Todos hemos oído hablar de este famoso síndrome, que algunos explican como una simple reacción psicológica que lleva a la víctima de un secuestro, o retención ilegal, a encontrar una cierta complicidad con su captor. En casos extremos, el secuestrado llega incluso a ayudar al secuestrador a huir de la policía  o a evadir la acción judicial.

El caso quizás más famoso y conocido fue el de Patricia Hearst, nieta de un afamado y rico editor, que tras ser secuestrada por el Ejercito Simbiótico de Liberación (tiene tela el nombre) y una vez liberada, terminó uniéndose a la banda.

De los varios aspectos que los expertos en esta materia destacan para explicar por qué se produce este síndrome, me quedo con aquel que dice: “la víctima y el autor del delito tienen algo en común, como es el hecho de querer salir ilesos de la situación”.

Ese aspecto común les lleva a colaborar y como al final resulta que “el roce hace cariño”, pues pueden terminar entendiéndose.

Pero conviene recordar que a pesar de la explicación psicológica del fenómeno, sigue habiendo un delincuente y una víctima, con independencia de que se acaben entendiendo y perdonando.

SI todo este tema lo trasladamos a la economía en general, o en particular a la situación económica de nuestro país ¿acaso no es cierto que los ciudadanos en su conjunto, víctimas indiscutibles de la crisis, estamos en cierto modo ayudando o restándoles responsabilidad a los culpables de la situación?

Durante estos tres últimos años, por distintas vías, hemos identificado a aquellos agentes que de forma activa han contribuido, en mayor o menor medida, a generar la situación actual: hemos señalado al sector financiero como principal actor, pero seguido muy de cerca por la casta política (de todo color y condición), hemos también señalado con los dedos restantes de la mano a constructoras e inmobiliarias. Y por último también a una parte de la sociedad que jugó a especular con los ladrillos. Sin olvidar a organizaciones empresariales y sindicatos de trabajadores.

Y, como reza el dicho: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”. Y me estoy refiriendo a la sociedad del “bienestar”.

Estos últimos días hemos desgranado muchos datos alarmantes:

PRIMERO.- Por ejemplo, el avance de los datos de la “Encuesta de condiciones de vida” del año 2010 que publica el INE, nos proporciona unos datos muy significativos:

Esa misma encuesta de condiciones de vida también nos aporta otro dato por el que en ocasiones nos hemos preguntado en este blog. Me refiero a la distribución del régimen de tenencia de la vivienda principal:

Que prácticamente la mitad de los hogares disponga de viviendas en propiedad sin hipoteca, explica, tal vez, por qué se aguanta todavía la grave situación económica por parte de muchas familias sin que la situación social se deteriore hasta extremos que rayen en el conflicto social.

SEGUNDO.– Es conocido por todos que en este momento la tasa de desempleo en España supera el 20%. La verdad es que reconocer que una de cada cinco personas trabajadoras está en paro es un dato escalofriante. En concreto el dato oficial del INE sitúa la tasa de paro en el 20,09 a cierre del segundo trimestre. Pero ya sabemos que los datos de Septiembre incrementan esa cifra aun más.

TERCERO.- También somos conocedores del dato que augura que hacia 2026 el sistema de pensiones alcanzará la quiebra de no mediar medidas rápidas y contundentes que deberían aprobarse ya.

Inquietante es el dato de que en realidad estas medidas lo único que podrán es retrasar esa quiebra para situarla alrededor de 2040. Pero que en todo caso será inevitable.

Manifiesta recientemente Rodrigo Rato (por todos conocido, huelgan pues presentaciones) que esa situación se producirá en 2022. Ese año el sistema de pensiones entrará “en barrena”.

Rato presentó recientemente las conclusiones de una comisión creada por Unespa para analizar el futuro del Estado de bienestar. La comisión rechaza la existencia de una edad de jubilación obligatoria y estima que hay que desincentivar las prejubilaciones.

Juan Chozas, ex secretario general de Empleo; Juan Manuel Eguiagaray, ex ministro de Industria; José Maria Fidalgo, ex secretario general de Comisiones Obreras; el catedrático Víctor Pérez Díaz; el profesor de Columbia y la Pompeu Fabra Françesc-Xavier Sala-i-Martín; y la presidenta de Unespa, Pilar González de Frutos, advierten que la cuestión de las pensiones debe movilizar a toda la sociedad, con el objetivo de concienciarse sobre la magnitud de este problema.

Analizados los tres datos anteriores y considerando que no es necesario enumerar muchos otros que podrían enriquecer la explicación, vuelvo al inicio de la cuestión que se plantea en este artículo: ¿nos afecta el síndrome de Estocolmo en esta situación de crisis? ¿No sabemos perfectamente quienes son culpables y quienes son víctimas en esta situación?

Sin embargo, la respuesta ciudadana ante esta situación es tibia, muy tibia.

Rectores de cualquier institución financiera que han alentado esta crisis, ya sean bancos o cajas; responsables de cualquier partido político en la que miembros de los mismos se han visto involucrados en infinidad de asuntos turbios; responsables de cualquier gran empresa o pequeña empresa constructora que deja a medio hacer pisos de los que ya han recibido pagos; responsables de organizaciones empresariales o sindicales que han ejercido de efigies egipcias tendiendo una mano por delante a sus representados y cobrando con la otra por detrás…..

¿Acaso no siguen todos ellos ahí, en sus puestos? Y nosotros que somos los secuestrados, los retenidos, ¿acaso no somos cómplices por omisión de esta situación? ¿Hacemos algo por cambiarla?

O tal vez lo cierto es que la magnitud de todo este problema  hace que ambas partes queramos superarlo sin entrar, de momento, a exigir responsabilidades.

Como se decía al inicio del síndrome de Estocolmo:

“La víctima y el autor del delito tienen algo en común, como es el hecho de querer salir ilesos de la situación”.

A la vista de los datos y de la enorme magnitud del problema, de forma más castiza, se suele decir: ¡Virgencita que me quede como estoy!