En el verano de 2016, un estratega de Bank of America llamado Michael Hartnett puso sobre la mesa una cifra que dejó helados a sus colegas: tras la quiebra de Lehman Brothers, los bancos centrales del mundo habían recortado los tipos de interés 654 veces y los habían empujado hasta el nivel más bajo de los últimos 5.000 años. No de la última década, ni del último siglo: de toda la historia escrita de la humanidad, desde que un sumerio anotó en una tablilla de barro cuántas crías de cabra debía devolver quien le pedía grano prestado. El dato no es una anécdota curiosa. Es, quizá, la mejor pista de que algo se está moviendo bajo nuestros pies.

Porque que algo se cuece en las economías desarrolladas parece evidente. Los movimientos cada vez más erráticos del presidente de Estados Unidos dejan entrever los coletazos de una potencia que, pese a controlar todavía con claridad la economía global, parece adentrarse en el principio de una etapa de desgaste. Antes o después, esa etapa suele culminar con el relevo: otra civilización, u otras, toman el testigo. Las apuestas apuntan a un nuevo orden multipolar. Y una de las señales más sutiles de ese cambio está, precisamente, en los tipos de interés de los bonos a 10 y 30 años, que llevan tiempo subiendo.

Es demasiado pronto para concluir que esta subida marca el principio del fin de un dominio. Pero merece la pena entender por qué podría serlo y qué ha ocurrido en ocasiones anteriores. Una pequeña clase de historia que, con suerte, sirve para intuir el futuro. Porque el precio del dinero es una información valiosísima, y a veces dice incluso más de lo que parece: ha llegado a anticipar la caída de imperios que dominaron el mundo durante siglos.

La curva en forma de U

La historia muestra que los tipos de interés tienden a dibujar una U a lo largo de la vida de una civilización, y el patrón tiene su lógica. Al principio, toda sociedad es inestable, débil y vulnerable; hay poco ahorro y mucha necesidad de invertir, así que el dinero es caro y los tipos, altos. Cuando esa civilización prospera y gana peso económico y geopolítico, prestar deja de ser tan arriesgado y los tipos caen hacia el fondo de la U. En su plenitud tocan suelo, coincidiendo con la madurez cultural de la sociedad. Y a partir de ahí solo les queda un camino: subir, casi siempre de la mano del deterioro de ese poder.

El economista Eugen Böhm-Bawerk, que llegó a ser ministro de Finanzas del Imperio Austrohúngaro, lo resumió en una frase que sigue citándose: el nivel cultural de una nación queda reflejado en sus tipos de interés. Cuanto más elevado es ese nivel, más arraigada está la filosofía del ahorro y más se invierte y se consume con cautela. Y si el ahorro abunda, los tipos tienden a ser bajos, simplemente porque sobran fondos disponibles.
Hay aquí un giro generacional interesante. Una sociedad suele alcanzar su madurez cultural en las generaciones cercanas al punto álgido de su economía, justo cuando puede permitirse invertir más en educación. Después de esa cima, que coincide con los tipos bajos, puede empezar el declive. Lo resume bien ese aforismo popular que circula en internet: los tiempos difíciles crean hombres y mujeres fuertes, los fuertes crean tiempos fáciles, los tiempos fáciles crean hombres y mujeres débiles, y los débiles vuelven a traer tiempos difíciles. Traducido a tipos de interés: caros, baratos, baratos, caros otra vez. La rueda gira.

De Babilonia a la pandemia

El historiador financiero Edward Chancellor —al que la revista Fortune llegó a llamar «uno de los mayores historiadores financieros vivos»— dedicó a esta idea su célebre libro The Price of Time: The Real Story of Interest. En él explica que en Babilonia, Grecia y Roma los tipos de interés siguieron una curva en forma de U a lo largo de los siglos: bajaban a medida que cada civilización se consolidaba y prosperaba, y se disparaban durante los periodos de decadencia y caída. Su conclusión es inquietante: los tipos de interés muy bajos parecen ser la calma antes de la tormenta.

Si uno extrapola esa idea al presente, el periodo previo al covid —y la propia pandemia— encaja sospechosamente bien con ese fondo de la U, ese momento de calma chicha antes de que el oleaje empiece. Es verdad que todos tendemos a exagerar la importancia de nuestra propia época, pero cuesta no notar que desde 2020 las turbulencias no han dejado de acumularse: pandemia, guerras, inflación, productividad estancada y, ahora, la irrupción de la inteligencia artificial.

Los ejemplos históricos que aporta Chancellor son contundentes. En el periodo neobabilónico temprano (700-630 a.C.), los préstamos de plata llegaron a abaratarse hasta el 8,33%. Apenas un par de siglos después, tras la caída de Babilonia en manos persas, se dispararon por encima del 40%. Lo mismo ocurrió en la Holanda del siglo XVIII: los tipos tocaron fondo poco antes de que la Francia revolucionaria invadiera la República. Visto así, los tipos extraordinariamente bajos de comienzos del siglo XXI no son, como ironiza el propio autor, una reflexión precisamente tranquilizadora.
Cuando el dinero barato envenena

Chancellor también enlaza esos episodios con algo muy reconocible: las burbujas. Las burbujas especulativas tendían a coincidir con periodos de tipos bajos. Y rescata una frase deliciosa del periodista victoriano Walter Bagehot, que decía que John Bull —el equivalente británico del Tío Sam— podía soportar muchas cosas, pero no un interés del dos por ciento. Es decir: el inglés medio aguantaba guerras e impuestos, pero el dinero demasiado barato lo volvía un especulador imprudente.

La burbuja de las puntocom y la inmobiliaria que vino después podrían ser parte de esa misma evidencia: síntomas de la etapa final del dominio occidental. Alguno pensará que la IA es la prueba definitiva, pero conviene matizar. Por ahora, buena parte de las valoraciones de las empresas ligadas a la inteligencia artificial está respaldada por beneficios presentes y esperados. Miradas con el PER forward, salen caras, sí, pero todavía no en territorio de burbuja. Habrá que esperar.

El diagnóstico de fondo de Chancellor va más allá. Sostiene que unos tipos extremadamente bajos no solo inflan el precio de los activos, sino que son en gran medida responsables del débil crecimiento económico, el aumento de la desigualdad, la proliferación de empresas zombi, los elevados niveles de deuda y la crisis de las pensiones que ha golpeado a Occidente. Y subraya la rareza histórica de los tipos negativos en Europa y Japón, una anomalía que ha alimentado inseguridad económica y fragilidad financiera justo en las regiones que China e India llevan años acortando distancias. Eso sí, el propio autor se cuida mucho de coronar un sucesor o de proclamar el fin de Occidente: solo dice que los paralelismos con otros momentos de la historia son lo bastante inquietantes como para estudiarlos con cautela.

Del ciclo a la demografía

Hay otra voz que conviene escuchar aquí. William Bernstein, neurólogo y teórico financiero estadounidense, defiende en Los cuatro pilares de la inversión la misma lógica del ciclo: las grandes civilizaciones empiezan con tipos altos (poco ahorro, mucha necesidad de inversión), los ven caer al alcanzar la plenitud (cuando los agentes se vuelven conservadores y ahorran para proteger su patrimonio) y los ven repuntar cuando empieza la decadencia y vuelven la inseguridad y las turbulencias. Otro paralelismo incómodo con el presente.

Pero no todo es ciclo milenario. La subida actual de los tipos tiene componentes muy terrenales: la energía, con el petróleo tensionado por episodios geopolíticos como los atascos en el estrecho de Ormuz, y, sobre todo, factores estructurales. Niveles de déficit y deuda pública históricamente altos, y una sociedad que envejece y que podría generar un déficit crónico de ahorro. Es el mundo que describieron los economistas Charles Goodhart y Manoj Pradhan en La gran reversión demográfica, donde anticiparon —y aquí acertaron de pleno— que el envejecimiento elevaría pronto la inflación y los tipos.

Su advertencia más afilada apuntaba a los bancos centrales. Cuando los tipos suban, decían, el coste de la deuda se disparará tan rápido que las metas de los gobiernos y las de los banqueros centrales dejarán de estar cómodamente alineadas y entrarán en conflicto. La independencia de los bancos centrales, concluían, quedará aún más amenazada de lo que ya lo está. Basta mirar las presiones que hoy soporta la Reserva Federal para comprobar que esa profecía ya no es teórica.

Sea o no el declive de la civilización occidental —nadie tiene la bola de cristal—, lo que sí parece evidente es que algo se está moviendo. Y la inteligencia artificial será probablemente una de dos cosas: el contrapeso que prolongue el dominio actual, o el acelerador de un cambio cuyo final, por ahora, nadie alcanza a ver.