Vender una casa no es un juego. Tampoco lo es desprenderse de unas acciones o un fondo de inversión. Sin embargo, muchas veces actuamos como si lo fuera a la hora de realizar una transacción tan importante para nosotros, sobre todo con la vivienda en el caso de las familias.

Veamos como funciona este “juego” tan peligroso. Imagina que, durante el boom previo a la crisis, compraste una casa por 250.000 euros con una hipoteca de 160.000 euros que, ahora que tu pareja se ha quedado en paro, parece demasiado elevada.

Poco a poco, te das cuenta además que la compraste demasiado cara y quieres venderla para irte de alquiler o a una más barata. Pones tu anuncio y, tras varios meses de espera, por fin te llega una oferta. Te pagan 230.000. Con esta cantidad te llega para cancelar la hipoteca y te queda un remanente para tener unos cuantos años de alquiler asegurados.

Racionalmente, parece una buena operación. Pero el problema es que, en estas, aparece la fuerza de lo irracional: “Es que pierdo dinero, prefiero esperar a que me llegue una oferta por 250.000, por lo menos le empato”, piensas. ¿Irracional? ¿Es irracional no querer perder dinero?

Si te paras a pensarlo, en este caso sí. En realidad, que ganes o pierdas en una operación resulta del todo intrascendente. Lo que debería importarnos es qué podremos hacer con el dinero recibamos de la transacción, no si en la transacción hemos tenido un saldo positivo o negativo.

Que en nuestro ejemplo empates o pierdas no tiene ninguna repercusión para ti. No te van a dar ningún dinero extra por no perder. De hecho, en el caso de los activos financieros hasta es más bien al revés, las pérdidas te pueden compensar fiscalmente los beneficios de los próximos años.

Hagamos una pequeña trampa para hacerlo aún más claro. Imagina antes de recibir la citada oferta por tu casa te das un golpe y empiezas a sufrir amnesia, lo que te lleva a olvidar el precio al que habrías comprado la casa. Aún así, decides seguir adelante con la operación. ¿Aceptarías entonces los 230.000 euros? ¿Qué harías para decidirlo?

Probablemente mirarías a cuánto se está vendiendo el metro cuadrado en otros inmuebles parecidos, buscarías en comparadores online el metro cuadrado en tu zona, estudiarías a qué tipo de vivienda aspirarías con el dinero que te sobrara una vez amortizada la hipoteca… Y, a la luz de toda una serie de variables, decidirías si te resulta interesante aceptar la oferta o no.

Te habrías librado entonces de los sentimientos que nos agarran a un bien para no “perder” en una operación. De esa visión de casino, de juego… del miedo a ser perdedor. En el fondo, puede haber incluso un tema de “ego”, de soberbia, aunque eso dependerá de cada uno y su forma de ser.

Este juego puede tener efectos secundarios peligrosos. Con las acciones se puede ver muy claro. Pongamos un inversor que ha comprado unas acciones de Telefónica a 18 euros y el mercado de pronto empieza a hundirse, la cotización se desploma hasta 10 euros y nuestro amigo no vende. Pasado un tiempo, la cotización se va recuperando, y llega hasta 17,5 euros. Nuestro amigo está contento ahora que prácticamente ha recuperado la inversión y piensa vender. Pone la orden de venta a 18 euros, para “empatarle”. Sin embargo, de nuevo vuelve el pánico al mercado y la acción se vuelve a desplomar.  Por no haber querido “perder”, el inversor se quedará otra eternidad atrapado en el valor.

Con los inmuebles, la situación puede ser aún más dramática. Si no vendes, puede que el precio de tu vivienda caiga por debajo del total de la hipoteca que te queda por amortizar, lo que te llevaría a deber más de lo que tienes. Y el riesgo de quedarte con la deuda y sin la casa, a la falta de lo que se acabe dirimiendo en los juzgados sobre este asunto.

El “responsable” de este error a la hora de tomar decisiones y, las consecuencias que provoca, es el llamado “anclaje” o anchoring. Se trata de un sesgo mental que se produce por la fijación que generamos en torno a una cifra o una estadística inicial a la hora de resolver un problema. Los primeros en hablar de ello, aplicándolo a conceptos económicos, fueron el ganador de un Nóbel Daniel Kahneman y su colega Amos Tversky en un artículo publicado en Science.

En un mundo complejo, parece que necesitamos algún tronco al que agarrarnos rápidamente para no sentirnos perdidos. Y el anclaje nos echa una mano en ese sentido… pero con graves contraindicaciones si no somos conscientes de ello.

Por lo menos, ten presente esto: a nadie le importa si pierdes o ganas con tus operaciones. Ni siquiera debería importarte a ti. Esto no es un juego.

Vicente Varó, community manager de la red social financiera Unience