Ya que hoy estamos de fiesta y los pocos que me estén leyendo tendrán mucho tiempo libre, me gustaría comenzar el artículo con un vídeo del programa Redes, titulado «Somos predeciblemente irracionales»:

Cuando tomamos decisiones creemos que tenemos el control y hacemos elecciones racionales, pero ¿es así? ¿Tenemos realmente el control sobre nuestros actos, sobre cómo gestionamos nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestras energías y nuestros afectos? Nos gusta pensar que sí, pero Dan Ariely, profesor de psicología del consumo del MIT y autor del libro “Las trampas del deseo“, puede demostrar que no somos tan dueños de nuestras decisiones.

En un supermercado, icono de nuestras decisiones como consumidores, Ariely le explica a Eduard Punset que la economía estándar basa todos sus modelos en la presuposición de que todos sopesamos racionalmente todas las ramificaciones de cualquier potencial decisión antes de tomar decisiones. Sin embargo, la nueva rama de la economía conductual demuestra con muchas pruebas empíricas que nuestro comportamiento suele ser insensato sino que nuestra irracionalidad también se puede predecir.

¿En qué consiste la economía conductual? ¿En qué se diferencia de la economía normal?

En general, tanto la economía normal como la conductual se interesan por los mismos temas y cuestiones. Las elecciones que realizan las personas, los efectos sobre los incentivos, el papel de la información, etc. Sin embargo, a diferencia de la economía normal, la economía conductual no asume que las personas son racionales. Por el contrario, la economía conductual parte de cómo se comportan las personas en realidad, con frecuencia en un entorno de laboratorio controlado en el que podemos entender mejor el comportamiento, y lo utiliza como punto de partida para construir nuestra idea de la naturaleza humana. Al utilizar un punto de partida distinto, la economía conductual habitualmente llega a conclusiones diferentes sobre la lógica y la eficacia de casi todo, en cuestiones que abarcan desde las hipotecas, pasando por los ahorros hasta la asistencia sanitaria, tanto desde una perspectiva personal como empresarial.

Incluso si los consumidores se equivocan de vez en cuando, ¿no lo arreglaría el mercado?

Siempre he encontrado la atracción por los dioses del mercado un tanto extraña. ¿Por qué arreglaría el mercado los errores en lugar de empeorarlos? Algunos economistas afirman que cuando las personas se equivocan, la gente comete distintos tipos de errores que al final se anulan mutuamente en el mercado. La economía conductual argumenta que, por el contrario, la gente cometerá con frecuencia el mismo error, y que los errores individuales pueden sumarse en el mercado. Tomemos la crisis de las hipotecas de alto riesgo, que es un buen ejemplo de ello y de cómo el funcionamiento del mercado contribuye a empeorar la suma de errores. No es como si algunas personas cometiesen un tipo de error y otras otro tipo. El hecho fue que mucha gente cometió los mismos errores, y el mercado nos llevó a la situación en la que estamos ahora debido a esos errores.

¿No es la economía conductual una perspectiva deprimente de la naturaleza humana?

Es cierto que desde una perspectiva conductual de la economía somos falibles, se nos confunde con facilidad, no somos tan listos y con frecuencia somos irracionales. Nos parecemos más a Homer Simpson que a Superman. Por tanto, desde este punto de vista, es bastante deprimente.

Tomemos el mundo físico por ejemplo. Construimos productos que funcionan con nuestras limitaciones físicas. Sillas, zapatos y coches se diseñan todos ellos para complementar y mejorar nuestras capacidades físicas. Si tomamos algunas de las lecciones que hemos aprendido del trabajo con nuestras limitaciones físicas y las aplicamos a cosas que se ven afectadas por nuestras limitaciones cognitivas, pólizas de seguros, planes de pensiones y seguros médicos, seremos capaces de diseñar políticas y herramientas más efectivas, que sean más útiles en el mundo. Esta es la promesa de la economía conductual, una vez que entendemos donde se encuentran nuestras debilidades o dónde nos equivocamos, podemos intentar arreglarlo y construir un mundo mejor.

Retomemos el tema de la crisis de las hipotecas de alto riesgo. Imaginemos que comprendimos lo difícil que es para la gente calcular la cuantía de la hipoteca que puede asumir, y en lugar de crear una calculadora que nos dijera el máximo que podemos pedir prestado, nos ayudase a determinar lo que deberíamos solicitar. Sospecho que si tuviéramos este tipo de calculadora (y si la gente la utilizase) mucho de la catástrofe de las hipotecas de alto riesgo se podría haber evitado. Esto, por supuesto, es una idea para arreglar el problema, y hay muchas maneras de pensar cómo mejorar nuestras vidas con muchas de las decisiones que adoptamos todos los días. Esta es la razón por la que creo que la economía conductual es tan optimista, útil e importante para nuestra vida personal y para la sociedad.