Según puedo leer en esta web sobre historia y arqueología marítima, la capacidad de cazar ballenas nació y se desarrolló con el cañón lanzaarpones inventado en 1865 por Svend Foyn, que disparaba un arpón de acero, dotado de aletas articuladas que aseguraban su anclaje al cuerpo de la ballena, y más tarde de una cabeza explosiva que determinaba la muerte rápida del animal. Este arpón fue montado en buques a vapor de ciento cincuenta a trescientas toneladas, con velocidad suficiente para alcanzar la ballena y dispararle desde unos cuarenta metros de distancia, equipadas con guinches a vapor capaces de izarla a superficie y compresores a vapor para, inflándola con aire comprimido, mantenerla a flote y remolcarla en grupos de cuatro a seis y hasta diez, hasta donde sería faenada.

Esta modalidad de caza despoblaría en treinta años de aplicación las aguas boreales, de modo que hacia el fin del Siglo XIX las capacidades de la industria estaban en disposición y necesidad de ser aplicadas a otros mares.

La caza de ballenas, después de todo, fue uno de los primeros grandes negocios multinacionales en el mundo, una empresa global de audaz alcance e importancia. Desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, el aceite extraído de la grasa de las ballenas y frito en ollas gigantes dio luz a América y gran parte del mundo occidental. La flota ballenera de Estados Unidos alcanzó su pico en 1846 con 735 barcos de los 900 que había en el mundo. La caza de ballenas era la quinta industria principal en los Estados Unidos; sólo en 1853 se asesinaron mataron 8.000 ballenas para obtener el aceite de ballena que se transportaba a lámparas de iluminación en todo el mundo, además de otras partes diversas utilizadas en miriñaques, perfumes, lubricantes y velas.

El otro día nos contaba el New York Times una interesante analogía mostrando que al igual que el petróleo, la caza de ballenas proporcionó deslumbrantes fortunas, dependiendo de la mano de obra de decenas de miles de hombres que hacían un trabajo sucio, agotador y peligroso. Al igual que el petróleo, comenzó en los «yacimientos» más cercanos al hogar y luego se encontró explorando todos los rincones del mundo. Y al igual que el petróleo, la caza de ballenas en su clímax parecía inexpugnable, su producto tan superior a sus rivales, como el oloroso aceite de cerdo o el volátil canfeno, que los intereses en la caza de ballenas se burlaban de la competencia.

Un gran ruido se hizo sentir en los numerosos periódicos y miles de comerciantes en el país acerca del aceite de cerdo, aceite químico, aceite de canfeno y otros engaños luminosos, pero no dejemos que nuestros oponentes envidiosos y — en vista de la manía por el aceite de cerdo — bien podríamos decir, glotones, se dejen tentar por tales sueños.

Eso es lo que escribía burlonamente el «Nantucket Inquirer» en 1843

Pero al igual que en otras muchas cosas, se nos fue la mano y las ballenas cerca de América del Norte comenzaron a escasear, por otro lado el nacimiento de la industria del petróleo estadounidense en 1859 en Titusville, Pa., permitió que el queroseno reemplazara el aceite de ballena antes de que la luz eléctrica reemplazara a ambos y el petróleo encontrara otros usos.

Para 1861, la caza de ballenas estaba en tal decadencia que el gobierno federal compró 38 viejos buques balleneros, los cargó con piedras y los hundió en el Puerto de Charleston en lo que resultó un intento fracasado de bloquear el puerto de los Confederados.

Lo que uno piensa que es indispensable para la vida de hoy, mañana puede convertirse en tan sólo un recuerdo. Eso es lo que sucedió con el aceite de ballena, y eventualmente sucederá con el petróleo, pero no es tan sencillo como cerrar un interruptor y abrir otro. Es el producto de un largo y duro proceso que espero nos conduzca a un camino más estable que el que tenemos ahora.

Afortunadamente la historia nos ha demostrado que sólo por que no veamos una salida fácil del terreno pantanoso de la energía de la actualidad eso no significa que no esté tomando forma frente a nuestros ojos.

Aún estamos cortando, arañando y agotando despiadadamente todo lo que podemos extraer del planeta. Los balleneros del pasado indudablemente no tenían el alcance global del petróleo. Ahora lo hacemos en un mundo de casi 7 mil millones de personas que todas desean tener su propio coche y ordenador en lugar de los 700 millones en 1750 satisfechos con aceite de ballena en sus lámparas. En lugar de pigmeos cazando los leviatanes del mar, nadie duda quién es el leviatán hoy.

Tal vez, en realidad, el próximo capítulo será más benigno con menos consecuencias no deseadas que el cambio del aceite de ballena al combustible fósil. Tal vez haya un milagro ecológico en el horizonte que nos permita el mismo crecimiento exponencial  con un costo ambiental mucho menor. Tal vez dar vuelta la página hacia algo mejor es la lección correcta para aprender.

¿Llegará a ser el petróleo tan sólo un recuerdo? ¿Llegará el día en el que el gobierno tenga que comprar 38 viejos petroleros para cargarlos de piedras y hundirlos? ¿Queremos que ocurra? y por último ¿Se están haciendo avances en esa dirección?. Sea como fuere conviene recordar lo mencionado anteriormente y es que lo que uno piensa que es indispensable para la vida de hoy, mañana puede convertirse en tan sólo un recuerdo, lo cual posiblemente sea también aplicable al modelo productivo de un país…