Una hormiga y un saltamontes viven en el mismo campo.
Durante el verano, la hormiga trabaja día y noche recogiendo alimento para el invierno y preparando su casa para estar caliente durante los meses fríos que se aproximan y poder cuidar de sus hijos pequeños.
Mientras tanto, el saltamontes, canta y revolotea, come toda la hierba que desea.
Llega el invierno, el pasto se muere y hace mucho frío.La hormiga está en su casa, bien alimentada y abrigada, pero elsaltamontes que no se preparó para el invierno,se muere dejando un montón de crías, sin alimento ni refugio.
La moraleja de esta historia es que hay que trabajar duro para poder cuidar de uno mismo y de su familia.

Esta fábula la comentaban el otro día en el Financial Times , señalando como hormigas a Alemania, China y Japón, y como  cigarras a EEUU, Reino Unido, Grecia, Irlanda y España. Las hormigas producen atractivos artículos que las cigarras quieren comprar. Estas últimas preguntan a las primeras si quieren algo a cambio. “No”, responden las hormigas. “No tenéis nada que queramos, excepto, tal vez, un sitio junto al mar. Os prestaremos el dinero. De ese modo, vosotros disfrutáis de nuestros productos y nosotros acumulamos reservas”.

Así que surgen las siguientes preguntas ¿quién se beneficia de las fluctuaciones de los valores entre los saltamontes importación-superávit y las hormigas exportación-superávit? ¿Pueden coexistir ambos de forma fructífera?.

Veamos que cuentan, también, en el Financial Times.

En primer lugar, ¿quién se beneficia?

La respuesta tradicional es que ambas partes pueden beneficiarse de un intercambio voluntario. Esto incluiría estos «intercambios inter-temporales», en los que las hormigas ofrecen bienes a los saltamontes ahora a cambio de un pago futuro.

De hecho este planteamiento asume que las decisiones están bien documentadas, los mercados son flexibles y los contratos se hacen cumplir. Ninguna de estas asunciones parece tan verosímil. Una razón por la que la gente puede adoptar decisiones no debidamente documentadas es que, lo que algunos denominan «langostas» (capitalistas financieros) engañan tanto a los saltamontes como a las hormigas. En el mejor de los casos, la agencia y los problemas de información en los mercados financieros dificultan que las hormigas o los saltamontes entiendan lo que está ocurriendo. En el peor de los casos, las langostas utilizan su riqueza y conocimiento para amañar el juego para contar con ventaja.

Los mercados financieros son ciertamente objeto de ciclos de euforia y pánico. El mercado inmobiliario desempeña un papel muy importante. En los buenos momentos, subir los precios del suelo proporciona garantías para generar apalancamiento y supone un incentivo para asumir riesgos. En los malos momentos, una caída de los precios del suelo puede conducir a una quiebra masiva y a la amenaza de destruir las instituciones financieras apalancadas.

No podemos asumir que la financiación internacionales permita a las hormigas y a los saltamontes adoptar sabias decisiones sobre cuándo prestar y gastar. Las hormigas tienden a considerar que sus fondos se han gastado o invertido en la producción de activos no negociables, como los inmuebles. También suelen considerar muy difícil conseguir el pago por parte de las colonias de saltamontes. Es cierto, dentro de la zona euro, las poderosas naciones de hormigas podrían someter a control central a los países con dificultades, aunque solo se pudiera llevar a cabo respecto de los países más pequeños. Pero el equivalente sería posible frente a EE.UU., el mayor deudor neto.

La implicación parece ser que los saltamontes deberían al menos beneficiarse de una afluencia de recursos con frecuencia no correspondidos. Pero esa asunción no se garantiza si el resultado son unos niveles insostenibles de consumo y infrainversión en la capacidad para producir bienes y servicios comercializables. El desplome de la economía, cuando las afluencias de capital se detienen, puede ser muy doloroso, incluso más si un tipo de cambio fijo (o unión monetaria) exige un período en el que bajen los salarios nominales y los precios. Esta situación, por su parte, tiende a elevar el valor real de la deuda, empeorando la difícil situación de los terriblemente sobreendeudados saltamontes.

Con todo, parece improbable que los flujos netos a gran escala de deuda financiera de las hormigas a los saltamontes les haga mucho bien a ambos. Las hormigas, si bien es cierto, construyen su capacidad productiva, pero también acumulan activos de poca calidad y dependen de la que puede ser la demanda insostenible de los saltamontes. Las economías de las colonias de saltamontes, por su parte, dependen de las afluencias insostenibles de capital y del excesivo consumo. Cuando la gran fiesta acabe, ambas partes tendrán un enorme dolor de cabeza.

Esto me lleva a la siguiente pregunta: ¿es posible garantizar a las hormigas y a los saltamontes una coexistencia armoniosa?

Una parte de la respuesta debe reducirse a la inestabilidad de los mercados financieros. Este es el centro del debate sobre la regulación de la cual destacamos dos puntos, en primer lugar, intentar reducir los extremos del ciclo inmobiliario sometiendo a tributación el valor del alquiler de la tierra; en segundo lugar, eliminar los incentivos para el apalancamiento de la legislación fiscal.

De hecho, el mayor problema del sistema mundial, desde mi punto de vista, es el intento de las hormigas de proporcionar tanta «financiación de las ventas» a los saltamontes. Al final, tanto hormigas como saltamontes han acabado decepcionados. Un uso más productivo de los ahorros de las plusvalías y capacidad productiva de los hormigueros maduros podría prestarse a los más jóvenes. De este modo, la financiación fluiría para los países emergentes, en general, y para las inversiones fijas en los países emergentes, en particular. Es en estas últimas en las que existen mejores oportunidades para nuevas inversiones. También es en estas últimas en las que hay más posibilidades de generar la capacidad para liquidar y pagar los préstamos que han recibido.

Esta proposición aparentemente sensata acumula dos grandes dificultades en su contra: la primera es que casi todos los intentos de generar grandes flujos netos de capital a los países emergente durante las últimas tres décadas han acabado en crisis; la segunda es que, como consecuencia de ello, el mundo emergente ha decidido llevar actuales plusvalías de cuenta y reciclar las plusvalías en las mayores reservas en divisa extranjera, en 2010, por ejemplo, según el Fondo Monetario Internacional, la actual plusvalía de cuenta de los países emergentes será de 420 mil millones de dólares, con una acumulación de 630 mil millones de dólares de reservas.

De este modo, en conjunto, los países emergentes están reciclando plusvalías actuales de cuenta, más la afluencia de capital privado neto en las reservas. Casi todas estas plusvalías se generan en la emergente Asia, en general, y en China en particular, aunque estos países tienen las mejores oportunidades para invertir.

En la medida en que esta situación permanezca así, lo más probable es que las colonias de saltamontes del mundo desarrollado sigan siendo receptoras de capital neto, que seguramente seguirán despilfarrando. De hecho, bajo la presión de la propia crisis, muchas antiguas colonias de saltamontes están siendo obligadas a ser más parecidas a las hormigas. Si los ricos hormigueros de hoy en día no cambian su conducta, las plusvalías potenciales serán inmensas. O el mundo emergente en su conjunto empieza a absorber estas plusvalías en hormigueros potencialmente productivos más jóvenes, o el mundo se verá atrapado en una trampa de demanda, en la que todo el mundo buscará plusvalías a la exportación.

Los flujos de financiación de los hormigueros centrados en la exportación para colonias de saltamontes avanzadas acaban en lágrimas. Los flujos de financiación de hormigueros antiguos a otros más jóvenes tampoco han funcionado. Si no se encuentra la manera de arreglar estos fallos, la propia economía abierta mundial podría desaparecer.