Habitualmente se ha considerado una desgracia tener que dejar nuestro hogar para emigrar a otro país en busca de empleo.

Emigrar para trabajar no es una novedad para nosotros. Y la historia se repite,  no somos tan diferentes a nuestros abuelos, al final. A modo de anécdota, el país donde más españoles hay viviendo según el PERE (Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero)  actualmente es Argentina (345.866 españoles en ese país), y el pasaporte de la imagen es de un antepasado mío que volvió de Argentina en 1918. La historia se repite.

Con tasas de paro del 20% de media y de más del 40% entre los jóvenes, emigrar, para encontrar trabajo y desarrollar el potencial de la generación mejor formada de nuestra historia, no debería ser visto de forma negativa.

Sin duda estamos desperdiciando capacidad productiva de nuestras generaciones, pero mejor que viajen a otras tierras, conozcan otras culturas y lenguas y produzcan para el mundo que quedarse parado en nuestro país a la espera de que la crisis arrecie.

Si los emprendedores somos capaces de crear empleos nacionales interesantes, no dudo que nuestros jóvenes estarán encantados de volver a sus hogares y aportar sus conocimientos. Esta es la tarea que tenemos todos entre manos, cada uno en su esfera de influencia, generar un mercado laboral que pueda dar salida a las aspiraciones de la población dispuesta a trabajar.

El problema es que el modelo económico basado en mano de obra poco cualificada no puede competir con otros países cuyas rentas del trabajo son mucho menores. Ya hace mucho tiempo que sabemos que debemos ser capaces de generar empelo cualificado si queremos competir con nuestros vecinos. El problema es que la cultura del sacrificio, la austeridad y el mérito brilla por su ausencia en muchas capas de nuestra sociedad. Y deberemos cambiar si queremos una economía fuerte.

Países como Alemania, con un crecimiento de su PIB del 3,6% en el 2010, o Turquía, creciendo el año pasado a tasas del 8,9%, son destinos laborales que nos están quitando brazos y cerebros. El primero con profesiones muy cualificadas en sectores como la ingeniería civil y las telecomunicaciones, y los turcos en la construcción, el sector textil o el incipiente negocio turístico.

El deteriorado mercado laboral español, como contrapartida, ha frenado de forma brusca la llegada de nuevos ciudadanos foráneos. Si antes de la crisis llegaban más de 500.000 inmigrantes por año, en el 2008 la cifra de entradas se redujo en 400.000 incorporaciones, para caer a 100.000 en el 2009 y no más de 6.000 en el 2010. Muchas personas que llegaron para incorporarse como mano de obra al «milagro español» han visto como sus expectativas de generar riqueza se han venido abajo.

Y los que pueden se vuelven a sus países, algunos voluntariamente en busca de mejor fortuna y del cariño de los suyos y otros forzados por las deudas hipotecarias que dejan en nuestros bancos. Nadie les contó que en este país la deuda hipotecaria es una condena de por vida.

Tiempos aciagos los que nos han tocado vivir, sin duda. Pero de emigrar hay que quedarse con lo bueno: conocer otras culturas, otras gentes y otros lugares. Y formarse en un mundo cada vez más internacionalizado.

Lo único que espero es que seamos capaces de generar los empleos que los nuestros se merecen y en unos años comentemos la llegada masiva de nacionales expatriados.