El otro día, vía Meneame pude ver este interesante experimento.

Una secuencia de líneas consecutivamente trazadas por 500 individuos es un experimento hecho con una herramienta que permite a los usuarios sólo una cosa: Trazar una línea. Cada usuario sólo ve la última línea trazada, y es la que debe copiar tan fielmente como pueda. A medida que la linea va copiándose una y otra vez, cambia y evoluciona acumulando y exagerando temblores, imperfecciones y errores. El experimento se ha usado como metáfora de la evolución.

Me gustaría darle una vuelta más al experimento y en vez de enlazarlo con la evolución, hacerlo con la denominada «Tiranía de las pequeñas decisiones», una teoría al que el economista Kahn bautizó tras observar la retirada de los servicios ferroviarios de pasajeros en Ithaca, Nueva York.

El ferrocarril era la única manera fiable de entrar y salir de Ithaca. Ofrecía servicios con independencia de las condiciones climáticas, tanto con buen como con mal tiempo, en temporada alta y baja. La aerolínea y la compañía de autobuses locales funcionaban cuando las condiciones del tráfico eran favorables, dejando al tren que entrara en acción cuando las condiciones eran difíciles. El servicio de trenes finalmente se cerró, debido a que las decisiones individuales colectivas adoptadas por los viajeros no proporcionaron al ferrocarril los ingresos que necesitaba para cubrir sus costes marginales. Según Kahn, esto sugiere una prueba económica hipotética sobre si el servicio debería haberse cerrado o no.

Supongamos que todas las personas de las ciudades a las que ofrecía servicio se preguntasen cuánto estarían dispuestas a comprometerse a pagar de forma regular durante algún período de tiempo, digamos un año, por billetes prepagados, para mantener el servicio de pasajeros por ferrocarril disponible para su comunidad. En la medida en que la cantidad que se habría comprometido a pagar hubiera superado lo que realmente pagaba en el período, y que en mi propio experimento introspectivo se muestra que estaría dispuesto, la desaparición del servicio de pasajeros sería un episodio de fallo del mercado.

El fallo para reflejar el valor total que supondría a los pasajeros mantener disponible el servicio de ferrocarril, tenía sus orígenes en la discrepancia entre la percepción del tiempo dentro de la que los viajeros actuaban, y la percepción del tiempo dentro de la que funcionaba el ferrocarril. Los viajeros estaban adoptando muchas decisiones a corto plazo, decidiendo en cada viaje en particular si ir en tren, en coche, autobús o con la aerolínea local. Sobre la base de los efectos acumulativos de estas pequeñas decisiones, el ferrocarril adoptó una importante decisión a largo plazo, «casi a todo o nada y de una vez por todas», si mantener o abandonar su servicio de pasajeros. Tomada cada una por separado, cada pequeña decisión de viaje adoptada de forma individual por los viajeros tenía un efecto insignificante sobre la supervivencia del ferrocarril. No habría sido racional para un viajero considerar la supervivencia del ferrocarril en peligro por cualquiera de sus decisiones particulares.

El hecho es que cada elección de x sobre y constituye también un voto para eliminar la posibilidad de elegir posteriormente y. Si suficiente gente vota a favor de x, asumiendo de forma necesaria que y va a seguir disponible cada vez, lo que ocurre es que y, de hecho, puede desaparecer. Y esta desaparición puede constituir una privación genuina, por la que los clientes podrían haber estado dispuestos a pagar algo para evitar. La única opción que ofrecía el mercado a los pasajeros para influir en la decisión a largo plazo del ferrocarril era, de este modo, más breve en su perspectiva del tiempo, y la suma total de nuestras compras individuales de billetes de tren de forma necesaria sumaba una cuantía inferior a nuestro interés real en que el servicio de ferrocarril siguiera disponible. Fuimos víctimas de la «tiranía de las pequeñas decisiones.»

Eugen von Böhm-Bawerk, un economista austríaco, observó que las decisiones adoptadas con perspectivas de poco tiempo pueden tener una calidad seductora:

Ocurre con frecuencia, creo, que una persona se enfrenta a una elección entre una satisfacción o insatisfacción presente y otra futura, y que decide a favor del menor placer presente incluso si sabe perfectamente, e incluso es expresamente consciente en el momento en que toma la decisión, de que los perjuicios futuros son mayores y que por tanto su bienestar, en conjunto, sufre como consecuencia de su elección. El «vividor» despilfarra toda su asignación mensual los primeros días en frívola disipación, aunque ve claramente con antelación su futura penuria y privación. Aún así, es incapaz de resistirse a las tentaciones del momento.

Muchas pequeñas decisiones nos han llevado a esto, la seducción del corto plazo que en nuestro país es demasiado tentadora. Ley del suelo…. Plan E…. Ayuntamientos… Empresas publicas…. Impuestos… Cajas…. Corrupción… Subvenciones…. Falta de escrúpulos…. Permisividad…. Fraude fiscal…. Borreguismo… Irresponsabilidad…. Gasto privado….

Al final. Nos quedamos sin tren.