Imagínate que compraste una vivienda en 2016 por 200.000€ y viendo como ha subido estos año decides venderla por 290.000€. Al salir de la notaría invitas a una mariscada a tu familia ya que has ganado la friolera de 90.000€ en 10 años. No está nada mal.

Pero antes de que reserves las angulas, vengo yo para darte una mala noticia. No has ganado nada. Vamos a hacer unos número.

El reparto fiscal

Hacienda grava los 90.000€ de ganancia nominal con su escala progresiva:

Tramo Tipo Cuota
Primeros 6.000€ 19% 1.140€
De 6.000€ a 50.000€ 21% 9.240€
De 50.000€ a 90.000€ 23% 9.200€
Total IRPF 19.580€

 

El ayuntamiento liquida la plusvalía municipal: aproximadamente 6.800€.

El comprador abona el ITP de hasta el 10% (en funcion de la CCAA) y en este caso llega a 29.000€. No lo pagas tú, pero el comprador ya tendrá que pagar casi 330.000€ por la casa que le vendiste por 300.000€.

La cuenta del vendedor en términos nominales

290.000€ – 200.000€ – 19.580€ – 6.800€ = 63.620€ nominales

Todavía parece buen negocio. Ahora aplicamos la inflación.

El impacto de la inflación: la ganancia que nunca existió

Con una inflación acumulada del 31,7% entre 2016 y 2026, los 200.000€ de entonces equivalen hoy a 263.400€ en poder adquisitivo. Eso significa que de los 90.000€ de ganancia nominal, solo 26.600€ son ganancia real. Los otros 63.400€ no son riqueza nueva: son el simple reflejo de que el euro de hoy vale menos que el de hace diez años.

Hacienda, sin embargo, cobra sobre los 90.000€ nominales. Sobre todos. Sin descuento inflacionario. Sin corrección de ningún tipo.

El resultado en moneda constante

Concepto Importe
Ganancia real ajustada por inflación +26.600€
IRPF pagado –19.580€
Plusvalía municipal –6.800€
Beneficio real neto del vendedor ≈ 0€

 

Los gastos durante los 10 años de tenencia

Aquí está lo que habitualmente se omite en el análisis: el coste de ser propietario durante una década.

Gasto Coste anual Total 10 años
IBI 500€/año 5.000€
Comunidad de propietarios 80€/mes 9.600€
Total gastos de tenencia 14.600€

 

Estos son valores conservadores para una vivienda de 200.000€ en una ciudad española de tamaño medio. El IBI podría ser sensiblemente mayor en municipios con alto valor catastral; la comunidad, en edificios con portero, piscina o ascensor antiguo, fácilmente duplica esta cifra.

No se incluyen aquí derramas extraordinarias, seguros del hogar, reparaciones o mantenimiento. Solo los gastos fijos, ineludibles, que todo propietario abona año tras año sin excepción.

Por tanto, has tenido unas pérdidas de 14.600€

¿Quién ha ganado entonces?

Actor Resultado
Vendedor (términos reales) -14.600€
IRPF + Plusvalía municipal +26.380€
ITP del comprador +29.000€
Total recaudado por administraciones +55.380€

 

El Estado ha capturado 55.380€ de una operación en la que el propietario que asumió todos los riesgos durante una década ha obtenido, en términos de poder adquisitivo, exactamente nada.

La paradoja del propietario en España

Este ejercicio revela una paradoja que pocas veces se articula con claridad: en determinados escenarios, vender una vivienda en España es un acto de empobrecimiento.

No porque el mercado haya fallado. No porque el precio fuera malo. En este ejemplo, la vivienda subió un 45% en una década, muy por encima de lo que logra la mayoría de los ahorradores. Y aun así el propietario pierde.

Lo pierde por tres vías simultáneas:

Primera, la fiscalidad que grava la inflación como si fuera enriquecimiento. España suprimió en 2015 los coeficientes de actualización monetaria. Desde entonces, si tu vivienda sube lo mismo que el IPC, Hacienda te cobra por haber «ganado» algo que en realidad no existe.

Segunda, la tributación progresiva sobre la ganancia acumulada de años. Si hubieras realizado esa misma ganancia de 90.000€ en pequeñas dosis anuales —como hace, por ejemplo, un fondo de inversión con plusvalías diferidas— la factura fiscal sería notablemente menor. El propietario a largo plazo paga más, no menos.

Tercera, los costes de tenencia que se acumulan silenciosamente durante años y que raramente se computan a la hora de evaluar la rentabilidad real de una inversión inmobiliaria.

Conclusión

La próxima vez que alguien celebre haber vendido su piso «con una buena plusvalía», vale la pena preguntarle si ha sumado el IBI de diez años, la comunidad de diez años, los impuestos en la venta y si ha descontado la inflación.

En muchos casos, lo que parecía un negocio brillante era simplemente el Estado utilizando la vivienda particular como una hucha de acceso garantizado: sin riesgo, sin inversión, sin gestión, pero con derecho preferente sobre la ganancia. Y en este caso, sobre bastante más que la ganancia.

(Este artículo está inspirado en este tuit)