Durante la 2ª Guerra Mundial, el economista británico R.A Radford fue capturado y encerrado en un campo de prisioneros alemán. Radford observó la universalidad del intercambio en los diversos campos en los que fue encarcelado. Al ser economista, sabía que el intercambio, en presencia de información completa y en ausencia de coacción o fraude, siempre beneficiaba a las dos partes del intercambio. En los campos de prisioneros, lo interesante era que cada prisionero tenía exactamente la misma dotación o riqueza total. Cada prisionero recibía una ración diaria además del contenido de un paquete de la Cruz Roja que contenía leche enlatada, mermelada, mantequilla, galletas, carne en lata, zanahorias en conserva, chocolate, azúcar, melaza y cigarrillos.

Lo que quiero decir con «beneficiar a las dos partes» es: que si quiero dos zanahorias más en vez de tabaco, y tu quieres un cigarrillo en vez de dos zanahorias, podemos hacer un trato. Esto es importante: La cantidad total de comida en la zona no aumenta, pero el bienestar total del grupo sí mejora. Parece magia, porque tiene un gran impacto, pero nunca le prestamos demasiada atención.  Siempre que tengas preferencias diferentes pero dotaciones de recursos similares, entonces el intercambio voluntario puede beneficiar a todo el mundo. En este caso, debido a que la fuente principal de los bienes de intercambio eran los paquetes de la cruz roja, las dotaciones eran idénticas. Por consiguiente, el trueque y el intercambio hacían más felices a todos.

Y la gente no necesita a nadie que se lo diga. Lo reconocen rápidamente. Como lo explica Radford, «poco tiempo después de su encierro, la gente se dio cuenta de que dar o aceptar regalos era indeseable e innecesario, desde el punto de vista del limitado tamaño y la igualdad de los suministros.  La ‘buena voluntad’ evolucionó a comercio como un medio más equitativo de maximizar la satisfacción personal.» Este es el primer punto a destacar: El comercio es más equitativo que depender de los regalos o la caridad, porque los intercambios voluntarios siempre benefician a ambas partes.

Por lo tanto, aceptemos que el comercio y el intercambio son buenos. Pero, ¿qué pasa con los intermediarios? ¿No son un problema? Los prisioneros en el campo también lo pensaron. Radford menciona una historia (posiblemente apócrifa) sobre un sacerdote con buen ojo para los intercambios. «Circulaban historias sobre un capellán que se ponía a caminar por el campo con una lata de queso y cinco cigarrillos y volvía a la cama con un paquete [de la Cruz Roja] completo además de su queso y de sus cigarrillos.»

Hay un segundo punto, más importante, una verdadera paradoja fundamental: los intermediarios obtienen ganancias al beneficiar a los demás. El capellán nunca nunca hizo una reclamación ilícita ni dio una idea errónea de lo que ofrecía para el intercambio. Las materias primas se estandarizaron para hacerse intercambiables (una lata de queso es como cualquier otra; los cigarrillos son productos manufacturados, por lo que son indistinguibles; los botes de mermelada son todos iguales…). En todos y cada uno de los pasos, en cada transacción, el intercambio con el capellán hacia que la otra parte se beneficiara. Y sin embargo, el capellán ganaba el «beneficio» de un paquete completo de la Cruz Roja, una pequeña fortuna dentro del campo.

Podría parecer que el capellán sólo ganaba, comprando barato y vendiendo caro, sin cambiar ni mejorar ningún producto de los que intercambiaba, pero el capellán generaba riqueza en cada paso del proceso. Lo conseguía encontrando a A, que pagaría 6 cigarrillos o menos por una lata de carne, y después encontrando a B, que vendería una lata de carne por tres cigarrillos o más. Por supuesto, si estos dos comerciantes se hubieran conocido por casualidad, habrían hecho el intercambio directamente. Pero encontrar a la persona adecuada para comerciar lleva mucho tiempo y un poco de suerte. El capellán, buscando entre la clientela, arbitrajeaba la diferencia: podía vender la carne a A por cinco cigarrillos después de comprársela a B por cuatro cigarrillos. Así, tanto A como B se benefician de al menos un cigarrillo y el capellán se «beneficia» con un cigarrillo al encontrar la oportunidad de intercambio.

Aunque no quiero sobreestimar la importancia de un ejemplo, el rol positivo de un intermediario es universal. Y la parábola del capellán itinerante es la manera más contundente que he encontrado de argumentarlo. Recuerda, la pregunta es: Si cada intercambio beneficia a ambas partes, ¿cómo puede el capellán producir beneficios? ¿No deberían ser los beneficios una señal de explotación, especialmente en estas circunstancias, en las que no se produce nada nuevo?.

Podemos cambiar capellán y prisioneros por lo que queráis, como puede ser banco/cliente o hipermercado/consumidor y el debate está servido.