Que con las crisis se agudiza el ingenio humano es un hecho incontestable, así como también lo es el hecho de que en los momentos difíciles siempre aparezcan personas e ideas que ofrezcan, no ya sólo posibles soluciones a los problemas existentes, sino incluso alternativas a los modelos económico-sociales establecidos, señalando a éstos como el origen de los males. Es por eso que nos encontramos, ante la misma realidad social y económica, con tanta diversidad de grupos de opinión: desde posiciones más conservadoras que buscan soluciones que no rompan con el equilibrio de poder de la sociedad, hasta grupos, que podríamos denominar antisistema, que culpan de todos los males al propio equilibrio de poder establecido y que, con medios más o menos radicales, intentan socavar un sistema social que consideran enfermo, anacrónico e injusto.

Dentro de esta amalgama de propuestas nos encontramos con algunas iniciativas curiosas; mucho se ha hablado últimamente del bitcoin como alternativa de moneda de intercambio, sin embargo, no es la única moneda que en estos tiempos está proliferando. Así, se está dando un progresivo aumento de las llamadas monedas sociales, que con su implantación en pequeñas comunidades, persiguen, no sólo establecerse como moneda de intercambio complementaria al euro, sino también una serie de objetivos de tipo social que mejoren las condiciones de vida de sus usuarios; de hecho, con ellas se pueden obtener casi todo tipo de bienes y servicios, hasta salarios o rentas sociales, como con el Bristol Pound, en Inglaterra.

El funcionamiento es sencillo: yo no tengo dinero pero sé pintar, así que ofrezco horas de mi trabajo (a 10 unidades monetarias/hora), puedo llenar mi nevera en algún comercio adherido al sistema, el cual, a su vez habrá obtenido sus productos de alguna granja pagándolos por el mismo medio; el granjero, a su vez, puede necesitar que alguien le pinte una puerta, con lo que recurriría a mis servicios. En todo este intercambio no habrá circulado ni un euro.

Como ejemplos podemos citar el CHIEMGAUER en Alemania, que genera el equivalente a cuatro millones de euros en intercambio de bienes y servicios, con más de 2000 consumidores y 600 empresas adheridas a esta moneda local. En España, tenemos el ECO, en tierras valencianas con más de 1.000 usuarios, el BONIATO en Madrid, el PUMA en Sevilla o el EXPRONCEDA en Extremadura. A nivel internacional, la organización más importante en este sentido quizás sea RES, con origen en Bélgica hace más de medio siglo, y con presencia en varios países europeos, entre ellos España, y que cerró el año pasado con 22.000 operaciones.

Las características de estas monedas son similares: normalmente su paridad es de un euro, pero para incentivar su uso se ofrecen bonificaciones del tipo pagas 10 euros y te llevas 11 de la moneda X. El soporte puede ser físico (60.000 Exproncedas hay circulando en Almendralejo en billetes de 1, 5, 10 y 20, timbrados por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre) o electrónico, con una tarjeta monedero normalmente, y ya se estudia la posibilidad de usar el móvil. Además, para impedir su especulación y acaparamiento (aunque a mí no se me ocurra quien pueda estar interesado en acaparar Ecos o Boniatos) y fomentar igualmente su uso, pueden estar sujetos a un proceso de pérdida de valor si no se gastan en un periodo determinado de tiempo.

¿Pero cuáles son las ventajas de estas monedas? La principal es el fomento de la economía local ya que esta moneda, al ser sólo reconocida y aceptada entre sus usuarios, puede ayudar al desarrollo del comercio de esa zona concreta. Los más fervientes defensores aducen también que estas monedas no están sujetas a inflación, especulación y son inmunes a las burbujas financieras, ya que están limitadas al número de usuarios. Asimismo, también hablan de beneficios sociales, ya que su carácter participativo y dinamizador de las relaciones con los vecinos, fomenta el espíritu organizativo, dando al proceso connotaciones políticas y sociales.

Los inconvenientes están claros: el limitado número de usuarios y el localismo de la moneda. Con respecto al primero, sus defensores opinan que sólo es cuestión de tiempo que el número de usuarios vaya aumentando. Con respecto al segundo, existe un proyecto denominado CES Exchange, donde se establece una vía para intercambiar bienes y servicios entre todas las monedas sociales registradas a nivel mundial.

Sin embargo, hay una serie de críticas añadidas. Por ejemplo, el fomento del consumo en mercados cerrados, demonizando al producto exterior, lo que lleva al proteccionismo a ultranza y a la consiguiente falta de competencia. Por otro lado, el hecho de que estas monedas se estén desarrollando en su mayor parte desde plataformas antisistema o, en el mejor de los casos, desde colectivos vinculados al 15M, conllevan una serie de efectos colaterales, como son el hecho de que muchos de los bienes y servicios ofertados estén dentro de la economía sumergida, con lo que estas monedas pierden su carácter de complementariedad con el euro y pasan a situarse fuera del sistema, detrayendo recursos al mismo.

En estos momentos hay más de 70 monedas sociales en España, sólo contando las registradas en las 2ª Jornadas de Monedas Complementarias aunque no se descarta la existencia de más. Y su uso, aunque todavía marginal, se espera que alcance una cierta significancia a lo largo del tiempo, según apoyan sus defensores, ya que determina un medio de contraprestación a bienes y servicios que normalmente quedan fuera del sistema económico, como economías domésticas, reutilización de enseres o trabajos de voluntariado social. Además, el momento de crisis actual hace que muchas personas a las que se les ha acabado las prestaciones se vean expulsadas del sistema económico, lo que les convierte en usuarios ideales de estas monedas sociales.