápita, una cuarta parte de la población, o lo que es lo mismo 123 millones de personas, se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión social. De ellas, 50 millones viven con severas privaciones materiales, es decir, que por ejemplo no pueden calentar sus hogares o afrontar gastos inesperados.

En España, el informe señala que en nuestro país existían en 2014 13,4 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social, 772.000 más que en 2013 y más de tres millones más que antes de la crisis, en 2007. En cuanto a personas con severas privaciones, el porcentaje de población que sufre esta lacra se ha duplicado entre 2008 y 2014 (3,6%-7,1%), situándose en 3,2 millones de personas. Dando lugar a un crecimiento desmesurado de la desigualdad. Además se señala que las medidas de austeridad impuestas en 2011 fueron la causa directa de un incremento de la pobreza en un 65%. Para realizar el estudio se consideró que el umbral de la pobreza se situaría en el 60% de la mediana de la renta per cápita; para 2014, la mediana de la renta en España se fijó en 13.268 euros y el umbral de pobreza se fijó en 7.961 euros. Esto significa que los hogares que cuentan con menos de 663,4 euros al mes se consideran en riesgo de exclusión.

La desigualdad puede medirse a través de lo que se conoce como coeficiente Gini. En esta escala, 0 sería la igualdad absoluta y 100 que toda la riqueza la tuviera un solo individuo. Tras aplicarse este baremo, y utilizando datos de Eurostat, España queda como el séptimo Estado que realiza un reparto más desigual de la riqueza (a un pasito del medallero de la vergüenza), con 35 puntos en 2014. Como curiosidad, Eslovenia, que sin ser un país precisamente rico, presenta unos resultados bastante buenos en todos los indicadores. En España, un ejemplo de las medidas para “mejorar” este indicador puede verse en dos datos: por un lado las exenciones fiscales a las grandes empresas, que suman entre 2007 y 2014 más de 25.000 millones de euros menos de ingresos para las arcas públicas; por otro, el hecho de que en los Presupuestos Generales del año que viene, uno de cada cuatro euros se destine a pago de la deuda mientras que el gasto en políticas sociales sólo representen el 4,89%.

Además el crecimiento de esta desigualdad ha dado lugar a un curioso efecto: debido al fuerte descenso del umbral de la pobreza por la bajada general de salarios, un gran número de pensionistas han mejorado su capacidad adquisitiva, provocando que miles de ellos dejen de estar en riesgo de pobreza, pero, al mismo tiempo, miles de familias, con hijos menores de 16 años (casi un 10% de ellos vive en un hogar con pobreza extrema), debido al aumento del paro, a los bajos salarios y a la precariedad laboral, se han visto empujadas a la privación y a la exclusión. De esta forma, un 22,2% de los españoles componen la tasa de pobreza, algo más de 10 millones de personas. De estos, casi la mitad son pobres con empleo lo que equivale a un 11,8% de la población; un 2,1% que sufren pobreza material severa pero tienen trabajo (el grupo que más ha subido)  y un 2,3% que ni tienen ingresos, ni trabajo y que sufren graves privaciones.

Y así resulta que casi la cuarta parte de los españoles tienen graves problemas para llenar la nevera (y algunos aún peor porque ni siquiera la tienen) y, a pesar de ser tantos, son invisibles. No ponen barricadas, no asaltan supermercados, no participan en motines ni en linchamientos. Simplemente es como si no existieran, ya que lo único que hacen es trabajar en lo que pueden, llenar la mesa con lo que pueden y esperar confiados tiempos mejores mientras familias, amigos u organizaciones como Cáritas o similares, más concienciadas y más a pie de calle, cubren lo mínimo.

Y ahora sí, Feliz Año Nuevo.