Es evidente siguiendo la Historia que estamos en camino de trabajar cada vez menos horas sin por ello reducir nuestra productividad. A eso ha ayudado la evolución técnica y tecnológica pero también los movimientos sociales iniciados hace casi dos siglos que consiguieron que la sociedad de los países más avanzados tuviera más en cuenta a los trabajadores. No se puede excluir una cosa sin la otra: en Corea del Sur, por poner un ejemplo donde todo ha ocurrido mucho más rápido que en Europa, en pocos años la tecnología y el trabajo a destajo les llevó a convertirse en una potencia económica pero si no llega a ser por los sindicatos todavía estarían trabajando, a pesar de la tecnología, jornadas de 60 horas semanales (actualmente son de 44 gracias a la Ley sobre normas del trabajo –LSA- y la Ley sobre sindicatos y ajustes de relaciones laborales –TULRAA-, enmendadas por última vez el 20 de febrero de 1998). De hecho, sólo las grandes empresas –las que disponen de convenios colectivos – dan más de una semana de vacaciones pagadas, y normalmente se limitan a dos semanas.

El sindicalismo europeo actual nace a partir de 1945 en el que el movimiento comunista europeo, siguiendo las consignas de la Tercera Internacional –curiosamente inspirada por Stalin- debía cambiar sus estrategias de asalto violento al poder, trocándolas por la vías parlamentarias, copiando el modelo socialista. En lo político, triunfó la socialdemocracia y en lo sindical se instauró una estrategia de conciliación: ya no hacía falta luchar contra el poder, sino participar de él con el objetivo de la defensa de los intereses de los afiliados primero y de los trabajadores en general después. Pronto se impusieron más las fronteras de los países que la “internacionalización”. Tampoco se pretendió la cogestión, la representación sindical quedó excluida de los órganos de dirección de las empresas y en su lugar se establecieron organismos de encuentro, negociación y arbitraje a distintos niveles (desde la empresa al estado pasando por los convenios sectoriales), convirtiéndose en un contrapoder de la dirección de las empresas y también de la propia labor intervencionista de los estados. No fue el caso de España en el que hasta hace 35 años había un sindicato único y varios clandestinos de los que derivan los actuales, quizás por ello menos modernos –y más dependientes del dinero público- que los de otros países de nuestro entorno.

Es probable que muchos crean que los sindicatos no tienen mucho sentido y por ello tengan tan poco éxito pero es cierto que a veces medidas que el gobierno considera inaceptables son tomadas sólo después de la presión de una huelga, y eso sólo se puede conseguir con organización. Los sindicatos deben conseguir menos horas y más salarios pero sin mermar los beneficios de la empresa pues viven de ella, es una labor dura pero creo es necesaria. Muchos creen que la tecnología por sí misma seguirá reduciendo las horas de trabajo y creo eso puede ser cierto en el sector industrial pero no en otros porque nuestra cada vez mayor sed de ocio provoca que las tiendas abran festivos o incluso ininterrumpidamente por poner un ejemplo. Es bien cierto que Internet ahorra tiempo y costes. Como resulta más barato muchos americanos confían en asesores fiscales de la India para hacerles la declaración, todo “on-line”, sin desplazamientos. Es un buen ejemplo de globalización pero también es cierto que las compras por Internet que hacemos habitualmente movilizan a un sector de distribución que hasta hace pocos años era mucho más reducido: empaquetadores, camioneros, transportistas…sectores en los que hay pocas posibilidades de trabajar por vocación, lo que sería la situación ideal.

Por eso es importante que no perdamos de vista los derechos de los trabajadores, debemos seguir luchando por trabajar menos horas, porque los lunes empecemos después y los viernes acabemos antes y por una mejor retribución si se trabaja en festivo y no olvidar que la tecnología por sí misma no nos arreglará la vida laboral. El trabajo, salvo que sea una vocación que entonces es más ocio que trabajo, es un arma para conseguir dinero y con ese dinero vivir mejor, si más de la mitad del tiempo que estamos despiertos lo dedicamos a trabajar, quizás ese dinero resulte demasiado caro de obtener. Que en otras zonas económicas la situación sea mucho peor, no significa que en el nuestro sea ideal. También hay que mejorar sus derechos, por supuesto, pero poco podemos hacer para mejorar la vida laboral de alguien del Tercer Mundo, salvo confiar en que la parte buena de la globalización acabe alcanzándolo.

Como dice Pedro Larrea el sindicalismo actual en Occidente está en crisis porque “¿Contra qué capital tiene sentido cargar la munición reivindicativa? En una economía donde el capitalismo empresarial va adoptando un peso residual en beneficio del capitalismo patrimonial-financiero, las empresas pequeñas y medianas son las primeras víctimas de la crisis y el preludio del posterior desastre laboral. ¿Y enfrentarse a los gobiernos? En la medida en que los poderes locales se ven obligados a acatar la disciplina soberana de los mercados, su capacidad de maniobra como reguladores del sistema propende a desaparecer. La acción sindical prototípica a lo largo de la historia ha consistido en ejercitar toda la presión posible sobre unos agentes con nombres y apellidos, cara y ojos, nítidamente identificados, presuntos culpables de los fallos de un sistema por lo demás válido. Pero hoy no es fácil encontrar ni el quién ni el dónde ni el cómo.”

Efectivamente, en tiempos como los actuales es complicado discernir, pero si todos estamos de acuerdo en que hay que reducir los gastos cabe preguntarse si los propios sindicatos a veces son parte del problema. Esa es la sensación que muchos tienen en España, y es que según los PGE tanto UGT como CCOO reciben del estado 15.895.049,85 euros, sin incluir las subvenciones autonómicas. Según algunas fuentes ocupan 600 mil metros cuadrados de sedes cedidas por la Administración por la que se ahorran en alquileres en torno a 180 millones de euros. También está el escándalo del 1.65% de fondos que nos retiran de la nómina para “formación continua” (2.235.874 millones) de los que UGT, CCOO (y también la CEOE) cobran un 3% de comisión –que cobran por adelantado- por cursos que muchas veces ni se imparten o quedan vacíos y que –estoy convencido- la inmensa mayoría preferiría desaparecieran a cambio de ese 1.65%. Por último los 350 mil liberados de 57 sindicatos diferentes son una rémora para la productividad española. Aparte de escándalos como el dinero que ganan los sindicatos por negociar los ERES –según ellos por gastos en abogados y mediadores- que ha sido denunciado incluso por otros sindicatos, la verdad es que en España los sindicatos no gozan de gran popularidad y la inmensa mayoría querríamos que sólo se financiaran por las cuotas de sus afiliados. Lo que tenemos que entender es que eso es una contradicción, si queremos que hagan su –a mi juicio necesario- trabajo, deben tener fondos, y aunque estoy seguro podían recortar gastos, si no nos afiliamos más, no dispondrán de los suficientes.