Estaba equivocado. Durante estos años he mantenido una posición errónea y eso ha podido llevar a muchas personas a tomar una mala decisión que condiciene su economía durante muchos lustros. Me he visto cegado por un diagnóstico fallido y por mis múltiples prejuicios. Nadie se podía imaginar lo que iba a ocurrir y si bien eso no es ninguna disculpa si trato de justificar con ello mis imperdonables fallos.

Es por esto, que os pido disculpas y en vez de mirar hacia atrás con rabia os ruego mirar hacia adelante con esperanza para intentar ver que soluciones podemos encontrar entre todos para salir de esta situación.

¿Me perdonáis si os garantizo transparencia desde hoy y el máximo esfuerzo en salir de la crisis?

¿Por qué no he escuchado ningún discurso de este tipo por parte aquellos que actuaron de una manera errónea e interesada antes de la crisis? ¿Cómo puede ser que de tantos errores que se han cometido nadie los ha asumido? ¿Por qué cuesta tanto reconocer los errores cuándo las sociedad ha demostrado que perdona?

¿Cómo debemos actuar contra los que confiesasn su error?

De eso nos habla Kathryn Schulz en su libro «Beign Wrong» y nos dice que en nuestra vida privada, la respuesta es bastante fácil: la comprensión. Después de todo, si eres capaz de aceptar la admisión de un error con cierta gracia, todos ganamos. Por un lado ayudarás a detener un conflicto justo cuando se está gestando y por otro lado ayudarás a restaurar la intimidad y el humor sobre lo que estaba a punto de convertirse en una de esas peleas sin sentido.

En el dominio público, sin embargo, la situación es más complicada. Incluso para aquellos que tienen la convicción de que todos cometemos fallos y todos deben ser libres de cambiar de opinión, pueden en ocasiones encontrarse con errores muy difíciles de asumir. El problema lo encontramos que cuando nuestros políticos cometen errores y los costes (que a menudo no son pagadas por ellos) pueden ser enormes. Parece razonable exigir no sólo un reconocimiento de error, si no además algunos esfuerzos a paliar las consecuencias. A veces, sin embargo, esto es imposible. Nadie puede traer de vuelta los muertos de guerra, nadie puede compensar un niño durante doce años de mala escolaridad, nadie puede  compensar al que estuvo en la carcel o al que estuvo sin ver a su hija 10 años por un delito no cometido… y pese a todo, es posible que no necesiten admitir su error.

Hace medio siglo, un psicólogo social llamado Leon Festinger y dos colegas se infiltraron en un grupo de personas que creían que el mundo terminaría el 21 de diciembre. Querían saber qué pasaría con el grupo cuando la profecía fallase (y si no fallaba, fin del experimento). El líder del grupo, a quien los investigadores llamaron Marian Keech, prometió que los fieles serían recogidos por un platillo volador en la medianoche del 20 de diciembre. Muchos de sus seguidores renunciaron a sus puestos de trabajo y regalaron sus pertenencias, a la espera para el final. ¿Quién necesita dinero en el espacio exterior?. Otros esperaban en el miedo o resignación en sus hogares.

A la media noche, sin ninguna señal de una nave espacial en el patio, el grupo se sintió un poco nervioso. A los 2 de la mañana, empezaban a estar muy preocupados. A las 4:45 de la mañana, la señora Keech tuvo una nueva visión: El mundo se había quedado a salvo gracias a la Fé de sus seguidores. «Y poderosa es la palabra de Dios», dijo a sus seguidores, «y por su palabra habéis sido salvados de la muerte y en ningún momento se ha desatado esa fuerza sobre la Tierra. «

El humor del grupo pasó de la desesperación a la alegría. Muchos de los miembros del grupo, que no había sentido la necesidad de hacer proselitismo antes del 21 de diciembre, comenzaron a llamar a la prensa para comentar el milagro, y pronto se encontraron en la calle tratando de convertir a los peatones.

¿A donde quiero llegar con esta historia?. Mucho me temo, que la temida recesión y final del mundo económico tal y como lo conocemos ahora pueda ser como el platillo volante de Marian Keech, algo que no existe pero de lo que nos habrán salvado nuestros dirigentes mundiales gracias a la Fé de sus seguidores y si existe y llega (como el fin del mundo), poco importará ya.