Las bajas de trabajadores por cuenta propia, los famosos autónomos, empiezan a inquietar a alguien. Digo a alguien, porque al Gobierno desde luego no, visto lo visto. Aún recuerdo con una sonrisa macabra la grandilocuente Ley de la Economía Sostenible, que ha sido, como era de esperar, papel mojado.

La economía no se reactiva escribiendo leyes, y menos una que aprovecha para satisfacer las ínfulas de determinados creadores a lo Ramoncín (con todo el respeto a este maravilloso personaje, no vaya a considerar que atento contra su honor) o prácticamente elimina la deducción por adquisición de vivienda habitual (y ahora se favorece la obra nueva con un IVA al 4%, bendita coherencia).

La economía del ladrillo no funciona, esto lo tiene medio claro la sociedad (aunque me temo que no del todo). La industria intensiva en mano de obra, tampoco, ya que los países antes emergentes (ahora nuestros amigos ahorradores) fabrican igual o mejor y a más bajo precio. El turismo tira de las economías de determinadas zonas, pero tampoco se libra de la competencia de otras zonas con infraestructuras más nuevas, igual de bonitas y más baratas.

Para bien o para mal, la economía del futuro ofrecerá trabajos muy diferentes a los actuales, cuya formación continua será imprescindible. Más cualificación por menos sueldo, nos guste o no. En economía tratamos con recursos escasos, y la riqueza de las naciones lo es, y entramos en la Era de los países como China, Brasil o las India. Y esta gente atrae para sí una parte de la riqueza que guardábamos celosamente los europeos carcamales.

Con un panorama complicado y complejo, deberíamos estar preparados para la batalla económica. Los autónomos, en realidad, son las tropas de choque de la economía, los especialistas en táctica de guerrillas. En lugar de fomentar estas levas vitales para los nuevos campos de batalla, la sociedad vanagloria los funcionarios (en tiempos de guerras escribanos), los héroes efímeros (futbolistas y demás, que no ganan ninguna batalla sin un ejército) y las grandes fortunas (los banqueros siempre ganan, otra cosa es que decidan vencer con nosotros o con el enemigo).

Ser autónomo es un calvario, peor que el ya penoso trabajo por cuenta ajena en muchas ocasiones. Normalmente no se gana más que el personal contratado, no se disfruta de horarios fijos ni vacaciones remuneradas y, si se fracasa, se responde con el patrimonio presente y futuro. Y que no se le ocurra acudir al banco para solicitar una hipoteca o un préstamo personal, que la cara del director cuando nos dice que no es para grabarla. Uno dirá que se trabaja para sí mismo, en lo que a uno le gusta. Pero esta visión es un tanto idílica para una gran parte del colectivo (mención aparte el autónomo económicamente dependiente, que ni trabaja para sí mismo ni goza de la protección del trabajador contratado).

Si queremos emprendedores, una economía dinámica capaz de hacer frente a los retos de un mundo globalizado, tendremos que reformar el sistema tributario, la normativa laboral, la cultura funcionarial y bastantes otros aspectos. No con leyes pomposas, sino con reformas decididas y valientes. La hora de los timoratos ha terminado, vencer o morir (permitidme esta licencia poética, me he emocionado).