Ya hace más de 200 años, Thomas Malthus postuló la relación entre crecimiento de la población y el agotamiento de los recursos. A día de hoy, tras haberse pospuesto (quizás aún no eliminado) el apocalipsis maltusiano, sigue existiendo la misma confusión en lo que a acciones a tomar frente a este problema de los recursos escasos: por un lado se proponen controles de natalidad para los países pobres, mientras se observa con preocupación el problema de envejecimiento de la población occidental, y por otro  se fomenta el ahorro de recursos en los países desarrollados fomentando el reciclaje y la reutilización de los bienes, es decir, acabar con el paradigma del consumismo, el derroche energético y de recursos, al tiempo que se fomenta el consumo generalizado de bienes cada vez más desechables a los que se les añade un componente de obsolescencia programada que obligue al consumo de sustitución del bien en cuestión en un tiempo programado. Aunque todo esto da para mucho de qué hablar, hay un aspecto a recalcar que no siempre parece ser tenido en cuenta. Éste es el factor trabajo.

Con la revolución industrial ya apareció un movimiento obrero, precursor de los grandes movimientos que llegaron después, cuyos postulados defendían que las máquinas acarrearían la destrucción de la humanidad. El Ludismo defendió violentamente el trabajo manual frente al mecanizado por entender que la mecanización y su abaratamiento de costes motivaban la precarización (aún más) de la vida de la clase obrera, ya que una sola máquina podía desarrollar el trabajo de varios hombres. Los disturbios se extendieron por toda Europa (Inglaterra sobre todo), alcanzando a España entre 1820 y 1835. La historia demostró que estos temores de la clase obrera no eran totalmente fundados, y que la propia mecanización demandó mucha más mano de obra que la que destruyó. Sin embargo, esto fue posible gracias a la implementación del consumismo como forma de vida: se descubrió que el beneficio era mucho mayor si los salarios que se pagaban podían usarse para consumir aun en mayor medida los bienes que se producían: desde entonces el consumo generalizado de todo tipo de bienes se universalizó espoleado también por el fenómeno del aumento del crédito, que dio alas a los trabajadores para acceder a bienes que hasta ese momento se le habían negado.

Sin embargo, a día de hoy podríamos estar en un proceso similar al de los albores de la revolución industrial. La progresiva tecnificación de los procesos productivos, la revolución de los procesos informáticos, con Internet a la cabeza, y la globalización de la economía están provocando la pérdida de empleos en los países desarrollados que tardarán mucho en recuperarse, si es que alguna vez lo hacen. Las grandes corporaciones han trasladado, o están trasladando sus procesos productivos a países en vías de desarrollo, donde la mano de obra tiene un coste irrisorio, lo que hace que el desempleo cunda en los países desarrollados. Pero es que también está produciéndose un desplazamiento de los mercados: a día de hoy, a casi todas las grandes corporaciones les afecta más lo que ocurra en China, o la India, o Brasil, que lo que ocurra en Portugal, Grecia, España, etc. y pronto posiblemente Alemania, Gran Bretaña o incluso Estados Unidos. La razón es simple: allí están sus grandes centros de producción, pero también sus principales mercados.

El resultado de esto es entonces evidente: la globalización y la mecanización de procesos están provocando en los países desarrollados una serie de efectos perversos cuya solución puede necesitar reajustes muy serios. La consecuencia simplemente se centra en la previsible incapacidad de los estados desarrollados de mantener el modelo de economía del bienestar.

La ecuación es bien sencilla; si las empresas se marchan a lugares donde no sólo poder aprovechar la mano de obra barata, sino también las economías de escala, menores costes de transporte y una mayor disponibilidad de recursos, los mercados de los países desarrollados irán poco a poco perdiendo capacidad de consumo, ya que sólo una mínima parte de población podrá trabajar en un cada vez mayor sector servicios, en términos relativos. Si con la primera revolución industrial, la industria desplazó al sector agrícola como motor de la economía, con la globalización la industria desaparece de los países desarrollados. El desempleo que se genera y se generará aún más en las economías occidentales sólo puede ser combatido con una cada vez mejor y más oportuna formación, centrada sobre todo en los sectores sobre los que occidente conserva ventajas relativas: sobre todo en el sector servicios.

Algunos de los posibles escenarios que se pueden dar después de este proceso podrían ser:

  1. Unos países desarrollados que, tras un gran ajuste demográfico, se han convertido en enormes museos que viven de dar servicios a los países industrializados, que serían los que ahora conocemos como países en desarrollo. Estos servicios serían, principalmente turismo, servicios financieros, formación especializada, investigación, diseño, etc.
  2. Declive de los países desarrollados sin más. La precarización del empleo, la progresiva destrucción del estado del bienestar y la previsible bancarrota de las economías occidentales, pueden provocar y acelerar el proceso de deslocalización, de modo que occidente se convierta en una zona marginal del mundo, en la que la pobreza, los disturbios y los enfrentamientos imperen.

Sea como sea, lo cierto es que el mundo está cambiando a pasos agigantados. El centro económico del mismo se está desplazando, o más bien difuminando, y el trabajo, el acceso a la información, el reparto de los recursos y la misma sociedad, tal y como los conocíamos antes de la crisis, se han marchado para quizás nunca más volver.