Afiladas las espadas y con los dientes apretados, los pretendientes a gobernar, o a pintar algo en el futuro gobierno, se aprestan a la campaña electoral. Las apariciones se empiezan a multiplicar y todos los candidatos, poseídos por la hiperactividad, comparecen continuamente en actos, programas y eventos, bien propios, bien como invitados, con un único fin: llegar al electorado para comunicar su mensaje con el fin de conseguir el ansiado voto.

En todas sus declaraciones seguirán, salvo error, la misma estrategia: realzar las ventajas de sus propias ideas y, en la medida de lo posible, devaluar las de los competidores. En definitiva, nada que no se haya visto en cualquier mercadillo o bazar desde el inicio de los tiempos. Lo que ha cambiado es el armamento disponible, frente a la tradicional venta a viva voz ahora se impone la presencia en los medios, la publicidad en todas sus facetas y un ejército de seguidores que, por vocación o por dinero, están dispuestos a idear y seguir cualquier estrategia para ensalzar lo propio y destruir lo ajeno. De este modo, las campañas se transforman: de ser eventos en los que se habla de lo buenas que son mis ideas en un determinado tema pasan a ser un escaparate de las miserias de mis adversarios, con lo que se convierten en un campo de batalla en el que los votantes acaban votando al menos malo.

En este punto, aquel grupo que controle los medios de comunicación tiene ganada media batalla ya que conseguirá propagar lo propio y acallar lo ajeno en buena medida, siendo esta por tanto, la primera arma que un partido político ha de controlar si quiere llegar a su electorado.

Tras un periodo tan largo como el que hemos tenido de alternancia política, además de un sistema de bipartidismo, hemos alcanzado un sistema de “biperiodismo”, como las publicaciones deportivas afines a un determinado equipo de futbol, gozamos en nuestro país de publicaciones informativas afines a las dos ideologías políticas imperantes. Y puesto que nada de lo que ocurra en el mundo, no ocurre en realidad si no se habla de ello en los medio de comunicación, nuestro conocimiento de la realidad se halla, cuando menos incompleto, si no sesgado o directamente alienado. Los recursos que se utilizan para manipular van desde la mentira flagrante hasta la simple omisión de información, pasando por las verdades a medias, la propagación de rumores o la desinformación. El uso de técnicas como la descontextualización, la generalización, la desorganización del contenido está a la orden del día o jugar con la forma de utilizar el lenguaje y diversas formas de eufemismos. Por ejemplo, expresiones como “fuerzas de paz”, “daños colaterales” u “operación quirúrgica” tienen por objeto dulcificar la información sobre conflictos armados para que las guerras parezcan un mal menor y controlado.

Un claro ejemplo de la desinformación existente se da con el tema de la corrupción. Después de la ofensiva contra el partido en el poder, con informaciones diarias más o menos interesadas y/o completas, a un mes de las elecciones, este tema parece olvidado. La estrategia del Gobierno en todos los frentes ha empezado a dar sus frutos. Se ha dado un periodo de saturación de información, hasta cansar al ciudadano, donde lo único que había que hacer era aguantar el tipo y conservar las líneas rojas del hartazgo del electorado y, tras ese periodo, el silencio. ¿Dónde están los 40.000 millones anuales que la corrupción nos cuesta a los españoles? ¿Dónde está ahora Bárcenas, o Matas, o Rato o cualquiera de los casi 3.000 imputados de tres años a esta parte? Sin duda estarán cumpliendo condena (los menos) o a la espera de juicio o en Baqueira esquiando, pero todos están en silencio y los medios, dado que no ofrecen noticias de gran titular, ausentes, centrados en otros temas que den más carnaza para la máquina: ahora toca Cataluña, los refugiados o el terrorismo internacional y si se toca el tema de la corrupción es en referencia al clan Pujol, pero más por independentistas que por corruptos. Por otra parte el PP bien se ha encargado de hacer dormir en los abarrotados estantes de los juzgados los expedientes abiertos de las causas pendientes, bien porque la falta de medios ahoga a la Justicia, bien porque los jueces de las principales causas han sido apartados o sustituidos por otros que bastante tienen con intentar ponerse al día con lo que les ha caído encima.

¿El futuro inminente? Es de esperar que haya una nueva ofensiva en este tema, le conviene a Ciudadanos o a Podemos, pero no tanto a los dos partidos tradicionales, uno por la importancia de sus causas abiertas, otro porque no le va a la zaga en cuanto a la importancia de estas causas ni en cuanto a imputados se refiere. En este mes que queda veremos si la campaña de silencio triunfa o si se ve superada por algún nuevo escándalo por ahora desconocido. Igualmente veremos si la “vacunación” a la que nos hemos visto sometidos para ya no escandalizarnos ni indignarnos por nada tiene sus frutos o si realmente ha llegado el fin de un sistema. También se verá si un posible cambio de Gobierno es realmente efectivo para la regeneración democrática o si sólo se trata un episodio más de “la carrera de la Reina Roja”.