El título puede conducir a la conclusión de que un servidor, economista charlatán de profesión y vocación, se cree mejor que un camarero. Desde luego no del que me sirve las cañitas en jarra helada al finalizar mi jornada laboral.

No pretende ser este post un alegato a la pedantería profesional o una sublimación de las virtudes intelectuales frente al trabajo manual. Admiro el esfuerzo, la dedicación y el sacrificio, en un peón de la construcción, en un camarero de chiringuito playero o en un economista rellenando declaraciones fiscales.

Tampoco es una queja porque muchos camareros cobren más que yo, lo cual es algo que marca el propio mercado y las propias capacidades. Y admito también que el valor añadido que puede aportar un economista que realiza una determinada función en una empresa puede ser menor que el valor añadido que suministra un determinado camarero a la cadena de valor.

Mi crítica tiene que ver con nuestro sistema educativo, valores sociales y empleos que proporciona nuestro tejido empresarial.

Un chico con 17 o 18 años no debería poder formularse la siguiente cuestión: ¿para qué estudiar una carrera, si al final cobraré menos que sirviendo copas? Mientras exista la posibilidad de hacerse esta pregunta, la economía no generará empleos y empresas intensivas en mano de obra cualificada, y seguiremos compitiendo en el terreno de la mano de obra menos cualificada, en el que los sueldos bajos se impondrán paulatinamente.

España no puede competir con China o la India en base a un sistema productivo que genera demanda de obra poco cualificada, salvo que estemos dispuestos a cobrar mucho menos y vivir peor. El Banco de España, cuyos informes a veces resultan útiles, constata algo que los economistas llamamos efectos perversos: los sindicatos, en una negociación colectiva anclada en épocas pasadas y supuestamente protectora de los trabajadores poco cualificados, ha conseguido aumentar los salarios de este colectivo, pero se ha desentendido del empleo cualificado y ha desincentivado la formación.

Calcula el Regulador que los nacidos después de 1978 al cumplir los 17 años empezaron a observar que los salarios menos cualificados subían más que los más cualificados. Y estadísticamente podemos ver como las mejoras educativas producidas hasta 1977 empezaron a decaer a partir de esta fecha.

No me quedo en la crítica a la falta de visión sindical; los empresarios de este país han dado muestras de paletismo manifiesto. Ganar dinero rápido y salir corriendo. No voy a dar ejemplos, pero en la mente de todos hay más casos de malos empresarios que de buenos, que los habrá.

Y la propia sociedad, que adora a efímeros ídolos del balonpié y menosprecia el trabajo concienzudo, el esfuerzo y las ganas de aprender.

Las crisis crean caos, pero del desorden puede salir un equilibrio mejor. El dinero es un aliado muy volátil, el conocimiento no. A ver si de una vez por todas entendemos que la formación es la clave del bienestar futuro.