El otro día en El Confidencial publicaban un interesante artículo titulado «Josef Ajram o por qué no hay que fiarse de los hombres hechos a sí mismos» sobre el mediático y tatuado inversor de bolsa, después de que éste tuviese una comentada aparición en La Sexta Noche, os rescato la conclusión del artículo.

La (tremenda) falacia del darwinismo social

Como ya hemos dicho alguna vez, pretender explicar el éxito o el fracaso solo en clave de talento y esfuerzo es, simplemente, una chorrada como un piano. Puede que los que han superado las dificultades lo hayan hecho gracias a su talento y a su esfuerzo, pero lo más probable es que la receta haya tenido muchos más ingredientes: un poco de suerte, un colchón económico, un apoyo familiar o un contacto idóneo en el mejor momento.

Eso, amigo Josef, no lo tiene todo el mundo. Que la gente no supere las dificultades no significa que no valgan para ello. Puede que, simplemente, no hayan podido conseguir todos los ingredientes de la receta.

Puede que los que han superado las dificultades lo hayan hecho gracias a su talento y esfuerzo, pero también con un suerte, un colchón económico o un contacto idóneoPero claro, cuando las cosas te van bien decides premiarte a ti mismo (algo bastante lógico, dicho sea de paso), y lo achacas todo a tu talento. Nunca concedes crédito a la suerte, o a que tus condiciones personales y económicas hayan sido mejores que las que aquellas personas que no consiguen salir del hoyo.

Lo malo es que los supervivientes caigan en el darwinismo social del que hablábamos antes. Ese punto de vista que dice que oye, que la vida es dura, chico, y si quieres que las cosas te salgan bien tienes que espabilar y mover el culo, no dedicarte a lloriquear sentado en el sofá. Que esta vida es una jungla: o matas, o te matan.

¿Es el talento y el esfuerzo la clave para salir de la pobreza y para triunfar? ¿Es el Darwinismo social el culpable de que los pobres sean pobres?.

Los pobres son pobres porque son pobres y segurián siendo pobres porque son pobres.

Esta obviedad tan obvia es la conlusión de un estudio del último estudio del Banco Mundial que analizaban hace poco en The Economist.

En cualquier inversión, ya sea de dinero, tiempo o esfuerzo el rendimiento es proporcional al riesgo. Eso unido a un poco de suerte, algo de trabajo y lo brillantes que seamos en ciertas decisiones determina nuestro nivel de vida. De alguna manera, lo que somos es una ecuación en la que multiplicamos estos  factores.

En el caso de los pobres (hablando de pobreza extrema como la de África), la ecuación se acaba multiplicando por cero.

La pobreza hace que las personas se sientan impotentes y elimina radicalmente sus aspiraciones, por lo que ni siquiera se puede tratar de mejorar su suerte. Cuando lo hacen, se enfrentan a obstáculos en todas partes. No tienen ningún margen de error, lo que les hace reacios (por obligación) al riesgo. Están sometidos a un nivel de estrés muchísimo más elevado que el nuestro, cualquier enfermedad les puede costar la vida y una pérdida de la cosecha puede conducir a la indigencia. Y el estrés dificulta aún más la toma de decisiones que han de tomarse, muchas veces, sin una base académica.

Llevar las cosas a los extremos nos puede ayudar a entenderlas mejor y a veces poemos caer en el error de ver la pobreza en el primer mundo como un efecto del Darwinismo social pensando, por ejemplo, que los parados se lo han merecido por no haber arriesgado lo suficiente, por no haberse formado o por falta de talento. Afortunadamente la ecuación en Europa es más favorable y muchas veces pequeños cambios ofrecen grandes resultados a largo plazo.