Una de las escenas más recordadas de Rebelde sin causa (protagonizada por James Dean y Natalie Wood) es en la que dos de sus protagonistas se citan con sus coches en un acantilado; se trata de conducirlos a toda velocidad. El primero en girar o detenerse, pierde. James Dean, logra detenerse en el límite, pero su contrincante cae al acantilado y se estrella.

Una variante de este juego es el “juego del gallina”, y se aplica como metáfora a una situación en la que dos bandos se enzarzan en una escalada en la que no tienen nada que ganar y en la que solo el orgullo evita que se echen atrás. Se representa como una competición automovilística en la que dos vehículos conducen en dirección al contrario. El primero que abandona la trayectoria del choque pierde por cobarde y el otro gana. Si ambos se apartan, ninguno pierde nada, mientras que si ambos siguen, se estrellan y se matan.

En este caso, no hay una estrategia dominante, no hay una opcion en la que los dos ganen algo, es un juego es absurdo puesto que los dos pueden perder la vida pero sólo uno puede ganar.

Un buen ejemplo en la política internacional lo tuvimos con la Crisis de los misiles en Cuba en 1962. Afortunadamente para la humanidad, la guerra nuclear pudo evitarse mediante una negociación que terminó satisfactoriamente sin que ninguno de los participantes diese muestras de debilidad ni de derrota. Al principio tanto EEUU como la URSS actuaron como gallos de pelea pero al final lo hicieron como gallinas, no obstante la opinión pública de cada bando se quedó con la primera imagen.

¿Y cuál es la estrategia óptima?

Un movimiento estratégico consiste en modificar el juego para cambiar su resultado y poder cambiar el equilibrio. Esto sucedería si uno de los conductores arranca el volante y lo tira por la ventanilla de forma visible para que el otro conductor se dé cuenta de que las opciones se han reducido dramáticamente (en este blog lo cuentan muy bien).

En Europa seguimos jugando a la gallina, Varoufakis ya lo hizo sin éxito (y eso que era un especialista en la teoría de juegos) con aquél extrañísimo referendum con las condiciones del rescate griego, aunque al final le has servido a Tsipras para ganar las elecciones. En España tenemos a otro político que claramente ha arrancado el volante, Artur Mas con su órdago soberanista. Ahora nos queda ver cuánta gente se montará en ese coche y cómo conducirá Rajoy el suyo. Ni que decir tiene que sus pasajeros viajan acojonados mientras que sus dos conductores tienen el asiento bien asegurado (Artur Mas en una farmaceútica… y a Rajoy ya vendrá una eléctrica a visitarle). Lo único que tengo claro es que no me atrevería a apostar por un ganador ya que salta a la vista que ninguno de los dos es James Dean.